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¿Vivir sin sentimientos de culpa? El verdadero significado del arrepentimiento

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Escrito por sinmedida

Al igual que el remordimiento, el arrepentimiento comienza con la culpa, la cual es dolorosa, pero ahora este dolor es vivido a través de la fe, es un dolor que no se centra en el Yo, sino que busca fuera de sí y corre al encuentro de la misericordia de Dios.

*Por: Astrid Olave, matemática de la Universidad Nacional y miembro del círculo de participación católico Sin Medida.

No me arrepiento de nada”

Hemos escuchado esta frase mil y una veces, en las películas, las canciones y tal vez en la boca de los íconos pop del momento. Es una frase que, leída rápidamente, tiene sentido: lamentarse sobre hechos que ocurrieron en el pasado es inútil, no tenemos manera de cambiarlos. Pero resulta que estamos confundidos, el arrepentimiento no es solo lamentar nuestras acciones y omisiones en el pasado, ¡no!, es un concepto mucho más profundo que hemos perdido a través de una sociedad cada vez más enfrascada en la cultura de la muerte.

Para explicar el arrepentimiento empecemos con una analogía. Un día vamos al médico y encontramos que tenemos la presión alta, así que el doctor nos diagnostica hipertensión y en ese momento sabemos que hay algo mal con nuestra salud. Él nos pide considerar nuestros hábitos de vida: cómo nos alimentamos, si estamos haciendo ejercicio o si estamos bajo mucho estrés, de lo contrario, el médico nos comenta que nos arriesgamos a un mayor número de problemas de salud y no vamos a vivir tanto y tan bien como esperábamos.

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Asimismo, cuando cometemos una acción moralmente reprobable, nuestro médico, en este caso, nuestra conciencia, nos avisa que hemos errado y lo hace por medio de la culpa, esa emoción que nos genera malestar y nos hace sentir inconformes con nosotros mismos.

Ahora bien, en nuestra sociedad impera una corriente hedonista que busca el placer como fin último. Esto incluye evitar el sufrimiento a toda costa, y claro, la culpa es una emoción que se califica como dolorosa, así que muchas veces decidimos callar nuestra conciencia y hacer que el pecado se sienta bien, pero es como cubrir nuestros oídos sólo para no escuchar el diagnóstico médico y eso no cambia en nada nuestro problema de salud, antes bien, es un acto irresponsable con nuestra vida.

Siguiendo con nuestra analogía, lo correcto es hacer caso a las palabras del especialista y cambiar nuestros hábitos de vida, como empezar a trotar por las mañanas o dejar de fumar si lo hacemos, y sabemos que estos cambios no son fáciles. De igual manera, aceptar el dolor de la culpa y empezar un acto de contrición es difícil. Esto fue lo que vivió uno de los hombres más cercanos al Señor, Judas Iscariote.

Judas fue elegido por Jesús como uno de sus apóstoles, es decir, fue uno de sus amigos más cercanos, pero valoró más el dinero que el amor fraterno. Cuando condenaron a Jesús, se dio cuenta que se equivocó, se sintió muy mal, pero no tuvo la suficiente humildad para arrepentirse y acosado por el remordimiento se ahorcó (Mt, 27, 3 – 6).

Al igual que Judas, la tristeza generada al saber que hemos pecado nos hace sentir en una cueva muy oscura donde hemos perdido el sentido de orientación y la única forma de salir es siguiendo la voz del Señor. Cuando nos embarga el remordimiento, la culpa mórbida que no sana, no somos capaces de escuchar la voz salvadora, porque la caverna está llena del eco de nuestra propia voz, cuyas palabras se centran en el Yo: “Yo soy muy malo”, “Yo hice esta cosa horrible”, Yo no merezco perdón” y en ese ensimismamiento lo único que hacemos es ir cada vez más profundo en la cueva y nos sentimos más atrapados, solos y adoloridos y, así como Judas, no vemos salida.

Pero no nos aflijamos, ese no es el único destino de la tristeza del pecado, bien nos dice San Pablo que “la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Cor. 7:10). Judas sufrió de la tristeza del mundo, en cambio San Pedro vivió la tristeza conforme a la voluntad de Dios.

Pedro también fue uno de los doce apóstoles y al igual que Judas traicionó a su Maestro. Justo después de prometerle que lo acompañaría por siempre, lo negó tres veces. Cuando se dio cuenta de lo que hizo, lloró amargamente, se arrepintió y cambió su conducta (Mt 26, 69-75). A pesar de su error, Pedro fue puesto como la piedra en la cual fue fundada la Iglesia.

Al igual que el remordimiento, el arrepentimiento comienza con la culpa; como dijimos es dolorosa, pero ahora este dolor es vivido a través de la fe, es un dolor que no se centra en el Yo, sino que busca fuera de sí y corre al encuentro de la misericordia de Dios. Como ese dolor ya no se ensimisma, nos permite tener un entendimiento objetivo de nuestro pecado y responsabilizarnos de nuestros errores. Más aún, nos permite entender que podemos y debemos alejarnos del pecado, pero que no podemos reprocharnos el no ser perfectos, debemos aceptar que somos frágiles.

He aquí el punto, el arrepentimiento necesita de humildad; entender que nuestra debilidad humana nos lleva a pecar (Rom. 7,21). De hecho ahí radica un misterio del amor de Dios, “la debilidad no es el opuesto extremo a la tentación, es el corazón mismo de la tentación” (André Louf) y aun así esa fragilidad es la puerta para una de las más intensas y más hermosas experiencias con Dios en nuestra vida, la experiencia de su Misericordia, porque, cuando somos capaces de acercarnos a Él con un corazón humilde y colocamos nuestras miserias en la cruz, Él nos libera de una relación centrada en el pecado y nos lleva a entrar en contacto con su gracia para sanar nuestras heridas. De esta manera, nuestra relación con Dios queda centrada en su amor salvífico y sanador.

Por último, el arrepentimiento no es un sentimiento, es una acción; es una reorientación radical de nuestra vida, rompiendo con el pecado y retornando a Dios (Catecismo, 1431), porque cuando somos tocados por el amor de Dios, nace en nosotros el firme propósito de reparar nuestras ofensas y cambiar nuestra mente y corazón para no volverlo a ofender.

Sin embargo, debemos ser conscientes, nuevamente por la humildad, que el cambio en nuestra vida no se obra exclusivamente por nuestras propias fuerzas, debemos pedir al Altísimo que nos acompañe con su providencia y su gracia, y además requiere de mucha paciencia, porque los tiempos de Dios no son los nuestros (Ec. 3,11).

Por eso el Mal se esfuerza en hacernos caer en el remordimiento o, peor aún, disfrazar el ego en arrepentimiento, porque tan pronto nos acogemos a la misericordia de Dios, nuestros pecados ya entendidos y asumidos nos convierten en una gran fuente de conversión y gracia y Su Misericordia nos permite vivir libres de culpa y de vergüenza  por nuestros actos pasados, porque el arrepentimiento que ha actuado en nosotros no deja rastros de pesar, antes bien, nos restituye a la gracia de Dios y nos deja llenos de la paz que se genera, sabiéndonos abrazados por el perdón de Cristo crucificado.

Así, podemos entender cómo el arrepentimiento no debe ser confundido con el remordimiento; es igual que conocer la diferencia entre la vida y la muerte y es claro que esta confusión nos ha llevado a muchos a no haber descubierto todavía la riqueza del arrepentimiento, que nos permite transformar nuestro dolor en lágrimas de alegría al recibir el inmenso y maravilloso amor del Señor, un amor que nos regenera y nos lleva en su gracia a decir:

No lamento nada”

 

Referencias


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