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¿San Pablo fue misógino?

¿San Pablo fue misógino?
Escrito por Padre Henry Vargas

Jesucristo fue un vanguardista en el buen trato que se le debe dar a las mujeres, valorando y respetando lo específicamente femenino (su riqueza humana y espiritual) para el debido desarrollo de la humanidad.

Jesús fue vanguardista al resaltar la figura de la mujer, no solo por considerar, desde su creación misma, su propia naturaleza, ni igual ni inferior a la del hombre, sino también porque reconoció su dignidad que Dios ha querido para ella y su papel extraordinario con el que, gracias a su genio femenino, ha contribuido en la construcción de la Iglesia.

Y el apóstol San Pablo no puede ser menos que Jesús; él no puede ni contradecir ni negar el respeto  y la valoración que Jesús quiso para las mujeres. Los textos de San Pablo no distan de la gratitud, alabanzas, y compromisos hacia las mujeres que San Juan Pablo II expresó en su carta apostólica Mulieris Dignitatem.

San Pablo se confrontó con muchas mujeres y las vio necesarias e importantes en la vida apostólica de la Iglesia.  A través del ejemplo de las mujeres que formaron parte de la vida de San Pablo veremos que sus palabras son de una importante actualidad.

Comencemos por decir que para San Pablo no deben haber entre los hombres y las mujeres motivos para que haya rivalidad, enfrentamientos, como tampoco deben haber motivos de separación; entre hombres y mujeres hay igualdad de condiciones aun en las diferencias. San Pablo dice: “Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 28).

Las palabras de San Pablo, así como sus gestos, supusieron un cambio de mentalidad o una revolución a favor de las mujeres. A pesar de los prejuicios de la época, el apóstol no descansó hasta volver a situar a las mujeres en el lugar que les pertenece en la vida de la Iglesia, como se puede observar dando un ligero vistazo por sus escritos o cartas.

Dentro de sus escritos hay uno que ilumina mucho la situación aunque, por ser mal interpretado, sea un texto muy polémico; es un texto que aparentemente hace ver a San Pablo como un hombre machista prepotente o misógino, como un hombre que despreciaba no solo la dignidad de la mujer sino su participación en los diferente ámbitos de la vida pública.

La concepción que reinaba en la sociedad, ya sea entre judíos, griegos y romanos, con respecto a la mujer no favorecía, dentro y fuera del matrimonio, una igualdad de condiciones entre mujeres y hombres. Las cosas deben cambiar desde el matrimonio; por esto el matrimonio cristiano debía ser totalmente diferente a la concepción del matrimonio que se tenía fuera de la Iglesia.

El texto en cuestión es: “Las mujeres sométanse a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia…Pues así como la Iglesia está sometida a Cristo, así las mujeres han de estarlo a sus maridos en todo” (Ef 5, 22-24).

Pero no podemos quedarnos con este texto y menos aún quedarnos con lo primero que se nos venga a la cabeza; hay que saber interpretar lo que quiso decir San Pablo. No podemos hacer especulaciones ni quedarnos con falsas interpretaciones o equivocadas conjeturas.

Cuando San Pablo en Ef 5, 22 habla de que las esposas estén “sujetas” a sus maridos, por un lado él utiliza la forma pasiva del verbo griego (jupatasso) que significa “hacer algo voluntariamente” o “seguir voluntariamente un ejemplo”; las mujeres deben seguir el ejemplo de los maridos si estos, obviamente, las aman como Cristo ama a su Iglesia. Y por otro lado, la palabra sujeción o sumisión viene de someterse, y someterse significa ponerse bajo, ¿bajo qué? bajo la protección o el amparo de otro.

Es pues evidente que cuando San Pablo le dice a la mujer que se someta a la autoridad de su esposo, no está diciendo de ninguna manera que la mujer sea menos que el hombre, porque no lo es (los dos por igual forman un solo ser –Ef 5, 31-); tampoco se está diciendo que la mujer no deba o no pueda pensar o que sea un cero a la izquierda o que sea una esclava del marido, etc..

Ahora bien, cuando en Efesios 5, 23 San Pablo habla del marido como “cabeza” de la mujer, se emplea el término griego “kefalé” que significa “fuente”; aquí se habla de que algo procede de algo, o de que algo es la cabecera de algo. Es algo que está en línea con el relato de la creación del ser humano: que Dios lo creó primero en su versión masculina y luego, de lo que ya había, en su versión femenina.

San Pablo en este texto habla de que hay un vínculo muy fuerte de unión entre el hombre y la mujer; así como en el caso de la redención, que Cristo es fuente de vida de la Iglesia. Lo que San Pablo, pues, quiere enseñar o enfatizar no es la autoridad del marido sobre su esposa, sino la unión entre ambos. En ningún escrito griego del Nuevo Testamento se emplea la palabra kefalé en el sentido de “autoridad”.

Todo lo que se ha dicho hasta aquí lo vemos más claro en la Sagrada Familia de Nazareth. San José como ama de verdad a su esposa, la Santísima Virgen María, cumple con el rol de protector o custodio de la Sagrada Familia, y la Virgen María confía en él.

El ángel se le presenta en sueños a San José para advertirle: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto” (Mt 2, 13; 2, 20 y 22), y San José valientemente se responsabiliza de María y del Niño Jesús, y eso es suficiente para que María confíe en San José y se deje guiar, proteger y defender por él. Así pues, cuando la mujer se somete está confiando en el amor de su esposo, sabe que como su esposo la ama él quiere lo mejor para ella y para sus hijos.

Dado que la mujer, por su propia naturaleza necesita ser amada y protegida, la mujer debe dejarse cuidar y proteger, pero solo si su esposo verdaderamente la ama y se quiere sacrificar o desvivir por ella.

Cuando San Pablo dice que “Cristo es la cabeza de la Iglesia”, él no está viendo la relación entre cabeza y cuerpo bajo la óptica de una relación de subordinación, sino como una relación de complementariedad, así como hay diferentes y reciprocas funciones entre las partes de un mismo organismo; es lo que San Pablo quiere hacer ver en la relación entre los cónyuges.

Y hay algo importante a tener en cuenta. Se trata de un texto inmediatamente anterior en el que San Pablo dice: “Sométanse unos a otros por consideración a Cristo” (Ef 5, 21). La esposa, en el sentido que ya hemos visto, se tiene que someter al esposo; pero recuerden que ambos, marido y mujer, se deben de someter mutuamente.

El esposo que exige o pide sumisión de su esposa, en el sentido que ya sabemos “seguir voluntariamente el ejemplo del otro”, pero no reconoce su propia obligación de someterse a ella, está distorsionando los principios de Dios para el matrimonio, y él no puede actuar como el buen esposo que Dios quiere que sea para su esposa.

Y como San Pablo dice, en el sentido que ya sabemos, que los hombres sean cabeza de sus esposas, y los padres cabeza de sus hijos, él también espera sumisión mutua y corresponsabilidad entre los miembros de la familia.

Pero sigamos leyendo el texto: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne: antes bien la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo” (Ef 5, 25-30).

En efecto, el mismo San Pablo se preocupa de establecer el paralelo entre el matrimonio y la relación de Cristo con su Iglesia; San Pablo sugiere pues que los hombres casados deben amar y cuidar a sus esposas por que ellas son su propio cuerpo. Marido y mujer son diferentes, porque cumplen funciones diferentes, pero se necesitan mutuamente, como los miembros de un solo cuerpo.

Y San Pablo más adelante afirma: “En cuanto a ustedes, que cada uno ame a su esposa como así mismo, y que la mujer, a su vez, respete a su marido” (Ef 5, 33). Para San Pablo la sumisión implica ante todo respeto. ¿Por qué San Pablo le ordena al hombre a que ame a su esposa, pero le dice a la mujer que sólo respete a su esposo? Si San Pablo le ordena al hombre a que ame a su esposa es porque ella necesita amor. Y si le pide a la mujer que respete a su marido es porque el esposo necesita el respeto de su esposa.

La mujer que realmente es amada por su marido, como Cristo ama a su Iglesia, debe dejarse amar, proteger, cuidar; permitir que el marido se desviva por ella y por sus hijos. El respeto es una manera de corresponder al amor, es apoyar, apreciar, valorar, agradecer, honrar, brindar confianza, etc.

El esposo no tiene que ganarse el respeto de ella, y la esposa no tiene que ganarse el amor de él. Ambos, el amor y el respeto, deben de ser espontáneos, generosos, incondicionales.

Démonos cuenta de la belleza de las palabras del Apóstol San Pablo acerca de la dignidad de la mujer y la igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres, creados ambos a imagen y semejanza de Dios para construir juntos y en armonía el destino de la humanidad.

P. Henry Vargas Holguín.

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