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Enojarse no es el peor pecado. Comentario sobre la intolerable tolerancia del hombre actual.

«Es necesario reafirmar, en coherencia con la tradición de la filosofía moral clásica, que un buen síntoma de salud psicológica y espiritual es reaccionar debidamente, de la manera correcta, ante ciertos hechos, y sobra decir que no todo lo que ocurre en la vida humana es causa de alegría, júbilo, celebración o festejo. Hay circunstancias en las cuales lo más natural y lo más virtuoso es el enojo…».

“Y halló en el Templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y habiendo hecho un azote de cordeles, echólos a todos del templo, y con ellos las ovejas y los bueyes, y desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas; y a los que vendían las palomas dijo: Quitad eso de ahí; no hagáis la casa de mi Padre casa de tráfico”.


Jn. 2, 14-16

“En aquel mismo punto se le acercaron algunos fariseos, diciéndole: Retírate y marcha de aquí, porque Herodes te quiere matar.

Díjoles: Id y decid a ese zorro: ‘Mira, lanzo demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana y al tercer día se acaba conmigo’”.


Lc. 13, 31-32

Cuando la Filosofía Moral clásica jerarquizaba las virtudes, no lo hacía con el vano interés de ilustrar un torneo de figuras alegóricas sino con el objetivo de trazar la imagen o estampa del hombre bueno. Lo que interesa es averiguar, qué es, en rigor, lo que, fundamentalmente, hace a un hombre bueno y recto. Así las cosas, la pregunta por la primera y mejor de las virtudes humanas ha encontrado sin excepción, en toda época, una respuesta concreta, por ejemplo, que lo más importante es ser valiente en los peligros, mantenerse imperturbable, tener autodominio o ser sincero. El hombre educado en el liberalismo clásico y sus secuelas ha exaltado la tolerancia como virtud máxima en un mundo marcado por el pluralismo y la globalización de las ideas, las costumbres y los comportamientos.

La Real Academia Española define tolerancia como “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”, lo cual es preciso, si se atiende a los análisis que, desde la Filosofía, se han hecho de este polémico concepto, cuya importancia empezó a señalarse, sobre todo, desde la Ilustración y que se ha constituido en una de las notas características del periodo histórico actual, al que algunos han llamado posmodernidad.

No obstante, el hombre posmoderno que invoca la tolerancia como su principal bandera y valor primordial pareciera ignorar que esta no señala un hábito perfectivo de la naturaleza humana y que a la existencia de la tolerancia le es inherente un juicio de valor y una emoción negativa frente a aquello que se tolera. Y es que, precisamente, el uso extendido y común del verbo tolerar indica que cuando una persona tolera algo va implícita su evaluación negativa al respecto.

De lo anterior se explica que la primera acepción del verbo “tolerar” ofrecida por el Diccionario de la RAE, sea “llevar con paciencia”; la segunda, “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”; y la tercera, “resistir, soportar, especialmente un alimento o una medicina”. Y está claro que solo es posible llevar con paciencia, resistir y soportar algo negativo, algo que no debería ser, algo que se presenta como contraproducente, pero que, dadas las circunstancias, hay que permitir con cierta resignación, pero nunca señalando que sea bueno, deseable o positivo y, mucho menos, que su existencia resulte indiferente o pueda ser simplemente ignorada. El mejor ejemplo, pese a su prosaísmo y simplicidad, es la jaqueca o migraña, pues quienes la sufren pueden llegar a altísimos niveles de resistencia  con respecto a esta dolencia  y pueden cultivar hábitos de manejo y control al respecto, pero desearían que su dolencia no existiera, por el nivel de malestar que les genera.

Teniendo esto claro es evidente que, de la misma manera que un dolor físico, psicológico o espiritual puede ser intolerable, pues supera la capacidad humana e, incluso, puede llevar a la muerte, existen, hoy más que nunca, ideas, creencias o prácticas de personas concretas y colectivos que no pueden ser aceptadas de ninguna manera, por contradecir la verdad, el bien moral y el sentido común de manera categórica. Así pues, dependiendo de la falsedad de una idea o de la maldad moral de un acto humano, se dará una reacción natural proporcional en las personas como respuesta a esa idea o a ese acto.

Siguiendo con lo anterior, es necesario reafirmar, en coherencia con la tradición de la filosofía moral clásica, que un buen síntoma de salud psicológica y espiritual es reaccionar debidamente, de la manera correcta, ante ciertos hechos, y sobra decir que no todo lo que ocurre en la vida humana es causa de alegría, júbilo, celebración o festejo. Hay circunstancias en las cuales lo más natural y lo más virtuoso es el enojo, el movimiento del ánimo que suscita ira contra alguien. Aristóteles define la ira como pasión, aclarando que en sí misma como impulso natural del hombre no puede juzgarse siempre como mala o nociva, juicio que sí fue común a escuelas filosóficas posteriores como el estoicismo. Definiendo el concepto de virtud ética, el estagirita indica en su Ética Nicomáquea:

“Por ejemplo, cuando tenemos las pasiones de temor, osadía, apetencia, ira, compasión, y placer y dolor en general, caben el más y el menos, y ninguno de los dos está bien; pero si tenemos estas pasiones cuando es debido, y por aquellas cosas y hacia aquellas personas debidas, y por el motivo y de la manera que se debe, entonces hay un término medio y excelente; y en ello radica, precisamente, la virtud. En las acciones hay también exceso y defecto y término medio. Ahora, la virtud tiene que ver con pasiones y acciones, en las cuales el exceso y el defecto yerran y son censurados, mientras que el término medio es elogiado y acierta; y ambas cosas son propias de la virtud” (II. 6. 1106b 20-30).

En la mentalidad del hombre contemporáneo, profundamente influenciado y afectado por el espíritu liberal con toda su carga de irenismo, a saberse, la doctrina herética que predica la paz a ultranza, existe la idea de que nunca hay que enojarse, de que el peor pecado es irritarse y que ante las acciones más reprobables y censurables hay que tener un comportamiento sereno, calmo, carente de emoción, lo cual no solo resulta ridículo atendiendo a la configuración natural del ser humano, sino que nadie cumple a cabalidad esta receta pacifista, pues hay que ver la indignación de los abanderados del tolerantismo moral ante ciertas causas como la defensa de la vida del no nacido, la lucha contra la ideología de género, la promoción de la legítima defensa y el combate contra el consumo de drogas. El fervor fanático de quienes ven en estas agendas a su peor enemigo demuestra que su prédica de la tolerancia total y absoluta no es más que una parte esencial de la estrategia retórica y de la guerra psicológica que usan contra quienes defienden los principios y valores de la Civilización Cristiana.

Con su estilo contundente, recio y viril, San Juan Crisóstomo afirmaba que ser paciente en las injurias propias es digno de alabanza, pero disimular las injurias contra Dios es demasiado impío. Hoy los católicos, más que imitar el ejemplo del monje budista o del filósofo estoico que permanecen incólumes ante todo, deberían preguntarse qué tanto les indigna lo que está pasando con el mundo y con la Iglesia, qué tanta ira sienten frente a las blasfemias y sacrilegios que se cometen impunemente, qué tanto piden y buscan la justicia de Dios y la venganza de su nombre, cuál es la medida de su enojo contra una sociedad que yace en poder del maligno, porque enojarse y denunciar el mal con fuerza puede ser un acto de virtud más elevado que callar o soportar pasivamente lo insoportable, porque el espíritu profético es radical y beligerante, porque el mismo Cristo vivió una cólera santa en el momento preciso, porque enojarse no es pecado, y aun si lo fuera, no es el peor pecado.

Bibliografía

  • Aristóteles. Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Trad. Julio Pallí Bonet. Madrid: Gredos, 1998.
  • Sagrada Biblia. Versión crítica sobre los textos hebreo y griego. Trad. Jose María Bover y Francisco Cantera Burgos. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1957.
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Sobre el Autor

Carlos Andrés Gómez Rodas

Carlos Andrés Gómez Rodas

Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia). Ha sido docente de la misma institución y de EAFIT.
Es miembro activo de la Alianza de Fátima y colaborador habitual de Razón+Fe y El ojo digital.

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