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Espiritual Fe

“Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”. 1 Pedro 1, 16

YHWH
Escrito por Sin Medida

“Sin Medida” es un grupo de jóvenes que colabora y publica en Razón más Fe. Sus escritos son verdaderas joyas y tesoros espirituales, como éste.

Por: María Alejandra Bravo.
MSc Ingeniería Biomédica, Universidad de los Andes.
Candidata a Doctorado, Ciencias de la Computación, Universidad de Freiburg
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El mensaje de Dios es claro, Él quiere que seamos santos como Él lo es. Esta afirmación es muy potente y nos genera muchas preguntas. Quiero concentrarme especialmente en una:

 ¿Cómo llegar a ser santo?

Ser santo significa estar plenamente con Dios, unirse en verdadera intimidad con Él, hasta el punto en el que no nos reconocemos más a nosotros por medio de nosotros mismos, sino por medio de Dios. Ser santo es la razón por la que fuimos creados, para volver al padre y consolidar una relación de amor con la Trinidad. Esta unión plena sólo se logra en el momento en el que, después de la muerte, llegamos al cielo. Alguien podría entonces pensar que como este objetivo final no es posible alcanzarlo mientras vivimos en la tierra, entonces no tendría sentido preocuparse ni ocuparse de él mientras vivimos. Sin embargo, el llegar al cielo no es algo que sucede simplemente por defecto, es resultado de nuestra relación íntima con Dios mientras estamos en la tierra. El construir esta relación con Dios implica un proceso de purificación del alma en el que el fuego del amor de Dios debe quemar todo aquello que impide que nos acerquemos a Él.

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Moisés y la zarza

El camino de purificación del alma sucede mientras vivimos en la tierra, y a pesar de ser un proceso nuestro, no estamos solos, Jesús está siempre de nuestro lado y, más aún, es Él quién nos invita constantemente a seguirlo. Dado que la santidad implica construir una relación con Dios es importante saber que es Dios mismo quien dispone los medios para que podamos relacionarnos y acercarnos a Él, dejándonos a nosotros la tarea de serle fiel y elegirlo a Él sobre todas las cosas.

Este proceso de purificación está constituido principalmente por dos tipos de purificación: la activa y la pasiva.

La purificación activa hace referencia a serle fiel a los compromisos que hemos tomado en la vida, así como decidir decirle no a placeres desordenados. Por ejemplo, si somos estudiantes y seguimos en la casa de nuestros padres, la forma de purificarnos activamente es cumpliendo con nuestras tareas tanto en el estudio como en el hogar. Una pareja casada se purifica activamente cuidando y siendo fiel a los votos matrimoniales que se hicieron el uno al otro. Así también un sacerdote o religiosa consagrada se purifican activamente cumpliendo con las promesas hechas cuando decidieron seguir esta vocación. En la nueva exhortación apostólica «Gaudete et Exsultate», el Papa Francisco nos dice  “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. (…) Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas”.

Como católicos también tenemos formas activas de purificarnos como lo son la oración, sacrificios y frecuentar los sacramentos. Una de las formas más comunes en la iglesia católica de purificación activa es el ayuno, cuyo objetivo principal, como lo dice el Papa Francisco, es renunciar a las cosas vanas, inútiles, a lo superfluo para ir a lo esencial. Es decir, que la purificación activa implica una decisión propia que nos pone en circunstancias que implican sacrificio o esfuerzo y entrega de nuestra parte. Sin embargo, realizar este tipo de purificación no es suficiente para verdaderamente llegar a Dios.

San Juan de la Cruz escribe:

“Mas conviene al alma, en cuanto pudiere, procurar de su parte hacer por perfeccionarse, porque merezca que Dios le ponga en aquella divina cura, donde sana el alma de todo lo que ella no alcanzaba a remediarse; porque, por más que el alma se ayude, no puede ella activamente purificarse de manera que esté dispuesta en la menor parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios no toma la mano y la purga en aquel fuego oscuro para ella, cómo y de la manera que habemos de decir”. (Capítulo 3.3 La Noche Oscura).

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Jesús siempre va a nuestro lado, si se lo permitimos.

En la purificación activa por más que nos esforcemos en afrontar situaciones incómodas o hacer sacrificios para enfocarnos en lo esencial y renunciar a lo superfluo, estas situaciones nunca nos van a llevar a purgar en lo más profundo de nuestra alma, pues siempre estarán limitadas a aquello que nosotros mismos nos consideremos capaces de realizar. Sin embargo, es Dios quien verdaderamente conoce estos límites y todo aquello que nos impide estar a su lado, su visión es completamente amplia y no está sesgada a las limitaciones humanas.

Es por esto entonces que existe la purificación pasiva, en la que Dios permite que vivamos en circunstancias que van más allá de nuestros propios límites para crecer y preparar el alma para el cielo. Se asemeja un poco a un deportista profesional que necesita de un entrenador para mejorar y ganar el campeonato. El entrenador es capaz, por su experiencia y por su conocimiento del deportista, de determinar cuáles ejercicios son necesarios para él y puede cada vez exigirle un poco más, incluso más de lo que él mismo cree poder. Así, aunque muchas veces pareciera que el entrenador no quiere al deportista cuando le pone a hacer los ejercicios más difíciles y que más le cuestan, es cuando más pendiente está para apoyarlo, guiarlo y lograr que mejore.

Nuestra vida entonces no solo está compuesta de situaciones que nosotros decidimos vivir, sino también de situaciones que en muchos de los casos no quisiéramos tener qué pasar. Pero son en estas situaciones en las que Dios nos da la oportunidad de santificarnos pasivamente, son en esos momentos en los que Dios nos pide más fe, más resistencia ante las tentaciones, y aún más unión con Él para poder superar los obstáculos. Son los momentos en los que debemos aceptar y rendirnos ante Dios para que sea Él quien trabaje y utilice estas circunstancias difíciles para santificarnos. De esta manera Dios penetra en lo más profundo de nuestro corazón y nuestra alma, destruyendo todo aquello que nos impide estar con Él, nos permite tener la pobreza de corazón necesaria para entregarnos a Él por completo y que renazcamos en Él. Así como los sarmientos deben ser arrancados de sus troncos y colocados en la vid para crecer y dar frutos (Juan 15, 1-8) así nosotros debemos ser arrancados del mundo para conectarnos con la vid que nos da vida eterna.

Hace un tiempo, un amigo me contó una comparación muy bonita sobre lo que es nuestra alma y ese camino de purificación. Nuestra alma es como nuestra casa en la que queremos recibir a Dios como nuestro invitado más especial. Para esto nosotros queremos mantenerla limpia y ordenada, para que nuestro invitado se sienta a gusto y feliz en ella. Sin embargo, nuestro invitado es también el arquitecto de nuestra casa y de vez en cuando decide hacer una obra grande en ella. De pronto nos encontramos con que la pared o el techo de la casa están derribados, causando no solamente que no tengamos techo o pared, pero también mucho desorden, polvo y escombros. En esos momentos es cuando le reclamamos a Dios porque permitió que se derrumbaran cosas que soportaban nuestra casa cuando nos habíamos esforzado tanto en limpiarla y ordenarla. Y es ahí cuando Él responde: “No ves que estoy construyendo un palacio de tu casa. Era necesario tumbar el techo para hacer otro piso, y tumbar la pared para construir la terraza.” Dios permite que estructuras grandes de nuestra casa se derrumben para que Él pueda construir la mejor versión de nosotros mismos.

Por último, quiero cerrar esta reflexión diciendo que llegar a la santidad es una dulce decisión, constante y personal, en la que debemos trabajar en contra del egoísmo, la pereza, la impaciencia, la envidia, la injusticia, la soberbia, la falta de fe en Dios y en el potencial que Él nos dio para cumplir nuestra misión y en contra de todo aquello que nos lleva a un amor desordenado por las cosas del mundo. La búsqueda de la santidad, como dijo el papa Francisco, “no te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser”. Será un proceso de desapego, oración, crecimiento en virtudes, cambio de afectos para que sean en Dios por quien nuestra vida se mueva “porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. (Mateo 6:21)”

Referencias:


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