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Lo que los impulsores del libre mercado no nos quisieron contar

Riqueza monedas oro
Escrito por Invitado

Un breve análisis a la falsa idea de que el libre mercado hace prósperas a las naciones y las convierte en potencias mundiales.


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Por: Francisco E. González, cientista político nicaragüense. Hizo un diplomado en Liderazgo y Gerencia Política impartido por la George Washington University. Apasionado por la filosofía y la psicología cognitiva.

Parte de la propaganda de los capitalistas liberales, afirma que la historia de los países desarrollados que presuntamente adoptaron el libre comercio, prueba que este sistema económico es eficaz para sacar del subdesarrollo a los países del llamado Tercer Mundo. Aunque es verdad que tales países hoy son potencias económicas, no lo son porque en su pasado histórico hayan aplicado las recetas liberales: el origen de su riqueza no se debe a la implementación, a pies juntillas, del sistema de libre mercado.

En primer lugar, las supuestas naciones campeonas del libre mercado, como Gran Bretaña y Estados Unidos, en realidad, en lo que sobresalieron, fue en el proteccionismo de su propia manufactura. En segundo lugar, una vez y solo después de que alcanzaron buena reputación, fue cuando comenzaron a competir en el mercado internacional. No empezaron en el libre mercado desde cero sino hasta que desarrollaron su propia industria. Es determinante preguntarnos cómo fue que lo hicieron.

Al respecto, muchos economistas liberales ocultan o desconocen la intervención significativa del Estado inglés para impulsar la industria nacional. Algo que hoy no se le ocurriría sugerir a un liberal ortodoxo. Sin embargo, veamos algunos ejemplos. Entre otras cosas, el gobierno impuso aranceles a las importaciones de productos manufacturados; implementó subsidios a los productos de la industria local; aplicó una ley que penalizaba a los fabricantes inescrupulosos para evitar que los productos ingleses tuvieran una mala reputación en el exterior. Estas políticas económicas nada liberales pero sí muy proteccionistas, fueron las que el Estado inglés ejecutó para impulsar la industria de ese país.

Por su parte, en Estados Unidos, Alexander Hamilton tenía claro que la competencia extranjera impediría el desarrollo de su propia manufactura, tal y como lo escribió en su Reports of the Secretary of the Treasury on the Subject of Manufactures; por lo que, la sugerencia de Hamilton era que si Estados Unidos quería prosperar, el gobierno tenía que cubrir las potenciales pérdidas económicas iniciales. No solo eso, también sugirió aplicar aranceles a las materias primas importadas, y prohibir en algún momento la importación de productos manufacturados para beneficiar a su propia industria.

Estos ejemplos, tanto de Inglaterra como de Estados Unidos, ponen en entredicho la creencia de que dichos países han sido los campeones de la libertad de mercado y de la no-intervención estatal en los asuntos económicos. Es más, el Consenso de Washington recoge dichas creencias y son las que le han propuesto a los países en vías de desarrollo, pero siendo que Estados Unidos hizo todo lo contrario: actuó como experto estatista interventor. A este tipo de comportamientos popularmente los hemos conocido con el nombre de hipocresía.

Si bien, con estos hechos podemos afirmar que la idea de que los países prosperan si se deja a los individuos comerciar libremente entre ellos, sin intervención alguna por parte del Estado, no parece corresponder con la historia del desarrollo económico de estos presuntos países campeones de la libertad y del capitalismo liberal, no le estamos dando la razón a los estatistas autoritarios, a los que quieren un Estado planificador y todopoderoso que imponga lo que se debe comprar o vender. Solo hemos querido mostrar que lo que se le adjudica a países como Inglaterra o Estados Unidos en materia económica no parece ser totalmente verdad. Sin embargo, tranquilamente lo consignaron por escrito en el llamado Consenso de Washington a pesar que ni siquiera ellos mismos lo pusieron en práctica, pero sí tuvieron la desfachatez de proponérselo a los Estados hispanoamericanos, y por supuesto, al resto del mundo.

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