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Razón

Viviendo vidas ajenas…

Edwin Botero Correa
Escrito por Edwin Botero Correa

¿Por qué nos empeñamos en vivir vidas ajenas, en lugar de ocuparnos en asumir la nuestra y –con ella– las responsabilidades propias, inherentes a nuestro estado de vida?

Del refranero popular podemos tomar algunas expresiones que ilustran bien lo que propongo aquí a la meditación y a la conciencia del lector:

  • “En casa de herrero, azadón de palo”.
  • “Nadie escarmienta en cabeza ajena”.
  • “La experiencia es como la m… (excreta humana), que no se coge”.

Pese a los muchos que reniegan de ella y a otros que –en una no superada actitud adolescente– se disgustan con sus padres y hasta con Dios porque “no pidieron nacer”, cada uno, mal que bien, parece andar contento con “su” vida.

A todos se les ve satisfechos a la hora de afirmar su autonomía y su independencia, no obstante la supuesta desgracia que cargan, y que sería un fardo del que son culpables la sociedad, un mundo “al que se viene a sufrir”, un planeta “sobrepoblado”, sus padres que les engendraron (sin su consentimiento, por supuesto) y Dios, quien irresponsablemente crea y dispensa vidas a diestra y siniestra.

De modo, pues, que nadie en sus cinco sentidos –pese a su particular y personal drama, real o subjetivo– pensaría jamás en vivir o estar viviendo una vida ajena. Pero –en este mundo posmoderno– la realidad se empecina en demostrarnos lo contrario…

Es el caso de las personas presas de la sociedad de consumo que, imbuidas en el mundo de la información y del entretenimiento, viven “conectadas con el mundo” a través de las noticias mientras disfrutan de los “realities”, de las novelas, de las series televisivas, de los videojuegos y de las app que descargan a sus dispositivos.

Para ellas, ‘la realidad’ es lo que ocurre en sus vidas, el acontecer de lo “decretado”, mientras no contradiga sus fantasías, sus ideales, su ‘mundo interior’, y por eso cuidan tanto de que los puntos de contacto con ésta como las comidas, las conversaciones, el sueño y los viajes, no se vean interferidos por nada que perturbe su cuasi extática experiencia y el estado de “nirvana” que mediante las técnicas meditativas y con tanto esfuerzo piensan que han conquistado. Se ven felices, y parecen estarlo, mientras no sea la misma realidad la que irrumpa cortando su conexión con el idilíco mundo en el que ahora se desenvuelven “en plena armonía con el universo”.

Conocí a una mujer quien, luego de haber enviudado de un hombre piadoso –resentida con Dios por su pérdida–, había encontrado su propia manera de reconciliarse con la vida, y ahora andaba feliz “sin religiones ni ataduras”. Creía en la bondad intrínseca e inherente de las cosas, y en que ésta emanaba y se expresaba espontáneamente y a su manera. Negando a la religión cristiana la posibilidad de contener y de expresar verdad alguna, se consolaba pensando que en todas había algo de razón y digno de ser atendido, aunque se reservaba para sí la autonomía de concedérsela a la que ella considerara que más se aproximaba a su personal sentir y entender.

Una tarde, de paseo por el oriente antioqueño, mientras nos acomodábamos en las sillas de un restaurante de comidas típicas para ver el menú y pedir algo de comer, con un rictus de frustración y un dejo de tristeza, contó que un cuñado suyo, médico, vegetariano desde hacía 20 años y que tenía un centro dedicado a las comidas y a la vida saludables, tenía cáncer. Entonces la frustración afloró y, decepcionada de haber dedicado gran parte de su vida, de su tiempo y de su esfuerzo a dicho estilo de vida siguiendo las prescripciones del galeno ahora enfermo, pidió para ella una porción de chicharrón que deglutió con la misma pasión que expresaban sus sentimientos, y con la que, al parecer, deseaba conjurar todo aquello en lo que había creído hasta entonces habiéndose privado del licor y de los riesgos gastronómicos a los que se expone el pueblo raso en cada reunión y en cada salida en las que se le presenta la ocasión.

Algo similar ocurrió en España con una chica joven, vegetariana, animalista, a quien mordió un perro mientras intentaba acariciarle, y en cuya frustración “comprendió” que “era un desagradecido”, y que de ahora en adelante volvería a comer hamburguesas y todo lo que tuviera proteína animal.

Esta mujer fue vegana durante 15 años, pero algo ocurrió…

Las mismas aparentes felicidad y frustración son observables en muchos ciudadanos presuntamente autónomos, independientes, librepensadores, autodirigidos –y muchas otras maneras de autopercibirse, autodefinirse y presentarse– que, obcecados por un dogmatismo ideológico, pregonan la tolerancia para sus ideas, estilo de vida e “ideales” –incluso absurdos–, mientras militan en movimientos que agreden a quienes sostienen posturas de sentido común que contradicen sus fantasías.

Tan dispuestos como se les ve a algunos a ser apóstoles de todas las causas, y militantes de todos los movimientos pseudo libertarios que en el mundo son, en nombre de la independencia, paradójicamente, claudican ante prácticamente todas las formas ideológicas de dependencia, en las que acaban militando como voceros de un unanimismo social totalitarista a nombre de una individualidad que se diluye en el ideal y masifica a la persona hasta cosificarla. Pero no han aprendido ni saben nada de una madura interdependencia.

Otro caso ilustrativo, similar al “Hombre Light” del que habla en sus libros el Psiquiatra Enrique Rojas, es el que recoge el filósofo y escritor español José Ramón Ayllón, contenido en un lúcido artículo titulado “La Corrupción de la Verdad”, en el que cita:

Un joven estudiante de Periodismo, con humor e ironía, exponía su punto de vista en estos términos: “David desconectó el televisor, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo al pensar que el aparato pasaría la noche apagado. Sin embargo, estaba contento. Había decidido comprarse aquellos pantalones que había visto en el anuncio de las seis y veinte; el jabón que anunciaban en el intermedio de la película era estupendo, y las gafas de Larry Hagman le habían recordado lo mucho que molestaba el sol al salir a la calle. Se compraría unas. A la mañana siguiente, mientras desayunase con la misma leche descremada que Jane Fonda, y con los bizcochos que estaban en todas las vallas publicitarias, camino de la oficina, David se felicitaría a sí mismo por su buen criterio para elegir siempre lo mejor, sin dejarse engañar”.

Para el resto de los mortales tenemos las mismas noticias: muchos se pasan la vida viviendo sus expectativas y deseos en cabeza ajena: día a día sufren mientras siguen la trama de novelas interminables, en las que sólo apenas al final se asoma un vestigio de triunfo y de felicidad para una maltrecha protagonista que ha pasado por toda suerte de atentados, calamidades y persecusiones. Otros se desfogan con los goles y triunfos de su equipo de fútbol o con los de la selección de su país.

Hay un tiempo para todo

“Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa: tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para matar y tiempo para curar; tiempo para demoler y tiempo para edificar; tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas; tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos; tiempo para buscar y tiempo para perder; tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera; tiempo para rasgar y tiempo para coser; tiempo para callarse y tiempo para hablar; tiempo para amar y tiempo para odiar; tiempo para la guerra y tiempo para la paz. Al final ¿qué provecho saca uno de sus afanes? Me puse a considerar la tarea que Dios impone a los hombres para humillarlos. Todo lo que él hace llega a su tiempo; pero ha puesto la eternidad en sus corazones, y el hombre no encuentra el sentido de la obra divina desde el principio al fin. Vi entonces que su verdadero bien es la alegría y hacer el bien durante su vida. Si uno puede comer y beber, si encuentra la felicidad en su trabajo, eso es un don de Dios. Vi que todo lo que hace Dios perdura para siempre; no hay nada qué añadirle, nada qué quitarle. Y Dios actúa de manera tal que se le respete. Lo que es ya existió; lo que será ya fue; Dios va a rebuscar en lo que ya pasó. Vi otras cosas bajo el sol: en vez de derecho se encuentra la injusticia; en la sede de la justicia se sienta el malvado. Y me dije a mí mismo: Dios juzgará al justo y al malo, pues hay tiempo para todo, y nada escapa a su juicio”.

Eclesiastés (Qohelet), 3, 1-17, Biblia Católica Online.

¿Por qué nos empeñamos en vivir vidas ajenas, en lugar de ocuparnos en asumir la nuestra y –con ella– las responsabilidades propias, inherentes a nuestro estado de vida? En esto consiste “hacer el bien y encontrar la felicidad en su trabajo”. Inclusive entre los creyentes hay no pocas distracciones de lo que constituye su misión, por lo cual San Pablo advirtió: “Que cada quien permanezca en el estado en el que se encontraba cuando el Señor lo llamó” (1 Corintios 7, 17-24).

Pues bien, cada cual a lo suyo. Porque como ocurrió en el momento de la Ascensión del Señor, éste nos sigue instando al orden y a mantenernos sobre un principio de realidad: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?” (Hch. 1, 11). Porque a quienes les competen los asuntos terrenos no tienen por qué andar distraídos con lo que les sobrepasa. Y los demás, deben velar por las ovejas confiadas a ellos, pues al final todos deberán rendir cuentas de su gestión, es decir, del buen uso de sus talentos.

//www.razonmasfe.com/fe/bendiciones-y-gratitud-solo-salta-al-vacio-quien-no-tiene-fe/
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Sobre el Autor

Edwin Botero Correa

Edwin Botero Correa

Comunicador Social - Periodista.
Estudios, Formación y Experiencia en Comunicación, Filosofía y Humanismo, Desarrollo Humano, Gerencia, Doctrina Social de la Iglesia, Educación y Pedagogía.

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