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Espiritual Fe

Sin la Cruz no hay nada

Santa Cruz
Escrito por Sin Medida
¡Difunde la cultura de la Vida!

“Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer.

¡Difunde la cultura de la Vida!

Por: Laura Alejandra Sánchez Avellaneda

Estudiante de Terapia Ocupacional de la Universidad Nacional de Colombia. 22 años. Integrante del Movimiento Interuniversitario Sin Medida.

Si bien hace poco celebramos la Semana Mayor, es necesario resaltar la importancia de un aspecto crucial en la vida cristiana: la cruz. Ella ha sido un tema difícil de comprender, más aún en nuestros tiempos, pues tal y como lo señala el numeral 1336 en el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo”. Pero ¿por qué “piedra de escándalo”? En un mundo donde el placer, el individualismo y el egoísmo gobiernan, se nos da la idea de que el sacrificio es algo impensable, y lastimosamente nos hemos creído este planteamiento.

Algunas veces vemos nuestra vida e historia y pensamos que pudo haber estado mejor… ¿Por qué esta enfermedad? ¿Por qué esta persona me hizo daño? ¿Por qué esta familia? ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello? Imaginamos que esas cosas que nos cuestan y nos duelen deberían desaparecer y eso nos dejaría ser realmente felices. Pero, el Señor nos muestra que la cruz es nuestra puerta a la santificación y como bien lo dice en Mateo 10, 38: “(…) el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”. Al pensar que Dios debería hacer las cosas diferentes estamos dudando de su sabiduría, y claro está que no lo hacemos de forma voluntaria, sin embargo, al no confiar en lo que Él nos tiene preparado obstaculizamos la historia de amor que Él tiene para nosotros.

La vida cristiana no es fácil: no es fácil morir por otros, no es fácil amar, y por eso el Señor nos demuestra que cargar la cruz es un trabajo diario, que no solo nos forja, sino que nos permite entrar verdaderamente en su voluntad. Es un camino difícil y amargo, pero no imposible, Dios nos conoce, sabe cada una de nuestras fortalezas y debilidades y sin importar eso, nos llama, como lo hace en Lucas 9, 23: “Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»”. No nos llama por ser los más inteligentes y sabios, al contrario, nos llama porque ve la necesidad de que Él gobierne en nuestras vidas.

Al morir en la cruz, Dios nos muestra que de las cosas que nos parecen inimaginables evidencia su poder, gloria y misericordia con nosotros, tal y como lo decía el Papa Francisco en su misa matutina en la capilla de la Domus Sanctae Marthae el 14 de septiembre de 2013:

“En el árbol de la cruz, en cambio, está la historia de Dios, quien «quiso asumir nuestra historia y caminar con nosotros»”.

No solo quiso parecerse a nosotros en todo menos en el pecado, sino que murió por nosotros y no bastándole ese sacrificio hizo de la cruz un elemento de redención para el mundo.

Si bien el sacrificio es doloroso, el Señor nos consuela por medio de nuestros hermanos tal y como lo vemos en Tobías 7,16: “«Ten confianza, hija: que el Señor del Cielo te dé alegría en vez de esta tristeza. Ten confianza, hija.» Y salió”. Y al demostrarnos que no estamos solos, Jesús nos pone un reto: amar, amar hasta el extremo, y en Lucas 15,13 nos muestra que: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. Y es aquí, en donde el amor y el sacrificio se unen, mostrándonos que la verdadera vida está dada por las obras que realizamos en pro de los demás y en el consuelo que el Señor prepara para quienes dan la vida por los demás. Por eso Santa Teresa de Ávila decía:

“En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo”.

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La cruz es el camino al cielo

Pero entonces, ¿qué es la cruz? La cruz es el medio que nos permite llegar a Dios, asemejarnos más a Él y cumplir realmente sus mandamientos. En Juan 13, 34 nos dice: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”. Con esto Jesús nos muestra que Él amó hasta el extremo y no le importó entregarse también por los que lo maltrataron y humillaron, cargó con su cruz y sumó todas nuestras cruces a la de Él y aún sabiendo que esa carga era de nuestras faltas, continúo con su plan de salvación.

Evidentemente la cruz nos asusta, es pesada, nos cansa y sin Dios es casi imposible de mover, pero hasta Jesús tuvo miedo de cargarla y rogó al Señor para que le evitara el sufrimiento si era lo que Él deseaba, tal y como lo vemos en Lucas 22, 43 diciendo: “«Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»”. Sin embargo, cumplió con el plan de Dios, no refutó ni se quejó de lo que Dios quería para su vida, y es allí donde nos enseñó otra lección importante, la obediencia.

Como nos damos cuenta, la cruz es un sin fin de enseñanzas: amor, sacrificio, entrega, dolor, redención, misericordia, etc., pero si no la cargamos no podemos realmente entenderla y, como ya vimos anteriormente, es una tarea constante, de un trabajo diario y fuerte que nos va a incomodar, sin embargo, las recompensas son enormes y Dios nunca se queda con nada pues todo lo devuelve impregnado de su amor.

Dios nunca nos deja solos
Dios nunca nos deja solos

Ahora bien, ya sabemos la importancia de la cruz, pero ¿qué nos enseña la cruz particularmente? Cada persona ha sido creada por Dios de una manera tan única que así mismo es nuestra cruz, única. El Señor y nosotros somos los únicos que sabemos realmente nuestros límites, pecados y debilidades, y muchas veces no sabemos cómo mejorar en estos aspectos. Sin embargo, Dios en su misericordia nos muestra que la cruz nos ayuda a manejar y trabajar estas dificultades para que diariamente nos parezcamos más a Él y así llegar a la santidad.

Por último, el Señor nos pide que carguemos nuestra cruz con amor, que confiemos en Él, pues nunca nos dejará solos y Él sabe para qué permite nuestros sufrimientos. Si bien no hay mayor dolor que el que Jesús padeció en la cruz, está dispuesto a que unamos los nuestros para transformar la tristeza en alegría, como se observa en el Salmo 84, 7: “Al pasar por el valle árido, lo convierten en un oasis; caen las primeras lluvias, y lo cubren de bendiciones”, ya que Él como Trinidad Santa nos ama como Padre, nos entiende como Hijo y nos reconforta por medio del Espíritu Santo.

Referencias:

Imágenes:

Agradecimiento:

A Mario Andrés Fernández Cadena por mostrarme el amor de Dios y ayudarme a cargar mi cruz en este tiempo.


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