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Una gota de Chesterton para memoria de su bautismo

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Escrito por Invitado

«Su vida y su obra es luminaria para los demás: su bautismo ha permitido otros bautismos. Por ejemplo, sus escritos ayudaron en la conversión de Graham Greene, Evelyn Waugh y C. S. Lewis. Este dijo que cuando leyó los libros de Chesterton por fin el cristianismo se le presentaba con sentido; J. R. R. Tolkien afirmó que Chesterton le abrió el mundo de las hadas; y Étienne Gilson escribió que Chesterton era uno de los pensadores más profundos que han existido».

Miguel Ángel Romero Ramírez

Miguel Romero

Magíster en Filosofía Contemporánea de la Universidad de San Buenaventura y profesional en Filosofía y Humanidades de la Universidad Sergio Arboleda. Ha realizado estudios de Filosofía Personalista en la Franciscan University of Steubenville y ha participado en Workshops del Ian Ramcey Centre for Science and Religion de la Universidad de Oxford. Se desempeña como docente investigador en las áreas de Ética, Filosofía Política y Estética de lo Cotidiano.

“Para entrar a la Iglesia no hace falta quitarse la cabeza, basta con quitarse el sombrero”.

G. K. Chesterton

Como el recuerdo de un primer amor o de la experiencia de alguna primera vez –algo extraño, delicioso y temible– así es mi memoria del primer encuentro con los escritos del filósofo inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936). Su libro El hombre que fue jueves (1908) lo devoré una noche de domingo. Me lo había prestado el bibliotecario de mi colegio, Don Germán. Por esos días, estaba aficionado a la literatura policíaca; el bibliotecario lo sabía y una mañana me enseñó, creo que muy premeditadamente, la portada de un libro donde aparecía un detective mirando con miedo hacia atrás (era la edición de Oveja Negra).

—“Mijo, ¿ya lo leyó?, es buena literatura policiaca”–, me aseguró.

Y sí, lo era. Solo que más que de detectives era toda una persecución imbuida en la metáfora teológica-cósmica. Recuerdo que acabé la novela a la una de la mañana, y me fui a la cama con la cabeza llena de colores y mantas de estrellas. Al día siguiente le dije a Don Germán que me diera otro libro del mismo autor, y me prestó la recopilación de relatos La inocencia del padre Brown (1911), esa noche exulté con toda su poesía y sus crímenes inexplicables. Y así continué hasta terminar la obra completa del padre Brown. Al poco tiempo, ya en la Universidad, mientras estudiaba filosofía, me encontré en la biblioteca, casi de sopetón, el libro llamado Ortodoxia (1908) de la impecable traducción de Alfonso Reyes; estaba en el carrito metálico donde se dejan los libros. Me lo leí en dos viajes de Transmilenio, y quedé transformado.

Así fue. Se trató de un bautizo. Y fue como un día de hoy, 1 de julio, cuando Chesterton recibió el suyo. Es que el renacer siempre llega de la oscuridad, hay que estar abajo para subir, caído para levantarse. El joven Gilbert no fue la excepción. Después de dibujar diablitos en sus cuadernos de colegio, pasó a ver demonios reales en su existencia. Ciertamente, fueron unos agradables años en el St. Paul School con su grupo de amigos del Debating Club, pero pasado el tiempo tuvo que descender al Slade School of Art del University College. Aquí pasó unos años, lentos, llenos de las distorsiones filosóficas del impresionismo, de las excentricidades del esteticismo y sus dandis, y de amigotes que lo iniciaron en el espiritismo y la tabla ouija. Su escepticismo llegó a tal grado que, como él mismo cuenta en su Autobiografía (1936), no creía ni en la existencia de los ateos. Su mente vagaba imaginando los más desastrosos crímenes (de ahí que, creo, llegara a ser presidente del Detection Club, del cual hacía parte Agatha Christie), faltaba a clases o asistía –disperso– a alguna que otra que no pertenecía al curriculum: latín e inglés. Al final, luego de echar unos trazos tétricos en un lienzo angustioso, decide salir de esa pesadilla –aquel íncubo– y se propone abrir los ojos al mundo, tal como se le presenta.

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Porque abrir los ojos es como volver a la vida, es así como nos levantamos cada mañana. Chesterton se dio cuenta de que la existencia tal como se le presentaba era una experiencia agradable que no tenía la pesadez o la modorra de la pesadilla: podía mover sus brazos libremente, alzar la voz libremente diciendo cualquier cosa (léase “cantar”), oler las rosas, moverse en el lugar. Escribe en Ortodoxia: “sentía, por tanto, esas dos emociones, indiscutibles e injustificables. El mundo era sorprendente, y no solo eso: la existencia era una sorpresa, pero además era una sorpresa agradable”. Y más adelante: “La prueba de la felicidad es la gratitud y los niños están agradecidos cuando Santa Claus les deja regalos o dulces en los calcetines. ¿Cómo no iba a estarlo yo si dejaba en mis calcetines un par de piernas milagrosas? Agradecemos que nos regalen cigarros y zapatillas de andar por casa el día de nuestro cumpleaños. ¿Es que no puedo agradecer a nadie el regalo de haber nacido?”.

Dará varios pasos en este despertar de la conciencia. Buscará entre los dioses al Dios al que le ofrendará todo lo que quiera por el simple placer de mover las piernas y por que sus zapatos no se le vayan huyendo. Valorará intensamente la buena amistad, incluso dirá Titterton –amigo y Boswell de Chesterton– que si se quería encontrar a Chesterton había que buscarlo en los pubs de Fleet Street; allí charlaba con sus amigos en medio de quesos y cervezas. Además, debatirá durante toda su vida incansablemente con Bernard Shaw, en la mejor amistad, aunque en la más ardua oposición teórica. Se hará un amigo intelectual de Santo Tomás y San Francisco, de los cuales hará unas hermosas biografías. Se casará con Frances Blogg –una mujer que, dirá su prometido, Dios se tomó el tiempo en hacerla– y ella le abrirá las puertas del Cristianismo y la caridad. De hecho, sus allegados reconocerán la campechana alegría del periodista inglés y su cordial acogida, las cuales se reflejan en sus escritos llenos de vida, de humor y de sentido común.

Todo esto se verá reflejado en una vida entregada al servicio de la verdad, redactará alrededor de dos artículos por semana, a veces escribirá, al mismo tiempo, para cuatro diarios londinenses (sus obras completas editadas por la Ignatius Press van por el volumen 37, cada libro con un promedio de 700 páginas). Dará conferencias por toda Europa desde Polonia hasta España, desde Escocia hasta Italia (donde se reunirá con Pio XI, y debatirá con Mussolini). Recorrerá varias universidades estadounidenses durante dos giras exhaustivas, en una de las cuales recibirá el doctorado Honoris Causa en la Universidad de Notre Dame.

Además, defendió con todos los medios a la familia de los ataques socialistas y capitalistas, atacó las tesis eugenésicas, denunció el maltrato infantil y gritó que las madres –“la esclava moderna”– estaban en una vergonzosa tiranía en las fábricas, le dio mucha importancia a la educación infantil (incluso debatió contra Bertrand Russell en la BBC sobre el aspecto), criticó la ideología del cientificismo, profetizó los desastres que haría el nazismo, y declaró que el problema ya no estaría en el futuro en Moscú sino en Washington. En últimas, fue un defensor de la persona humana. Además, hizo todo lo posible para reivindicar los derechos de las clases menos favorecidas.

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Con todo, su vida no fue un agua de rosas. Pasará por muchas tribulaciones. Como el no poder tener hijos, el que su hermano haya muerto en la Primera Guerra Mundial en una trinchera de Francia, el que no se pudiera levantar de la cama durante un año entre el delirio, la vida y la muerte (después de dar una conferencia en la Universidad de Oxford –narran los cronistas– se sintió tan mal que al llegar a su casa, se echó en la cama, partiéndola, con todo lo suyo –casi dos metros de alto y noventa kilos de peso– permaneciendo así durante un año, porque nadie lo pudo levantar), el que tuviera tantas dificultados en su periódico el GK’s Weekly, tantas afrentas padecidas junto a la Liga Distributista que fundó –un tipo de programa político-económico como vía media entre el capitalismo y el comunismo–, y tantas fluctuaciones, tantas… Al final, en 1922 decide entrar definitivamente en la Iglesia Católica, después de 22 años cuando en 1900 se había convertido al mero cristianismo. Cuenta en unos de sus versos que escribió ese día de su bautismo: “mi nombre es Lázaro y estoy vivo”.

De base, toda su obra se caracterizó por estar impregnada de un espíritu cristiano que revitalizó su estilo, sus letras y su voz. Fue un gran apologista. No de los rancios, sino de los que permiten tener una nueva mirada sobre el Cristianismo. Más que un propagandista o un crítico, Chesterton ayudó a muchos a ver de nuevo dónde se encontraban, tal como lo escribió en el Hombre eterno (1925): “hay dos formas de llegar a casa, una es quedarse en ella, la otra es darle la vuelta al mundo hasta volver”. El escritor eligió la segunda forma, porque Gilbert es un filósofo para caminantes y buscadores. En efecto, su visión, impregnada de asombro y agradecimiento, permite recorrer mundos para regresar al hogar. Al final, cuando Chesterton volvió a la casa del Padre, Pio XI envió una carta en sentido pésame por medio del que fuera Pio XII (Cardenal Pacelli), declarándolo Fidei Defensor e hijo devoto de la Iglesia. Actualmente, Chesterton está en proceso de beatificación.

Su vida y su obra es luminaria para los demás: su bautismo ha permitido otros bautismos. Por ejemplo, sus escritos ayudaron en la conversión de Graham Greene, Evelyn Waugh y C. S. Lewis. Este dijo que cuando leyó los libros de Chesterton por fin el cristianismo se le presentaba con sentido; J. R. R. Tolkien afirmó que Chesterton le abrió el mundo de las hadas, y Étienne Gilson escribió que Chesterton era uno de los pensadores más profundos que han existido.

Y así es. Quien se encuentra con Chesterton no queda igual. Él cambia la vida: la remueve desde sus cimientos, otorgando mucha alegría. De verdad, hay que leer al menos en un momento de la vida una obra de Chesterton, porque hay que volver a nacer al menos una vez más.

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