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La Odisea de los Giles y la Herejía Blanca.

«Según el diccionario, ‘gil’ es una persona lenta, a la que le falta viveza y picardía, aunque ya sabemos que ´laburante’, ‘tipo honesto’, ‘gente que cumple las normas’, terminan siendo sinónimos de ‘gil’, pero, un día, el abuso al que estamos acostumbrados los giles se convierte en una verdadera patada en los dientes y uno dice: ¡Basta!”

Para mi padre, quien, haciéndose el gil, los gilea a todos,

talento que nunca le aprendí…

“Urge disolver el matrimonio de la virtud con la tontería”

Nicolás Gómez Dávila. Escolios a un texto implícito II

“No hay que pensar que para hacerse más humilde, buscase

el cura de Ars el ridículo. ‘La humildad,

según la señora des Garets, tenía en él un cierto

aire de unción y de dignidad’”

Francis Trochu. El cura de Ars

Hace unos días, tuve la oportunidad de ver La Odisea de los Giles (2019), el nuevo filme de Sebastián Borensztein, cuyo guion es una adaptación de la obra de Eduardo Sacheri titulada La noche de la Usina (2016). El libro y su secuela se desarrollan en el marco de la crisis económica argentina entre 1998 y 2002, concretamente, en el llamado corralito de 2001, impuesto por el gobierno de Fernando de la Rúa, que restringió la libre disposición de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorros, extendiéndose durante un año, hasta diciembre de 2002. Según Domingo Cavallo, ministro de Economía por aquel tiempo, el objetivo de esta medida era impedir la salida de dinero de los bancos, intentando evitar, a su vez, una ola de pánico bancario y el colapso del sistema. A juicio de Cavallo, este recurso de urgencia era positivo, en vistas a lograr un mayor uso de los medios de pago electrónico, contrarrestando la evasión de impuestos y provocando la bancarización de la población argentina.

El corralito originó, días más tarde, la llamada crisis de 2001, que condujo a la renuncia de Cavallo y del mismo presidente De la Rúa, preparando una situación de inestabilidad social y política que se extendería durante varios años y prepararía un terreno político y económico propicio para el ascenso, en 2003, de Néstor Kirchner. El kirchnerismo, de marcada tendencia socialista, se mantuvo hasta 2015, para dar lugar a la falsa derecha de Mauricio Macri, quien, respetuosa y recíprocamente, ha dispuesto al electorado argentino para votar por otro kirchnerista: Alberto Fernández, quien asumirá la presidencia el próximo martes 10 de diciembre.

En La Odisea de los Giles, un grupo de vecinos se reúne para fundar una cooperativa que les ayude a sobrellevar la crisis. Luego de juntar un monto considerable de dinero, lo depositan en una caja de seguridad y, luego, en un banco, a instancias del gerente, sin darse cuenta que este se había confabulado con el abogado Fortunato Manzi (papel que le correspondió al genial actor colombiano Andrés Parra, a quien Borensztein definió como “absolutamente camaleónico” y por quien él y su equipo profesan gran admiración), para estafarlos.

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La trama de la película desarrolla la gran aventura de los vecinos para recuperar su dinero. Al inicio de esta gran cinta, Fermín Perlassi (magistralmente interpretado por Ricardo Darín) define lo que es un gil y lo que motiva al gil a reaccionar:

“Según el diccionario, ‘gil’ es una persona lenta, a la que le falta viveza y picardía, aunque ya sabemos que ´laburante’, ‘tipo honesto’, ‘gente que cumple las normas’, terminan siendo sinónimos de ‘gil’, pero, un día, el abuso al que estamos acostumbrados los giles se convierte en una verdadera patada en los dientes y uno dice: ¡Basta!”

No miente Perlassi, porque el Diccionario de la Real Academia Española indica, en la segunda acepción de la palabra, que, en Argentina y Uruguay, fundamentalmente, “gil” se dice de una persona simple, incauta.

La RAE aclara, además, que la expresión viene de “gilí”, definido por el Diccionario de la Lengua Española ESPASA como tonto, lelo.

De acuerdo con el personaje citado, siempre se ha relacionado a la gente buena, honesta y cumplidora de su deber con el gil.

Es casi que una idea que todos tenemos en el inconsciente ―si tal cosa existe― y que ha sido alimentada por la literatura, el cine y la televisión.

Vale la pena mencionar como ejemplo célebre La decadencia del arte de mentir de Mark Twain, obra en la que el escritor norteamericano presenta a personajes buenos como perdedores con finales bastante trágicos y a los malos como triunfadores que logran su cometido por medio del hurto, la rapiña, el engaño y la crueldad.

Siempre he pensado que Twain no intentaba, con esto, una transvaloración, sino, por el contrario, burlarse de la idea según la cual ser bueno implica no tener problemas o desgracias y ser malo vale la pena por las conquistas humanas y materiales que se puedan tener, aunque se tenga la conciencia sucia.

En todo caso y, más allá de los orígenes de esta idea o de las intenciones literarias del gran Twain, vale la pena decir que la pastoral católica decadente ha sido una de las mayores culpables de que los católicos hayan adquirido una terrible fama de giles, pues ha convertido la vivencia de la fe en un asunto intimista, sentimental y meloso que vuelve a las personas débiles y, peor aún, ha transmitido la idea de que encolerizarse por la injusticia y buscar recuperar, con furia y brío, lo que nos han quitado o el derecho del que nos han privado, está mal ―y, por tanto, ser católico es permitir que los hijos de las tinieblas abusen de nosotros sin chistar― y de que puede haber un punto medio entre el mal y el bien, entre la Revolución y la Contrarrevolución.
Llama la atención que los últimos mensajes de los obispos colombianos y de otros líderes católicos tenga ese tenor de herejía de las obras, como la llamó Don Juan Bautista Chautard (Abad de la trapa de Nuestra Señora de Step-Fons) y de herejía blanca, según la expresión del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira:
«Característica de la herejía blanca es la extinción de las pasiones más nobles que puedan guiar a un cristiano: el amor a la justicia en cuanto tal, el odio al pecado, la voluntad de exterminar el mal. Nace por esto un nuevo tipo de católico, privado de grandes ideas y de horizontes doctrinarios, mas también privado de grandes pasiones, a comenzar por la capacidad de odio, de indignación y de cólera.


[Plinio afirma] ‘El hombre nuevo, del siglo nuevo, es un hombre sin cólera. El siglo XX debe ser un siglo sin cólera, en el cual solo los no coléricos tienen derecho de sobrevivir, en el cual no cabe quien fuera colérico, quien afirma lo absoluto’” (p. 208. Traducción del original portugués).

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La seriedad de Nuestro Señor Jesucristo como Rey del Universo, que reclama su derecho de posesión sobre el mundo y los hombres, es una realidad que los promotores de la herejía blanca intentan eliminar con imágenes de un Jesucristo sentimental y dulzón.

Ser bueno no equivale a ser un gil de quien los poderosos abusivos se aprovechan, pues ser bueno incluye la virtud de la justicia, de dar a cada uno lo suyo, pero, también, de saber pedir y conseguir lo que a uno corresponde por derecho, acción en la cual se defiende el honor. No hacerlo, justificándose ― lo que es peor aún― en una interpretación errada de la Moral Perenne, de la Sagrada Escritura y del Magisterio Tradicional de la Santa Iglesia Católica, es incurrir en el gravísimo vicio de la pusilanimidad, acerca del cual dice Aristóteles, en la Ética Nicomáquea: “En relación con el honor y con el deshonor, el término medio es la magnanimidad; al exceso se le llama vanidad, y al defecto pusilanimidad” (II. 1107b 21-22).

La Suma de Teología dice al respecto de este vicio contrario a la magnanimidad, virtud especial subordinada a la fortaleza:

“Todo aquello que va contra la inclinación natural es pecado, porque es contrario a la ley natural. Pero en todo ser existe una inclinación natural a realizar la acción proporcionada a su capacidad, como aparece en todos los seres, tanto animados como inanimados. Y así como por la presunción uno sobrepasa la medida de su capacidad al pretender más de lo que puede, así también el pusilánime falla en esa medida de su capacidad al rehusar tender a lo que es proporcionado a sus posibilidades. Por tanto, la pusilanimidad es pecado, lo mismo que la presunción. De ahí que el siervo que enterró el dinero de su señor y no negoció con él por temor, surgido de la pusilanimidad, es castigado por su señor, como leemos en Mt 25,14ss y Lc 19,12ss” (II-II c. 133 art. 1 resp.).

Hoy, Colombia se debate entre el orden y el caos definitivo. La postura de todos, pero, esencialmente, de los católicos, no debe ser la de la herejía blanca que rehúye la defensa de lo suyo, sino la del caballero o guerrero que impide a los invasores la conquista de su tierra y sus bienes.

Para tal fin, ver La Odisea de los Giles será una magnífica ocasión, no solo para compartir un rato de esparcimiento tan necesario en días agitados para América Latina, sino también, para nutrir el coraje que se requiere en vistas a salvar la patria de los enemigos y no terminar como un gil sometido por la tiranía socialista, dirigida por giles armados y muy convencidos de sus errores, lo cual, más que de giles, es propio de idiotas.

Bibliografía

Aristóteles. Ética NicomáqueaÉtica Eudemia. Trad. Julio Pallí Bonet. Madrid: Gredos, 1998.

De Aquino, Santo Tomás. Suma de Teología IV. Parte II-II (b). Trad. Ángel Martínez Casado y otros. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1994.

De Mattei, Roberto. Plinio Corrêa de Oliveira. Profeta do Reino de Maria. São Paulo: ArtPress, 2015.

Sobre el Autor

Carlos Andrés Gómez Rodas

Carlos Andrés Gómez Rodas

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