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La autoridad no se improvisa. Porqué no llegará el timonazo que los colombianos esperan de Duque

*Publicación del 13 de diciembre de 2018

Ocho años después los colombianos siguen ansiando un presidente con la cualidad más destacada de Uribe: la autoridad. Colombia es un país descuadernado, que a medida que se ha venido democratizando (con el aumento de la autonomía departamental y municipal), se ha vuelto más caótico, corrupto e inseguro.

Por eso, más allá del atractivo perfil político de los maestros Mockus y Fajardo, las mayorías en el país se siguen decantando electoralmente por Uribe: un hombre práctico, con los pantalones bien amarrados y que demostró en sus ocho años que era capaz de poner la casa en orden.

Y como esas mayorías llevan sufriendo casi una década de traiciones, lo mínimo que esperan de su elegido es otra cualidad extraña, pero muy valorada en la política: la lealtad.

Esperar de Duque una rectificación de lo que está haciendo mal, es en realidad esperar su conversión.

Los derroches de conocimiento técnico, la destreza artística y la “continencia” burocrática representan valores agregados para un buen político, pero sin autoridad ni lealtad al proyecto político que lo eligió, Duque no sólo no conseguirá aceptación popular, sino que verá su continuidad en el cargo crecientemente amenazada por la volatilidad política y la ingobernabilidad del país.

Y el mayor obstáculo que tiene Duque para dar el giro que necesita su gobierno, es él mismo, su personalidad, su identidad. En la vida es posible corregir algunas de las cosas que uno suele hacer mal. Pero no es tan fácil cambiar quien uno es, y menos si uno está tan orgulloso, como Duque parece estarlo de sí mismo.

Trece años dedicados a organismos multilaterales (CAF y BID) imprimen carácter, y en su visita a París demostró que puesto a escoger entre las simpatías de la comunidad internacional, que quieren ver consolidado el acuerdo con las FARC, y las expectativas de sus electores que repudian sus “excesos”, Duque fácilmente se inclinó por la primera.

En el Foro de París, Duque declaró el compromiso de su gobierno en defensa del “multilateralismo”, revelando una coincidencia esencial con las figuras políticas por las que expresó pública admiración en su campaña: Trudeau (Canadá), Macron (Francia) y Obama (EEUU), así como también con quien sus más acérrimos críticos intentaron vincular: el magnate financiero promotor del Nuevo Orden Mundial George Soros; al tiempo que se ubica en las antípodas de políticos como Trump (EE.UU.), Bolsonaro (Brasil), Salvini (Italia), Orbán (Hungría), Kurz (Austria), Duda (Polonia) y Ordóñez.

Más allá de las teorías conspiratorias, el multilateralismo como postura política representa la apuesta por que las grandes soluciones a los problemas actuales de las democracias (inmigración, corrupción, cambio climático, prosperidad económica, derechos humanos, etc.) pasan por el fortalecimiento del sistema internacional, cediendo parte de la soberanía de los anticuados estados-nación.

La confesión de Duque como un fiel creyente en el multilateralismo revela algo fundamental para entender las decisiones de cualquier político: a qué club quiere pertenecer. Y no hay duda de que nuestro presidente preferirá terminar en el fondo de las encuestas, pero en el mismo club político de Obama y Macron, que ganar popularidad y terminar en el club de los “deplorables” Trump y Bolsonaro.

Es decir, esperar de Duque una rectificación de lo que está haciendo mal, es en realidad esperar su conversión.

De modo que no hay peligro de que Duque diseñe una ruta política audaz para hacer modificaciones al régimen político jurídico acordado entre Santos y las FARC, y arriesgar la imagen de joven progresista que está construyendo en el exterior, donde con seguridad está su futuro a partir del 8 de agosto de 2022.

Incumplirle a las FARC sus desproporcionadas exigencias podría “descarrilar” el “proceso de paz” del que el “multilateralismo” se siente tan orgulloso, al tiempo que iría en contravía de su aspiración suprema de buscar el “centro” y de despolarizar el país.

Duque y Macron. Imagen: Pasto Extra.

Desde ese punto de vista, para Duque siempre será más fácil asumir el costo político de subir impuestos para financiar la “inversión social” de las FARC, así como el costo de hacerse el de la vista gorda con los incumplimientos de la guerrilla para dejarlo todo en manos de la JEP (lavándose las manos como lo está haciendo con Andrés Felipe Arias), que asumir el costo que tendría la audacia de ajustar los compromisos del Gobierno con los acuerdos de La Habana, de las críticas que recibiría de los grandes medios, de las miradas de desaprobación de la comunidad internacional y de la violencia callejera que las subversivas “organizaciones sociales” de las FARC llegarían a generar.

Ni se diga la suerte que pueden esperar de su gobierno temas relacionados con el aborto, la ideología de género, la educación sexual, objeción de conciencia y otros temas que parezcan inconvenientes para la agenda política de Naciones Unidas, y para los poderosos intereses que representan.

Así que podemos creerle a Duque cuando dice que no le preocupa su caída en las encuestas. A un hombre intelectualmente brillante como él y consciente de su valía personal, le preocupa su autoimagen más que su imagen. Pase lo que pase políticamente hablando, su lealtad seguirá dirigida hacia su proyecto histórico “centrista”. Y por más problemas que le genere, su estilo de gobierno seguirá siendo esencialmente tecnocrático.

Los peligros de la “excesiva” juventud en el servicio público

En la era de la imagen la juventud es un atractivo valioso para el mercadeo político. Viene asociada a las ideas de vitalidad, renovación y cambio, muy apropiadas para un país que quiere cambiar las “viejas” prácticas políticas del clientelismo y la corrupción.

Pero la juventud en el servicio público entraña un peligro que no aparece tan obvio, en especial cuando se trata de grandes responsabilidades, y es que tiene incentivos demasiado grandes para ejercer su cargo en función de su carrera profesional, lo cual puede inclinar a relativizar el costo de los fracasos políticos.

Y es que en la cuarta década de la vida uno no está jugándose el legado de su vida. Y cuando los costos personales del fracaso pueden ser “compensados”, es más fácil insistir en apostarle a una “mala mano”, si así gana simpatías de personas o gremios influyentes, que pueden ser definitivos en su vida como expresidente.

Si Duque juega bien sus cartas, después de un fracaso en su presidencia puede aún ser un héroe para el club multilateralista de Obama, quedando su carrera política como simple paréntesis de ocho años, en los que ocupó los cargos más altos de su país.

Tampoco se le puede culpar por dilapidar un capital político que él poco o nada ayudó a construir. Su relación con el Centro Democrático ha sido más la de un asesor externo que la de un “propias tropas”. Y el trato que le dio al partido una vez posesionado deja en evidencia el “desacople” emocional que siente con su destino.

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