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La crisis de la paternidad también es teológica

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Escrito por Redacción R+F

Las ciencias sociales han documentado abundantemente en las últimas décadas la importancia de los padres en la crianza de los hijos, para que lleguen a ser adultos ajustados socialmente.

Cuando los niños crecen sin padres en casa tienden a sufrir tasas más altas suspensiones escolares, años perdidos, abandono de la escuela, pobreza infantil, violencia juvenil, detenciones y encarcelaciones, abuso de drogas, desórdenes comportamentales, obesidad, evasión del hogar, vida en la calle, abuso sexual, promiscuidad, embarazo adolescente y suicidio.

Por eso el Cardenal Ratzinger decía en un discurso en Italia en marzo del año 2000 que:

“La crisis de la paternidad que se vive hoy es un elemento, tal vez el más importante, que amenaza al hombre en su humanidad».

Card. Ratzinger

La crisis a la que él se refería se podría llamar «la disolución de la paternidad«, la cual ocurre en primer lugar reduciendo esta responsabilidad a un fenómeno biológico privado de sus dimensiones humanas y espirituales.

Los padres son tratados como superfluos por una cantidad de sociólogos que han impuesto la idea de que se puede ser «padre y madre al mismo tiempo«, o que ser padre se reduce a un simple «rol» que puede ser cumplido por otras personas, relativizando la importancia que tiene el padre en la protección, crianza, cuidado, formación y sutento de los hijos que ha engendrado.

Teología de la paternidad

Cuando los niños, por otra parte, son bendecidos con un padre que se ha comprometido de por vida con la madre y sus hijos, mejor dicho, cuando los padres viven a la altura de su vocación, a los niños les va mucho mejor en la vida.

De modo que la celebración del Día del Padre no es importante sólo como reconocimiento a quiénes le han dado a su familia la importancia que merece, sino para promover en general el reconocimiento a la paternidad, por el bien que ese amor fiel hace a la esposa y los hijos .

Y en esa materia la Iglesia Católica tiene mucho que ofrecer a la sociedad. En varios países del mundo se han conformando grupos de apoyo parroquiales para ayudar a los hombres a ser mejores esposos, hijos, hermanos y padres.

Mientras grupos feministas radicales logran satanizar los «estereotipos masculinos» en la opinión pública, la tradición cristiana es una mina de oro en cuanto a la masculinidad que Jesús revela sobre Dios padre, y sobre cómo esa paternidad espiritual puede ayudar a los hombres.

Así dijo el Papa Benedicto 16 en su audiencia general del 22 de mayo de 2012, sobre la grandeza de la paternidad en el plan divino de Dios:

Tal vez el hombre de hoy no percibe la belleza, la grandeza y el consuelo profundo que se contienen en la palabra «padre» con la que podemos dirigirnos a Dios en la oración, porque hoy a menudo no está suficientemente presente la figura paterna, y con frecuencia incluso no es suficientemente positiva en la vida diaria. La ausencia del padre, el problema de un padre que no está presente en la vida del niño, es un gran problema de nuestro tiempo, porque resulta difícil comprender en su profundidad qué quiere decir que Dios es Padre para nosotros, De Jesús mismo, de su relación filial con Dios podemos aprender qué significa propiamente «padre», cuál es la verdadera naturaleza del Padre que está en los cielos.

Algunos críticos de la religión han dicho que hablar del «Padre», de Dios, sería una proyección de nuestros padres al cielo. Pero es verdad lo contrario: en el Evangelio, Cristo nos muestra quién es padre y cómo es un verdadero padre; así podemos intuir la verdadera paternidad, aprender también la verdadera paternidad. Pensemos en las palabras de Jesús en el Sermón de la montaña, donde dice: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial» (Mt 5, 44-45).

Es precisamente el amor de Jesús, el Hijo unigénito —que llega hasta el don de sí mismo en la cruz— el que revela la verdadera naturaleza del Padre: Él es el Amor, y también nosotros, en nuestra oración de hijos, entramos en este circuito de amor, amor de Dios que purifica nuestros deseos, nuestras actitudes marcadas por la cerrazón, por la autosuficiencia, por el egoísmo típicos del hombre viejo.

Jesús vino para revelar a Dios como padre, y para mostrar la profundidad del amor que tiene por sus hijos. El Evangelio nos muestra como el padre se deleita en sus hijos (Mateo 3:17), los ama incondicionalmente (Mateo 5:45), vela por ellos y los cuida (Mateo 6:26), está pendiente de ellos (Mateo 6:8), perdona sus ofensas (Lucas 6:36, 15:11-32), los educa (Mateo 11:25-26, 16:17, Juan 6:44), los corrige con amor (Hebreos 12:5-11), trabaja arduamente (Juan 5:17, 36) y comparte su vida con ellos (Juan 6:40), constituyendo una extraordinaria fuente de inspiración para cualquiera que quiera luchar por ser un mejor padre.

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Paternidad sacerdotal

En Jesús encontramos también la imagen del padre («Quien me ha visto, ha visto al Padre» – Juan 14:9), así como al nuevo Adán, padre de la Creación restaurada, principio de la nueva vida que recibimos a través de los sacramentos que llegan a nosotros por su pasión muerte y resurrección.

En ese sentido los sacerdotes, quienes actúan «en persona de Cristo» al administrar los sacramentos, ejércitan esa paternidad de Cristo, por la cual apropiadamente los llamamos «padres».

Esta paternidad no se reduce simplemente a la administración de los sacramentos, sino que debe reflejarse en una identidad y actitud paterna, en particular en el compromiso e proteger, cuidar, formar y sustentar espiritualmente aquellos hijos que les son confiados.

La Iglesia está en problemas cuando los sacerdotes no generan verdaderos vínculos paternos con sus fieles y se contentan con ser funcionarios o administradores eclesiásticos.

Los nuevos enemigos de la «paternidad» sacerdotal

Por eso son tan dañinos comentarios como los del Arzobispo de Nueva Zelanda, Jhon Dew, quien recientemente animó a eliminar la costumbre de llamar «padres» a los sacerdotes, argumentando que así se cumple con el llamado del Papa Francisco de combatir el clericalismo.

De acuerdo con el arzobispo llamar padre a los sacerdotes pone a los fieles en inferioridad de condiciones, cuando todos supuestamente somos iguales; generaría una relación de dependencia y obediencia; al tiempo que contradeciría el Evangelio (Mateo 23:8-12) según el cual a nadie en la tierra deberíamos llamar padre («A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial«).

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Cambiar el apelativo de «padre» por el nombre de pila de cada sacerdote o cardenal no resolvería los problemas de abuso por parte de algunas autoridades dentro de la Iglesia, sino que sólo contribuiría a disolver la paternidad espiritual que viene con el sacerdocio.

Tanto el clericalismo como el autoritarismo son el abuso en el ejercicio de una autoridad natural, ya sea por parte del sacerdote o del padre de familia.

La solución no proviene de disolver los títulos que nos recuerdan esa identidad paterna, sino en la purificación del ejercicio de esa autoridad.

Como dice el aforismo «abusus non tollit usum«, el abuso de algo no justifica la eliminación de su uso apropiado.

En relación con la cita del Evangelio, el mensaje de Jesucristo claramente es que no se puede poner a la autoridad terrenal, ya sea del padre o del maestro, en el lugar de Dios.

Pero dentro de su contexto adecuado no tiene nada de malo llamar «padre» a nuestros padres ni «maestro» a nuestros educadores.

El mismo Jesús utiliza varias veces de forma adecuada el término «padre» en el Evangelio para recordarnos que no debemos amar a nuestro padre o madre más que a Dios, o para pedirnos que dejemos a nuestro padre para seguirlo a él.

Finalmente la relación de los fieles con el sacerdote al cual llaman padre, no se inspira en el sentido ancestral del paterfamilias romano, sino como una expresión de cariño y reverencia inspirada en la tradición cristiana.

Es por eso apropiado que este día del padre no sólo recordemos a nuestros progenitores terrenos sino que celebremos también a Dios Padre y la paternidad espiritual de Jesús, muy apropiadamente resaltadas en este domingo de la Santísima Trinidad.

Oremos también para que los sacerdotes, quienes han sido llamados a cooperar con esa paternidad de Dios Padre y Dios Hijo, se dejen guiar por el Espíritu Santo para asumir con fidelidad esa vocación de cuidar la fe de aquellos a quienes la Iglesia les ha encomendado.

Artículo inspirado en la publicación del Padre Father Roger Landry en el National Catholic Register.

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