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Milena acepta que dar vida es diferente a “ser dueño” de esa vida

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Escrito por Invitado

El testimonio de esta mujer abre una puerta de Esperanza a millones de parejas colombianas. A punto de abortar, aceptó los argumentos de la Vida. Esta historia es una colaboración de Promujer – Medellín, organización que trabaja por las mujeres con embarazos en crisis desde 2017.

*Escrito por Promujer

Milena no sabe qué hacer…

—“¿Y ahora?” –Se pregunta.

Tiene un poco más de 30 años, dos hijos maravillosos, un buen empleo y un hombre que la acompaña afectivamente desde hace ya algunos años…

—¿Por qué este dolor de cabeza, estas náuseas, este mareo? –Piensa.

Deja pasar los días, pero empieza a notar que su ropa está muy ajustada: sospecha que podría estar embarazada, y decide hacerse una “prueba casera” de embarazo, de orina. El dispositivo muestra dos rayitas… ¡Oh sorpresa: el resultado es positivo! La prueba lo confirma. Es algo totalmente inesperado para ella, pues no estaba en sus planes, que consistían en conseguir una moto, comprar un apartamento y viajar con su familia.

Ha concebido, y la formación del bebé le hace ver de nuevo en su cuerpo los cambios físicos, y experimentar los estados psicológicos propios de quien espera y se forma expectativas no sólo sobre la criatura sino sobre sí misma, sobre su vida, sobre las nuevas obligaciones, y sobre cómo serán de ahora en adelante las nuevas relaciones de su entorno familiar. ¿Y sus proyectos? Se plantea si se verán truncados…

“Que si la situación económica, que si mis planes, que si mi trabajo, que si mi edad…” ¡No hay excusa para no amar, no hay excusa para asesinar!
Entiende que la vida le ha aportado experiencia, considera haber alcanzado un cierto grado de madurez, y se percata de que en ella obran ahora con más fuerza y realismo unos cambios de otro orden, relacionados con su crecimiento como persona: los cambios espirituales. Pero estos no son aún tan sólidos ni suficientes como para impedir que se desate dentro de ella una tormenta, que la noticia la ponga en crisis; que el saberse embarazada, la haya puesto al borde de la desesperación.

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Así que mientras en su vientre es una criatura la que toma forma, en su mente lo hace una idea: abortar. Pero ya no sólo es una idea. Se convirtió en un propósito y en una propuesta, cuando se lo dijo y se lo planteó a su novio en estos términos:

—Estoy embarazada y pienso abortar…

La conversación es larga y tensionante. A pesar de la “madurez” que consideran tener, sus alternativas se reducen a una falsa disyuntiva entre “vivir” o “perderse de hacerlo” por cuenta de una criatura que apareció de manera “inesperada”, justo en este momento en el que acariciaban la posibilidad de realizar sus planes. Su “madurez” no les permite percatarse de que el tono de su conversación y la intensidad de lo que ahora se proponen también afecta física, emocional y espiritualmente –desde ese mismo instante– a su hijo.

Las ideaciones de muerte que rondan la mente de Milena son como los planes de guerra de los gobernantes cuando se reúnen a maquinar cómo podría lanzarse un misil, cómo podría desatarse una bomba atómica, cómo cerrar las relaciones políticas con otro país…, en las que para nada cuentan la opinión ni la vida de los ciudadanos. Solo prima su interés…

Y así, tal como muchas madres maquinan su decisión ya sea afuera de un abortorio, o mediante una llamada o vía WhatsApp, empieza una implacable batería de preguntas: “¿Cuánto vale un aborto? ¿En qué horario me atienden para realizarlo? ¿Debo ir sola o acompañada? ¿Qué cuidados debo tener después de ‘practicarme’ el aborto?”.

Estas madres quieren desembarazarse físicamente, sin considerar durante la conversación que psicológica y espiritualmente nunca podrán hacerlo, porque ya son madres, y lo serán para siempre.

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En el caso de Milena, a su novio –como a ella– no le choca la idea. Parecen desconocer que están considerando deshacerse de un ser vivo, de un ser humano con pocos días, quizás con algunas semanas de gestación, pero cuyo corazón ya late con ritmo; un ser con alma, con capacidad emocional y afectiva, que expresa sentimientos, y que no es en absoluto una simple “bolsa de huesos” o “un saco de células”. Aún no se percatan de que es la obra más preciada creada por Dios y el fruto del amor humano.

Mientras se encuentran sumidos en los entresijos de su conversación, una persona que vivió en carne propia el flagelo del aborto con todas sus consecuencias, logra ponerse en contacto con ellos por vía telefónica. Es como si un “ángel” les hubiera salido al encuentro. Un hombre cargado de experiencia y lleno de humanidad que, amorosamente, les explica y les hace ver la realidad de la decisión que están considerando y de la gravedad del acto que están a punto de cometer. Los pone ante las consecuencias de su decisión y ante lo irreparable del acto, después del cual ya no habrá retorno posible. Les suplica y les advierte con insistencia que no lo hagan, que no asesinen a un ser humano indefenso.

Convertido así en la voz de los que no tienen voz, hace resonar en sus conciencias la voz de la verdad y el eco de la responsabilidad. Y así como en sus mentes han cavilado estas ideas criminales, ahora se abre una puerta y entra la luz de la Esperanza.

Por fin, Milena ha llegado al Centro “Promujer” después de una cita concertada por “WhatsApp”. Llega a las 12:35 p.m., justo en medio de su hora de almuerzo, y con toda sinceridad habla de su situación, expone su caso, pero realmente no encuentra, entre todas sus elucubraciones, razones valederas que apoyen el hecho de dar muerte a un pequeño que no tiene responsabilidad alguna en el caso: “que si la situación económica, que si mis planes, que si mi trabajo, que si mi edad…”. ¡Pero no las hay! Debe afrontar y encarar la verdad: no hay excusa para no amar, no hay excusa para asesinar, nada es válido ante la prodigalidad de Dios al crear, hacer sonreír y cambiar vidas por medio de otra vida…, la de un hijo.

Milena acepta la verdad. La verdad de que –aunque es procreadora con Dios– el hecho de tener y de llevar ese bebé en su vientre no la hace dueña de aquella vida, diferente a la suya, una vida que ya no solo tiene un estatuto biológico y ontológico como ser, sino como Persona con plenitud de Derechos y de Libertad propia. Comprende que estaría atentando contra los derechos de su hijo y, en ese proceso, contra sí misma. Milena acepta que ella no hace vida, que ella da vida; y en ese orden de ideas, tiene en sus manos el poder de darle a la sociedad, al mundo, a su familia y a Dios, VIDA y no muerte.

** Foto principal: Tomada de Cathopic: www.cathopic.com


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