Fe

¿Qué son y/o quiénes son los cristianos?

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Escrito por Padre Henry Vargas

Durante la misa crismal, que todas las diócesis del mundo celebran casi siempre durante la Semana Santa, se proclaman unas lecturas en las que se hablan de los ungidos.

¿Y quiénes son esos ungidos? El profeta Isaías, en su capítulo 61, nos habla del Siervo de Yahvé, el salmo 89 (88) nos habla del Rey David, y el evangelio nos habla de Jesús, quien se identifica como el ungido ya mencionado por el profeta Isaías.

La unción que reciben tiene como finalidad a su vez ungir al pueblo: Su unción es a favor de los oprimidos, los pobres y cautivos.

En la misa crismal se bendicen dos aceites u óleos bien diferentes (uno para los catecúmenos y el otro para los enfermos), y se consagra otro aceite llamado el crisma para los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del Orden Sacerdotal (los sacramentos que confieren el Espíritu Santo).

El Santo Crisma nos recuerda al ungido, es decir, al Cristo o al Mesías o al Rey. Lo que había acontecido con los sacerdotes y los reyes del Antiguo Testamento al ser ungidos con aceite para establecerlos en su ministerio, sucede igualmente con Jesús. Por tanto, cuanto más nos unimos a Cristo, más somos colmados por su Espíritu, el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Por esto, desde que recibimos el sacramento del bautismo, se nos llama ungidos o cristianos (pertenecientes a Cristo), para participar de la misma misión de Cristo; es que el Santo Crisma, en el sacramento del bautismo, nos configura con Cristo y, en consecuencia, nos constituye como sacerdotes, profetas y reyes.

Ya hemos visto qué son los cristianos, los ungidos con el santo Crisma en el bautismo. ¿Pero qué decir de los que pertenecen a las sectas cristianas o sectas protestantes donde no tienen el Santo Crisma?  ¿Los que son bautizados allí en esos grupos, al margen de la Iglesia, como no son ungidos con el santo crisma son cristianos? Pues la respuesta es negativa.

¿Ahora, a la pregunta quiénes son los cristianos? Los cristianos, los que son configurados con Cristo al ser ungidos con el Santo Crisma, son, en consecuencia y en el sentido amplio, quienes siguen a Cristo.

Pero para seguir a Jesucristo se necesita tener en cuenta todas sus directrices, comenzando por hacer parte de la institución que Él mismo en persona fundó: La Iglesia; institución divina en la que hay que creer. La Iglesia es la única institución en la que además está, desde Pentecostés, el Espíritu de la Verdad (Jn 15, 26; Hch 2, 4), pues Dios es la Verdad (Jn 8, 31-32; 1 Jn 5, 20).

La virtud de la fe consiste pues en creer en TODO lo que el Señor Jesús ha revelado, ha querido y ha establecido, todo esto condensado en su Iglesia; y ya sabemos que Jesús es digno de credibilidad y de confianza por la autoridad divina que tiene (Jn 1, 14).

 “Corresponde al Hijo (a Jesucristo) realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es el motivo de su “misión” (LG 3; AG 3). “El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras” (LG 5). Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo “presente ya en misterio” (LG 3) (Catecismo de la Iglesia, 763)”.

Jesús al querer instituir la Iglesia pensaba en un nuevo pueblo consagrado a Dios, mediante una nueva, definitiva y eterna alianza. Por esto Él pasó toda una noche en oración, para escoger a los doce discípulos a quienes llamó Apóstoles (Lc 6, 12-16) destinados a ser los iniciadores y fundamento de este nuevo Israel, del nuevo Pueblo de Dios.

En el evangelio vemos cómo Cristo fundó su Iglesia en Simón, el pescador, a quien le cambió el nombre por Pedro, piedra para indicar que sobre esa piedra Él edificaría su Iglesia. Jesús le dice a Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 13-20). Jesús habla de una Iglesia, que es suya y tiene que ser una y única. Sí. La Iglesia, que es una, también es santa, católica y apostólica, es la única fundada por Jesús sobre el Apóstol Pedro, y que perdurará por siempre pues Jesús prometió estar siempre con su Iglesia: “Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20). 

De ahora en adelante Pedro tiene la misión de realizar otro tipo de pesca: “De ahora en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Tiene además Simón Pedro la misión dada por Jesucristo de apacentar sus corderos (Jn 21, 17) para que se integren en un único rebaño y en un solo redil; Jesús quiere que haya un solo rebaño bajo un solo pastor pues hay ovejas fuera del redil que Jesús quiere que entren en él (Jn 10, 16).

Jesús no delegó ni autorizó a nadie más que a Pedro para ser piedra de cimiento de su Iglesia. Por tanto, todos los hombres que han fundado grupos cismáticos o autónomos, todos ellos al margen de la Iglesia, que aparecieron  después del Siglo XVI contravienen la expresa voluntad de Jesús, y están en franca desobediencia a Jesús.

En consecuencia, la presencia de Jesús se mantiene y se mantendrá intacta, en toda su integridad, desde su fundación, de manera ininterrumpida y por siempre sólo en la Iglesia. Por esto la única Iglesia que Jesús fundó es la única que tiene la plenitud de los medios de salvación dejados en ella por Él; Él es su cabeza, la Iglesia es su cuerpo místico (Col 1, 24; Carta Encíclica Mystici Corporis Christi). La Iglesia y Jesucristo hacen una unidad indisoluble. Nadie puede decir: ‘acepto sólo la cabeza, pero no a su cuerpo’.

Es esa presencia de Jesús con nosotros, en su Iglesia, la que nos asegura que “las fuerzas del mal no prevalecerán en contra de la Iglesia” (Mt 16, 18).

Jesucristo quiso una comunidad convocada (Iglesia). La palabra “Iglesia” viene del latín ecclesia y este del griego, ekklesia. En el ámbito griego la ekklesia era la asamblea de los ciudadanos reunidos. San Pablo usó esta palabra para referirse a la congregación de los creyentes cristianos.

La Iglesia es una comunidad que quiere abarcar todas las naciones; por esto Jesús quiso que su Iglesia fuera misionera para ser católica: “Vayan pues y hagan discípulos de todas las naciones” (Mt 28, 19).

No podemos negar, pues, que la voluntad de Jesús, al fundar su Iglesia, era llegar al corazón de todo ser humano de todo tiempo y lugar; por tanto quería a la vez constituir y formar una comunidad a la cual transmitir sus enseñanzas y que ella a su vez asumiera el compromiso de difundirlas “hasta los últimos confines de la tierra” (Hch 1, 8).

Cuando afirmamos que la Iglesia debe su origen a Jesucristo, con esto no estamos diciendo que Él haya establecido también de manera personal toda su estructura u organización. Lo suyo fue un ministerio de tres años, un periodo pues muy breve para poder establecer una estructura del todo definida para toda su Iglesia a lo largo de su historia como la que tiene al día de hoy.

Y Jesucristo para darle forma a la Iglesia se vale del Apóstol Pedro, al darle el poder de las llaves (Mt 16, 19), y de los demás apóstoles, incluyendo a San Pablo y otros; todo con el fin de que la Iglesia se abriera paso, incluso, aprovechando la estructura organizacional del Imperio Romano; y la Iglesia primitiva toma una bocanada de aire e impulso gracias a la conversión del emperador Constantino.

Cuando el emperador Constantino publicó en Milán, en el año 313 el edicto de tolerancia de los cristianos, la Iglesia ya se encontraba muy bien constituida. Con ese edicto, Constantino puso fin a la época de las persecuciones en contra de los cristianos.

El Emperador Constantino (quién recibió el Bautismo, poco antes de morir), siempre favoreció el cristianismo, poniendo al servicio de la fe las estructuras del inmenso territorio del Imperio Romano. Él advirtió que ésta “nueva” religión, precisamente por su carácter “universal” o católico y por su organización ya presente en todo el Imperio, estaba llamada a ser un muy fuerte vínculo de cohesión.

A los cristianos los vemos ya presentes en el Nuevo Testamento, al inicio de la Iglesia, pues se les menciona en tres ocasiones:

1.- “En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de «cristianos» (Hch 11, 26).

2.- “Agripa contestó a Pablo: «Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano.»” (Hch 26, 29). En el versículo 29, San Pablo se confiesa cristiano.

3.- “Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido, pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre.” (1 Pe 4, 15-16).

De manera, pues, que los cristianos, desde la misma fundación de la Iglesia, no tienen nada que ver con los que hoy se autodenominan y/o autoproclaman ‘cristianos’, e integran realidades fuera de la Iglesia.

Lastimosamente, hoy en día, se ha caído en el error de no llamar las cosas por su nombre porque incomoda; así como también hay una tendencia a camuflar errores, llamándolos de otra manera para hacerlos pasar por verdad.

Para el común de la gente los católicos son unos y los ‘cristianos’ son otros –como si fueran dos grupos bien diferenciados-; cuando en realidad los verdaderos cristianos, hablando con propiedad y en sentido estricto, son los que pertenecen a la única Iglesia que Jesús, el Hijo de Dios, fundó; que ellos tengan o no tengan una vida santa o evangélica esto ya es otra cuestión.

Ahora bien, los verdaderos cristianos evangélicos son los que han llevado una vida conforme al evangelio, han llevado una vida evangélica, y son los santos. Los ‘evangélicos’ no son los protestantes.

Que quede pues claro que los que se autodefinen ‘cristianos’ estando fuera de la Iglesia no lo son tal. ¿Cuando Jesús dice: “Tengo otras ovejas que no están en mi redil” (Jn 10, 16), y que Él las quiere llamar, qué da a entender? De aquí se deduce que las realidades alternativas que fundan los hombres no son necesarias, ni correctas, ni eficaces ni queridas por Jesús.

¿Qué decir ahora de quienes lideran las sectas usurpando el título de pastores o autoproclamándose con ese título? Los pastores que Jesús, el buen pastor, quiso y quiere para su Iglesia, son los apóstoles y sus sucesores: San Pedro y su sucesor el Papa, y el resto de apóstoles y sus sucesores los obispos (el colegio episcopal). Ellos son los legítimos, verdaderos y únicos pastores, no quienes lideran las sectas cristianas o protestantes ni otras realidades extra eclesiales. 

Antes se ha dicho que para seguir a Jesús es imprescindible tener en cuenta sus directrices. Nadie puede, pues, decirle a Jesús ‘yo quiero seguirte pero como yo quiera’, ‘yo quiero seguirte pero haciéndome pasar por cristiano(a) en alguna secta’, ‘yo quiero seguirte pero primero déjame hacer mis asuntos que son lo más importante (Mt 8, 21; Lc 9, 59-62)’, ‘yo quiero seguirte pero a raticos’, ‘yo quiero seguirte pero quiero evitar la cruz’, etc..

P. Henry Vargas Holguín.

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