Espiritual Fe

¡Para que estén conmigo y contemplen mi gloria!

La Oración Sacerdotal que nos ofrece el Evangelio de San Juan, nos permite reconocer como el Señor Jesús ha entrado en el designio del Padre, enfrentando obedientemente la Cruz, esa obediencia absoluta por amor le ha llevado a la glorificación que no será otro camino que el amor que abraza el Proyecto del Padre hasta sus últimas consecuencias.

“Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria”.

 Jn 17, 20-26

La oración del Señor marcada por su condición de sacerdote y victima a la vez, ha sido también una plegaria por sí mismo para enfrentar la hora, por sus discípulos y misioneros continuadores de su misión, y por todo el pueblo que creerá en él por la Palabra de sus misioneros.  Esa Plegaria sacerdotal nos conduce a reconocer como él ha entrado en el designio del Padre, enfrentando obedientemente la Cruz, esa obediencia absoluta por amor le ha llevado a la glorificación que no será otro camino que el amor que abraza el Proyecto del Padre hasta sus últimas consecuencias.

Jesús se consagra así de un modo especial afrontando la hora llegada, pero también consagra a los suyos; a los cercanos, a los que lo acogieron y valientemente serán prolongación de su misión: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí»(v. 20). Estos consagrados son consecuentemente ofrecidos en su totalidad para el servicio a los demás, quién se consagra a Dios ya no se pertenece a sí mismo, no tiene un retorno a lo privado, se hace donación para los demás, sobre ellos y sobre todos los bautizados que hemos comprendido y vivido la altísima dignidad y condición de ser hijos de Dios y servidores, recae el maravilloso y formidable deseo de Jesús constituido en súplica al Padre; “que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy”.

Hoy hemos de tener un pensamiento y una plegaria por todos los consagrados para el servicio en la Iglesia, que no olviden que han sido separados para una misión que es don y tarea. Que este tiempo que propone todo un sendero de cruz sea valorado como un escenario adecuado para entrar al designio del Padre mediante el sacrificio y la entrega siguiendo las huellas de Jesús. En ese escenario nos encontramos como bautizados muchos laicos discípulos y misioneros, nuestra presencia evangelizadora al interior de la Iglesia y la responsabilidad de ordenar las realidades temporales según Dios en nuestros ambientes; nos recuerda que Jesús cuenta con nosotros y que nos ha enviado a un servicio que no es inferior.

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El Señor espera nuestra respuesta marcada por la exigencia de la Cruz, la negación a nosotros mismos y la vivencia de la caridad, porque contemplar la gloria venidera también será pasar por su especificidad glorificante aquí y ahora; es decir, por esa glorificación marcada por Jesús al asumir la hora. No habrá glorificación sin Cruz, por ello contamos con la oración intercesora de Jesús.

Miguel Salvador Fernández. Misionero Casa de la Misericordia.

Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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