Espiritual Fe

Seamos odres nuevos.

La Presencia del Novio; de Jesús entre nosotros nos garantiza que no somos seguidores de un difunto. El ser odres nuevos; es no conformarse con una fe católica desgastada, insípida y secuestrada por la amargura ante la crisis que pretende replegarnos, demos espacio a una espiritualidad esperanzada, agradecida y alegre.

«El vino nuevo se echa en odres nuevos».

Mt. 9,14-17

San Mateo en su evangelio nos recuerda que a los seguidores de Jesús, a los cercanos en el discipulado debe resultarles imposible la tristeza sí efectivamente Jesús está con ellos; Mientras el novio está cercano, la tristeza y el luto no tiene por qué embargar el corazón creyente: «¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?» (Mt 9, 14-17). Con Jesús presente en la Eucaristía, la Palabra y la comunidad, se concreta una espiritualidad marcada por la alegría y el gozo, por la certeza de su Presencia que no nos será arrebatada: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28,16).

El Cristianismo debe vivir en vigilancia para no prolongar el viernes y el sábado santo en un estado permanente, no podemos quedarnos en una sensación de vacío, en una atmósfera de pérdida cuando la verdad es que nuestro «Redentor Vive», y se encuentra actuante con su inigualable poder y gracia, especialmente en espiritualidades más esperanzadas, agradecidas y alegres; porque encuentran en la Presencia del Señor su fuente inagotable.

Así mismo, a la verdad de su Presencia también hemos de reconocer nuestro descuido suicida; es importante reconocer que el pecado mortal nos separa de su Presencia, sembrando el dolor de la pérdida de la gracia. Lo que rompe la vida del creyente, agrietandolo, es la violencia del pecado que fracciona, que nos roba la alegría y nos deprime. La tristeza de las almas radica en esta distancia de la fuente de la vida, en haber permitido que les sea arrebatada la «compañía», que literalmente significa «pan para el camino». Vivir sin la gracia es dejarnos arrebatar la Compañía y el Alimento, en definitiva la Eucaristía.

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El Vino Nuevo, cuya copa Eucarística y santificadora bebemos los católicos, y experimentamos en las continuas irrupciones del Espíritu Santo, nos concede la sobria embriaguez de vivir de Pentecostés en Pentecostés; ello nos reta a ser «odres nuevos», es decir; un cristiano católico capaz de contener la alegre novedad de Jesús, para lo cual debemos tener el valor de vaciarnos del vino amargo y desabrido. Precisamente ante la ausencia de odres así, es decir; de católicos con el talante cristiano para responder a las complejidades de nuestro tiempo dónde es puesta a prueba nuestra fe, advertía el cardenal Ratzinger en 1996 en México tratando la situación actual de la fe y la teología:

“Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia, en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”

Ratzinger

La Amistad y Presencia del Novio entre nosotros nos da la claridad de que no somos seguidores de un difunto, y por ello, no somos portadores de una espiritualidad o una tradición fosilizada. El ser odres nuevos es no conformarse con una fe desgastada, insípida y secuestrada por la amargura ante la crisis que pretende replegarnos, es también reaccionar ante la mezquindad de quienes prefieren erosionar la fe en razón de sus planes ideológicos y la justificación de la mundanidad de la Iglesia, reduciendo la fe a lo accesorio sin vivirla como esencial; considerando esto, nuestros Obispos en Aparecida, nos alertan siguiendo la enseñanza de Ratzinger:


“No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados”.

DA. 12

Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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