fbpx
Fe

¿Podría Dios dar la oportunidad de conversión antes de una muerte imprevista?

a10
Padre Henry Vargas
Escrito por Padre Henry Vargas

¿Si Dios quiere que todos los seres humanos se salven (1 Tim 2, 4) por qué Dios no da a las personas que son víctimas de una muerte imprevista, la posibilidad o el tiempo para arrepentirse y de confesarse?

Para responder a este interrogante tenemos que hacer una consideración. Ya sabemos que Dios llama a todos a la salvación, no excluye a nadie, y a todos da los medios para conseguirla, pero a ninguno garantiza o impone un determinado momento o espacio de tiempo para arrepentirse sobre todo si ha vivido en constante estado de pecado mortal.

El evangelio nos dice que la muerte física o corporal vendrá cuando menos se espera, se esté sano o se esté enfermo, se esté en pleno vigor de la vida o en su ocaso; y el evangelio invita por tanto a la vigilancia, a estar en guardia, para que la muerte no nos coja distraídos (Mt 24, 50). Es lo que nos dice también el apóstol San Pedro:

“Sean sobrios y estén despiertos”.

1 Pe 5, 8
El estar preparados es sinónimo de fe auténtica, de esperanza y de amor serio a Dios y a la propia salvación; es mantenerse en lucha por estar vivos, espiritualmente hablando. Quien siempre está preparado sabe lo que quiere, lo busca, lo consigue y lo mantiene a diario.

Y es que “este es el momento favorable, éste es el día de la salvación” (2 Cor 6, 2). Si no nos salvamos hoy y nos mantenemos así, en vía de salvación, nadie nos garantiza que en el día definitivo sigamos así salvos en la eternidad.

Quien deja la salvación para el último instante de la vida no ha entendido nada relacionado con la fe, no ha entendido que Dios es vida para toda la vida. Quien pretenda salvarse sólo al último instante de su existencia terrenal no ha sido realmente una persona creyente, ¿y sin fe qué garantía de salvación hay? ¿Por qué la persona pretendería que le impongan algo que no conquistó o valoró en vida y de manera consciente?

Ahora bien, Dios no impone la salvación, la propone. Dios respeta nuestras propias decisiones, aunque Él no quiera la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Ez 18, 23). Quien va aplazando de manera indefinida su salvación es esclavo de algo, y esclavos no nos salvamos. Dios nos quiere libres para seguirlo y así libres para salvarnos (Mt 16, 24).

Dios quiere que nosotros sus creaturas lo escogiéramos a Él en libertad, no por la fuerza. Él no nos obliga a escogerlo a Él. Es que todo es cuestión de amor. Se trata de amar, de amar a Dios sobre todas las cosas; es decir, de escogerlo a Él antes de cualquier otra persona o cosa. ¿Y si de amor se trata, cómo puede obligarse a alguien a amar? Justamente para amar tenemos que ser libres. El amor implica poder escoger a quien se ame. El amor no puede lograrse por la fuerza. Dios, entonces, no nos obliga a amarlo. Desea que lo amemos libre y conscientemente, y para amarlo es imprescindible conocerlo porque nadie ama lo que no conoce.

Dios, pues, no obliga a nadie a salvarse. ¿Quien a conciencia no buscó, encontró, conoció y amó a Dios a lo largo de la vida por qué esperaría una imposición de la acción de Dios a su favor en el último instante de la vida biológica?

Quien está preparado pasará o seguirá vivo a la eternidad, y esta es una elección personal y autónoma nacida de la fe; esto es lo que Dios quiere.

Somos responsables de nuestros actos. Dios nos dio ese poder de decisión para que libremente podamos escogerlo a Él y llegar así a la eterna y total felicidad con Él (Catecismo, 1730 y 1743).

¿De quién es la culpa de morir, en el momento menos pensado, en pecado mortal? Es evidente que del ser humano mismo que ha desobedecido las continuas invitaciones de Dios, las cuales siempre lo han motivado o animado a convertirse antes.

Alguien podría afirmar: “Si Dios le hubiera dado a fulanito de tal otro poco de tiempo antes de morir, él se hubiera podido convertir”. Por un lado, lo más probable es que dicha persona hubiera seguido igual o peor, y por otro lado, ¿quién puede imponerle a Dios su voluntad para que Él le alargarle los días con la excusa de aplazar indefinidamente la conversión?

Muchas veces, nosotros los seres humanos ponemos en Dios criterios y pensamientos humanos, y pedimos que Él actúe a nuestra manera y nos obedezca. Olvidamos que si por un lado Dios es bondad perfecta e infinita, Él es también por otro lado justicia perfecta e infinita. Él da a cada quien aquello que le corresponde y nadie debe esperar más ni menos, ni nadie puede exigirle más ni menos (Mt  16, 27; Ro 2, 6; Rm 14, 12; Gal 6, 7; Ap 22, 12).

No queda más que tener en cuenta la advertencia de San Pablo:

“Les ruego que sigan procurando su salvación con temor y temblor”.

Flp 2, 12

La salvación es don de Dios, pero también es conquista responsable, consciente y voluntaria del ser humano. Tengamos en cuenta que cada día es una oportunidad de conversión, es una oportunidad para dar un paso hacia la salvación. ¿Si no aprovechamos estas horas para salvarnos, quién nos garantiza que nos vayamos a salvar mañana? Por ahí hay un dicho que dice “No dejar para mañana lo que debemos hacer hoy”, y lo que debemos hacer hoy es justo esto: caminar hacia la salvación de la mano de Dios, llenándonos y manteniéndonos en su gracia. Y hay otro dicho: “Que Dios nos coja confesados”. Es decir, que cuando Él nos llame a su presencia eterna estemos en gracia de Dios.

Se cuenta que un día Don Bosco le preguntó al joven Santo Domingo Savio, mientras éste jugaba: ¿Qué haría si en ese momento llegara el fin del mundo o si tendría que morir? Y el joven santo le contestó: “Yo seguiría jugando”.

Santo Domingo lo diría, sin duda, porque no tenía nada que temer, vivía en gracia de Dios. Y es que uno está tranquilo cuando no tiene deudas pendientes, cuando sabe que lo que se ha hecho es justamente lo que Dios ha pedido.

Esta es la actitud: estar, desde hoy, siempre preparado para el encuentro pleno, total, eterno y definitivo con Dios. El estar preparados es estar siempre en comunión con Dios por amor a Él y a nuestra salvación.

P. Henry Vargas Holguín.


Si quieres apoyarnos en esta lucha por el respeto a la fe y a los creyentes, por favor considera hacer un aporte periódico a nuestra fundación:

Sobre el Autor

Padre Henry Vargas

Padre Henry Vargas

Sacerdote colombiano incardinado a la Diócesis de Urgell en España. También ha colaborado con Aleteia en España y en Colombia

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.