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Testimonios

Cómo reconvertirse a la fe: testimonio ex agnóstico

Como reconvertirse a la fe

Aquí una posible vía para quien sienta interés en reconsiderar su agnosticismo o ateísmo.

Termina septiembre, un mes muy especial para mí, agnóstico reconvertido al cristianismo. Un 15 de septiembre de 2019, me confesé con un sacerdote y así consolidé mi retorno oficial a la Iglesia Católica, luego de haberla abandonado durante mucho tiempo. Esta es la historia personal de mi regreso, ¿cómo reconvertirse a la fe? Aquí una posible respuesta de entre las muchas que hay.

Ocho años atrás, yo había caído en las garras del ‘escepticismo’ (¿ateísmo?), esa típica soberbia juvenil muy frecuente en nuestros tiempos, que nos hace jueces de lo que desconocemos y verdugos de lo que no entendemos. Me burlaba de los religiosos sin piedad y hasta les echaba en cara su ‘fanatismo’. Me encantaba ser distinto a ellos, me hacía sentir especial no seguir dogmas. Me importaba solo la realidad material, al igual que los positivistas obstinados.

Pasé por etapas de agnosticismo, panteísmo y deísmo, etiquetas cómodas para mostrar mi indiferencia con la religión; no me interesaba ahondar en el porqué de mis dudas. Al igual que muchos ateos, agnósticos, panteístas o deístas, yo no había leído a Santo Tomás ni a San Agustín para refutarlos. Seguí al pie de la letra los discursos poéticos de mis ídolos de barro, que eran los filósofos ateos y divulgadores científicos. Le hice caso al discurso que suena bonito pero que poco tiene de verdad: ese mito de la Iglesia retrógrada, la Edad Media, las cruzadas, el oscurantismo y el atraso. Abracé las ideas románticas de progreso: ‘ciencia’, ‘avance’, ‘lucha’ y ‘conquista social’.

Me ufanaba de ‘dudar de todo’ y de ‘no aferrarme a dogmas’, como percibía que lo hacían mis compañeros del colegio. Ellos también se me burlaban a veces: me decían que yo no podía dudar de todo, que tenía que creer en algo. Incluso una compañera protestante en la universidad me echaba en cara la necesidad de creer en verdades absolutas, mientras yo le decía la clásica frase estúpida que repiten muchos: “todo es relativo, no hay verdad absoluta”.

Fue ese relativismo el que tanto ha dañado mi moral y mis costumbres. Me dejé cegar por la ira, por la pereza, por la lujuria, por el utilitarismo. Quien ignora la gravedad del pecado, termina siendo esclavo del pecado. Caí en los vicios más comunes del mundo moderno y sin darme cuenta creaba un nuevo culto en torno a eso: la industria del entretenimiento.

Fue esa industria mi dios y mi todo, mi guía principal de vida. Como decía el gran escritor Chesterton: quien deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa.

Y efectivamente fue así: terminé creyendo cualquier pavada que leía. Leía apasionadamente a Nietzsche y a Sartre. Me convencía bobamente con los documentales y libros de Sagan, confié ciegamente en las afirmaciones de Hawking.

Me endulzaba los oídos con la retórica de Schopenhauer, el lamento de Cioran y las propuestas de Marx. He ahí la clave de las dudas sobre la fe: lo que aparenta ser bello apasiona, conmueve y convence, pero… ¿será verdad?, ¿qué fundamentos tiene? Fue así como, indagando poco a poco y descubriendo más y más, me fui adentrando en las verdades de la fe.

Aprendí que la religión no es ‘superstición y magia’, como nos lo quiere hacer ver el mundo moderno; que los religiosos no son ni han sido todos ignorantes. Entendí que el mundo no ‘avanza’ para despojarse de las ‘ideas retrógradas’, porque los cambios sociopolíticos no son espontáneos: se alimentan de ideas nocivas y aprovechan la coyuntura para disfrazarse de justicia social. Comprendí también que la Iglesia siempre ha hecho mucho por los pobres, los indígenas y las mujeres, cosa muy distinta a cómo nos lo vende la propaganda de la ‘lucha por las minorías’.

Todo este despertar no fue por méritos míos: fue Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, quien me iluminó el camino para ir descubriendo y asimilando aquello poco a poco. Él, fuente de todo bien y de toda verdad, que todo lo conoce y todo lo entiende, supo que a mí me encantaba la historia y la política, y entró con ese gancho; me ganó por nocaut.

Puso a mi alrededor amigos sabios y devotos, libros brillantes y experiencias tan duras que me movieron a reconciliarme con Él. Pero sobre todo, fueron las oraciones de mi madre las que por años conmovieron a Dios y lo movieron a mostrarme el camino.

Descubrí a autores que destruían con facilidad todas las mentiras que nos repiten sobre la Iglesia y la civilización desde que somos niños y adolescentes. Leí a Gómez Dávila, a Maeztu, a San Pío X, a San Alfonso… Medité con cuidado los argumentos del Fátima Center, del padre Olivera Ravassi, del Dr. Ayuso

Pero sobre todo, me maravillé con la enorme fuente de sabiduría que despliegan las cartas encíclicas, esos documentos tan cruciales para entender por qué la Iglesia defiende lo que defiende. En especial, me fascinaron los documentos emitidos por el pontificado de Pío IX, León XIII y Gregorio XVI.

Nunca me hubiera imaginado que descubriría algo tan grande que le diera tanto sentido a mi vida, esa causa tan profunda por la que uno siente que lo ha conseguido todo: ese es Jesús, mi Dios, mi Señor y mi todo. Dios trino y omnipotente, la causa primera de todo lo que hay. El bien absoluto, la verdad absoluta y la belleza absoluta. Fuente de infinito amor y misericordia que se derrama sobre nosotros, sus siervos.

Sin embargo, en el camino descubrí que la razón de fondo por la que abandoné la fe durante mi adolescencia es la misma por la que miles de jóvenes hoy también lo hacen: la Iglesia está en crisis. No se nos enseña bien la fe, no se nos inculca un respeto profundo por el Santísimo Sacramento del Altar. Se nos muestra un Cristo alegre y vivaracho ante el cual debemos bailar al ritmo de la cumbia más salvaje y alzar los brazos, como si estuviéramos frente a un pedazo de galleta cualquiera. Así, la misa se volvió un concierto de música electrónica más.

La fe que se promueve hoy es una fe que cada uno puede definir como quiere, conforme su sentimiento y su gusto personal se lo diga. Es una fe muerta, porque nos la enseñan como un simple adorno que cada uno puede utilizar para aparentar. Una fe protestantizada, que tanto daño ha hecho a los católicos, con ese falso ecumenismo que les mueve a abrazar cuanta herejía les venga en gana, sin razonar el por qué de sus falsedades.

Por eso, déjenme decirles, amigos ateos y no creyentes en general: los entiendo. Entiendo esa impotencia y decepción ante tantos creyentes haciendo el ridículo. Dicen que Cristo es sagrado, pero pisotean su ley todos los benditos días sin la esperanza de confesarse. Dicen creer en Dios, pero creen en su propio Dios, uno fabricado a la medida de sus gustos personales, sin darse cuenta de que hay un Dios objetivo, que siempre ha sido el mismo y va a seguir siéndolo.

De la misma manera, así como comprendo por qué detestan la fe moderna, los invito a entender a los creyentes modernos. A ellos no se les enseña la fe completa. Se les oculta la esencia de la fe, se les oculta la tradición. Por eso invito también a que ustedes abran su intelecto y su corazón a la fe auténtica, aquella que se conserva gracias a la bellísima promesa de Dios hecho hombre, quien nos dice: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Dense cuenta, amigos ateos, de que las naciones nacen y perecen, las ideologías también, pero lo que permanece firme es la Iglesia: Santa, Católica, Apostólica y Romana. Una Iglesia que ya ha superado muchas crisis y va a superar esta también. Ustedes, ¿con quién desean permanecer? ¿Con las ideas volátiles que cambian cada quince años, o con la divinidad que permanece para siempre?

En última instancia, los invito a conocer la historia de la Iglesia, lean sobre apologética; vayan a las fuentes. Revisen por su cuenta los argumentos de los teólogos y doctores de la Iglesia. Van a ver entonces cómo fe y razón siempre han ido de la mano, que hay un significado profundo en la revelación divina. Yo todavía no termino de conocerlo, me falta mucho por descubrir y eso es justo lo que me fascina: siempre hay algo nuevo qué aprender. Pero de una cosa estoy convencido: el camino cristiano es el correcto y Dios nos lo ha garantizado. Lo puedo afirmar con total seguridad.

¡Viva Cristo Rey!


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Sobre el Autor

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Aarón Mariscal Zúñiga

Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma ‘Gabriel René Moreno’ (Santa Cruz, Bolivia). Fue analista de comunicación en la consultora Kreab, diseñador gráfico en el estudio Avand, periodista web en el diario El Deber, editor en Revista Zona7 y creador de contenidos en Comic Bolivia.

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