El presidente más joven (e inexperto) de la historia de Colombia

*Publicación del 13 de diciembre de 2018

Durante la campaña presidencial Duque quiso hacer énfasis en su juventud como uno de los principales valores que ofrecía a sus votantes. Y a los pocos días de su elección, anunció que sus ministros serían todos menores de 45 años, es decir, un kinder, políticamente hablando.

Así transmitía la idea de que su proyecto político se fundaba en la “renovación” de las costumbres políticas, acabando con las prácticas clientelistas del pasado e inaugurando una nueva era “tecnócrata”.

Otro de los ejes de su mandato, como anunció en el libro que publicó para la campaña, sería la proyección del país hacia el “centro” político, cediendo en los “extremos” con la esperanza de “despolarizar” el país.

Y ha cumplido en ambos frentes con creces, que es precisamente donde comienzan sus problemas.

El tecnoamiguismo de Duque

La forma como nombró un gabinete técnico, hecho a su imagen y semejanza, cercano a su círculo personal y lejano de los partidos políticos (en especial a los que acompañaron su campaña), haciendo a un lado al mismo Uribe, muestra no sólo sus pocas habilidades políticas, sino además un cierto egocentrismo.

Algo que no tiene nada de sorprendente pues al fin y al cabo Duque ha sido siempre un tecnócrata, un hombre socialmente privilegiado y alguien que por sí mismo no ha ganado nada, políticamente hablando.

Sus maestrías y nombramientos en el exterior se han debido en buena medida a sus conexiones familiares y políticas, y sus elecciones al Senado y a la Presidencia al dedo del expresidente Uribe (a quien está arrastrando en su desfavorabilidad).

No se puede olvidar que fue una decisión de Uribe dejar por fuera del proceso de elección a Oscar Iván Zuluaga, y que Uribe consintió que el proceso de elección interna fuera por encuestas, así como que en la consulta del 11 de marzo se impusiera una “disciplina para perros” a los miembros del Centro Democrático, de modo que ninguno pudiera expresar simpatías por Ordóñez o Marta Lucía (Fernando Londoño criticó duramente esa actitud del partido), inclinando el terreno en favor de su favorito.

Es natural que Duque conciba la política como una cuestión de amigos, y que sienta que llegó la hora de hacer a sus amigos los favores que antes otros hicieron con él. Tampoco es que él crea que hay algo de malo en ello. Si nombra en los altos cargos del Estado a personas con maestría y buenos cargos en su hoja de vida, algo común en su círculo de amigos, Duque cree que el país debe darles su beneplácito.

Al fin y al cabo lo que Duque sinceramente detesta es el clientelismo. Por esa razón lideró dentro del uribismo, y en contra del mismo Uribe, la propuesta para que las listas del Centro Democrático en las pasadas elecciones al congreso fueran cerradas, en lo que al final fue derrotado. Sin embargo, su convicción en esta materia lo llevó a presentar en su reforma política la exigencia universal para listas cerradas para elecciones a corporaciones públicas, que es una de las pocas propuestas de su gobierno que han logrado avanzar en el Congreso.

Al presidente se le debe reconocer su propósito noble de combatir de frente el clientelismo. Pero sin un liderazgo político fuerte (una visión clara y convincente de país, más allá de la Economía Naranja), ni una estrategia alternativa para conseguir aliados políticos, Duque terminará como un presidente aislado, un dios atrapado en los jardines del Olimpo.

Dando palos de ciego

Pero la incapacidad del presidente para armar una coalición política funcional es tan solo una de las aristas de su principal deficiencia como gobernante: su ingenuidad política. Característica de la que ha dado abundantes muestras desde sus primeros días en la Casa de Nariño.

Le salió mal su intento de posicionarse en el centro político, ofreciendo un apoyo a medias a la consulta populista de Claudia López, que no sólo le ganó el desprecio “por falso” de la oposición, sino además la indignación de sus propios electores que vieron en ese gesto una temprana muestra de traición.

También le salió mal su aspiración de ganar las simpatías de los electores jóvenes de izquierda, haciendo impulsivas concesiones presupuestarias a un movimiento estudiantil liderado por revolucionarios marxistas, con las que solo ha logrado recrudecer las manifestaciones públicas animadas por la debilidad del gobierno, mientras el resto del país lamenta su falta de autoridad.

Peor aún han sido vistos sus actos histriónicos: el dueto con el presidente Lenin Moreno de Ecuador; la foto con Maluma durante las marchas estudiantiles que justificó, como siempre, con el tecnicismo de apoyar la fundación para la educación de la hermana del artista, o el dúo con Carlos Vives, luego del cual Duque comentó que le gustaría ver a Vives “como alcalde de Santa Marta”, frente a lo cual el vallenatero comentó días después: “… no estoy preparado ni siquiera para la administración de mis cosas, mucho menos para la administración de las cosas de todos ustedes. Necesitamos gente seria en eso”.

Pum, nocaut de “Gallito Ramírez” al «polluelo» Márquez. Tremenda lección de integridad política de un cantante de vallenato que no quiere saber de política a un presidente colombiano al que se le van las luces cuando se monta en el escenario.

Y qué decir de la propuesta de extender el IVA a todos los productos de la canasta familiar, prometiendo hacer reintegros monetarios a las familias más pobres. El que Duque creyera por un momento que semejante idea podría ser aprobada por un Congreso políticamente ninguneado ya era lo suficientemente preocupante, como para que encima cometiera el acto suicida de empeñar su precario capital político insistiendo en esa idea hasta el final.

¿El heredero de Uribe o… de Santos?

Sin embargo, lo que más ha afectado su imagen frente a sus propios electores ha sido la impresión de que Duque quiere quedar mejor con Santos que con Uribe. Al tiempo que tomaba distancia con el responsable de su elección en los nombramientos gubernamentales, promovía a varios santistas, con buen perfil técnico, a altos cargos de su administración.

Para ampliar la imagen, haz clic en ella.

Si bien el país no esperaba de Duque un gobierno de derecha, sino de centro-derecha, el presidente se está esforzando en crear la impresión de liderar un gobierno de centro-centro, lo cual significó dejar colgado al grueso de su electorado en «las primeras de cambio».

Y hacer eso en un país que estaba hastiado de los ocho años de giro hacia la izquierda, por parte de un gobierno elegido con votos de derecha, era algo muy poco considerado con un electorado bastante sensible: eligieron a Santos, y los traicionó; luego le dieron la victoria a Oscar Iván Zuluaga, pero en segunda vuelta les robaron las elecciones; se enfrentaron como David contra Goliat en el Plebiscito, pero desconocieron el resultado, y ahora…¡et tu Duque! El electorado de derecha en Colombia tiene razones para ser uno de los más amargados del mundo.

“Ni risas ni trizas”: las muecas de los votantes del NO que creyeron en Duque

El repertorio que tienen los electores de centro derecha para pensar que (nuevamente) les metieron gato por liebre, no es escaso: madrugó a declarar su independencia del Centro Democrático (“una cosa es el partido y otra el gobierno”, dijo su Vice), la cual confirmó ignorando a su partido en la elección del gabinete ministerial, cortó las alas al referendo de Paloma para tumbar la JEP, nombró ministra de Justicia a una simpatizante de la izquierda y de Defensa a un comerciante sin conocimiento en ese campo, autoridad ni mando, al tiempo que extraditó al ala derechista de su coalición (Ordóñez y Pacho en Washington, Morales en Francia, mientras que Rafael Nieto no aceptó su exilio en Bélgica).

Y en su primer viaje al exterior aprovechó para darle la bendición final a los Acuerdos de La Habana, asegurando a la comunidad internacional que cumplen con el Estatuto de Roma y la Corte Penal Internacional, ¡Gran día para Santos!

Y si una imagen vale más que mil palabras, está la de las FARC en la Casa de Nariño compartiendo mesa con Duque, con sus “dignidades” políticas compradas con destrucción, sangre y dolor, cuando fue elegido bajo la consigna de que no serían aceptadas hasta que paguen por sus delitos en la justicia transicional.

Y al tiempo que hace concesiones a los verdes, a las cortes politizadas, a las FARC y al movimiento estudiantil marxista, Duque no es capaz de tener un gesto humanitario con su propio partido. El Centro Democrático sacó un comunicado de prensa pidiéndole que interviniera en respaldo de Andrés Felipe Arias, atendiendo el pronunciamiento de Naciones Unidas que señaló las violaciones a sus derechos humanos cometidas por la Corte Suprema de Justicia en la condena penal que le impuso, y hasta hicieron una twiteratón con el hashtag #ColombiaAcateElFallo.

Pero la postura final del Presidente fue la de chutarle la pelota a la cuestionada Corte Suprema de Justicia, para que defina el destino de su propia víctima. Algo que han calificado de “cobarde” tanto Anastasia O´Grady en las páginas del Wall Street Journal, como Fernando Londoño Hoyos en Las 2 Orillas.

¿Más pedagogía? El problema de Duque es él mismo.

Mientras el presidente dice no “tener como ancla emocional las encuestas” y promete hacer más “pedagogía”, algunos guardan aún la esperanza de que el presidente rectifique su rumbo y dé un “timonazo” político.

La revista Semana, simpatizante de Duque por mantener su gobierno alejado de la derecha, le recomienda en su último número hacer acuerdos programáticos con los partidos políticos, que incluyan representación política en su gabinete ministerial.

Si bien eso puede ayudar en la fluidez en las relaciones del Gobierno con el Congreso, no se resuelve el problema de fondo que es la falta de rumbo. Decir en defensa de Duque que no se puede arreglar un país en tres o cuatro meses, es una maniobra de distracción. Nadie en el país esperaba que este joven abogado llegara con la llave para abrir las compuertas de la prosperidad, que con su discurso cambiara las cifras de desempleo o que su sola presencia disuadiera a los delincuentes de seguir en las suyas.

Lo que pasa es que a los colombianos no les gustó el estilo políticamente correcto del presidente, sus promesas vacías y sus logros cosméticos (ministros jóvenes, gabinete paritario).

Duque ofrece ambigüedad ideológica en un momento en el que el país espera grandes definiciones, exhibe un estilo festivo y farandulero en un momento en el que los colombianos piden a gritos autoridad.

Excellence is the first five minutes” (la excelencia se muestra en cinco minutos), dicen los expertos en mercadeo y comunicaciones, refiriéndose al tiempo que usualmente toma la gente para hacerse una idea perdurable de una persona, idea que luego será muy difícil de cambiar.

Los colombianos ya se hicieron su imagen de Duque a través de los gestos, decisiones y omisiones de estos meses, y al parecer que no es el presidente que ellos esperaban. No hay pedagogía ni mercadeo que pueda arreglar eso. Sólo un giro profundo en su proyecto político.

Imagen: RCN Radio

Haga clic en cada imagen para desplegar la introducción y la continuación de nuestro análisis