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Mundial eterno

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*Por: Sebastián Yara Muñoz, del Movimiento Regnum Christi en Cali. 

“Los que se preparan para competir en un deporte, evitan todo lo que pueda hacerles daño. Y esto, lo hacen por alcanzar como premio una corona que en seguida se marchita; en cambio, nosotros luchamos por recibir un premio que no se marchita” (1 Corintios 9:25).

¿Alguna vez te has imaginado a Jesús jugando fútbol, corriendo una maratón, practicando Crossfit o hinchando por la selección de Israel? Si lo has hecho, puede que sea un disparate de tu imaginación o, a lo mejor, ya te estés chiflando. Pero, si fuera así, creo que sería el peor jugador de la historia de la humanidad, porque seguramente moriría en su ley; perdería su propia vida en cada partido, por la victoria de sus adversarios.

Me encanta el deporte, el fútbol y la selección Colombia, sobre todo por esta fecha tan especial con aroma a Rusia. Para amar el balompié hay que jugarlo, conocerlo y sentirlo. Se debe vivir la decepción de la derrota, el gozo de la victoria y  la incertidumbre del resultado. No es lo mismo verlo y pasar de canal, que estar ahí adentro: En el campo de juego. Disfrutar de cada regate, respaldar a tu hermano, lidiar con el rival, caer, levantarse, volverse a caer, volverse a levantar, sentir un abrazo, o quizá un leñazo, gritar, reír, llorar y así un sinfín de emociones que solamente el que lo juega lo puede sentir.  Es tener la libertad individual para buscar siempre un objetivo común, o como lo dijo Leandro Sosa: “El deporte y el fútbol es la vida misma”.

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Existe otro amor que me vuelve loco. Que a pesar de sentirlo a diario y sea infinito, muchas veces me cuesta descifrar. Mi abuelo era un hombre convencido que el fútbol servía únicamente para dañar zapatos y ensuciar paredes y no conseguía entender que para mí es algo más, una explosión de adrenalina difícil de explicar. Así me cuesta a mí comprender el amor de Dios. Que es un amor libre, infinito, único e incomparable. Que nos ama y punto, sin vacilar. Y peor aún, sin merecerlo.

Pero lo más genial y desconcertante de todo, es que curiosamente, para amar a Dios hay que hacer lo mismo que con mi deporte querido; jugarse por Él, conocerlo y vivirlo. No sirve verlo desde lejos o de este lado de la pantalla, ¡debemos ir a por Él! sumergirnos y excavar en nuestro propio corazón para encontrarlo, mirarlo a los ojos e invitarlo a jugar el partido de nuestra vida.

¡Si! Mi primer y último partido con Jesús. Un partido que desde el día que nací hasta hoy, llevo jugándolo 24 años. Que sólo Él sabe si me necesitará los 90 del tiempo reglamentario, o acaso me pedirá cambio antes.  Pero es mi partido, ¡es mi vida! Es jugarla con Él, para Él y en Él. Más importante que La Premier, La Champions League o la Copa Mundial, donde el trofeo es nada más y nada menos que la eternidad.

Por eso, déjate tocar por la pasión. Pero no sólo la que produce gritar un gol o celebrar un título, déjate empapar por la misericordia y el amor desmesurado de Dios; el único que cuando pite el juez y diga “final… final, no va más” es capaz de darte un premio que nunca se marchita, el Reino de Dios.

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**Este texto y la imagen fueron tomados del blog del Regnum Christi de Manizales.

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