Espiritual Testimonios

¿Cómo pasaste la noche? Así la pasó Jesús

Celda en la que Jesús estuvo preso en Jerusalén
Escrito por Edwin Botero Correa

“Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Le miré… Él también me miró…Y lloró amargamente su pecado”.


Prisionero por amor…

ABANDONADO DE LOS SUYOS

¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de amor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah! De todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan: uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva, otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte…, a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡Me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, qué inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alama a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido serme fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña… si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana, también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia impulsadas del celo de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Le miré… Él también me miró…Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al Cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre le encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.

DE TRIBUNAL EN TRIBUNAL

Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobre todo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera… pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre… ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse… con esa ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza?¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación… una contrariedad… una pena de familia o un momento de soledad y desolación… decirme desde el fondo del alma: “te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad”?

¡Ah! ¡Si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasarían por aquella tribulación! Su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí… Y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! Mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladle en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos Sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

* * *

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia… Después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados…, de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa… Cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos… escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadores de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos…, hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir… ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor se encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su Gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! Dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…

Al amanecer del día siguiente, Caifás ordenó que me condujeran a Pilatos para que se pronunciara la sentencia de muerte.

* * *

Extracto tomado del libro “Carta de Dios”, cuyo contenido es una misiva enviada por el Sagrado Corazón de Jesús a las almas que todavía peregrinan en la tierra como Iglesia militante. Hace parte de “Un llamamiento al Amor”, que contiene las revelaciones dadas a Sor Josefa Menéndez.

“Hay absoluta certeza de que quien lea estas líneas –con las gracias especiales ofrecidas para esto por quien es la misma Verdad– transformará toda su existencia, de modo tal, que podrá afirmar más adelante que su vida se ha dividido en dos etapas claramente diferenciadas: antes y después de haber tenido este libro en sus manos”.

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