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Papa Ratzinger: La Iglesia y el escándalo del abuso sexual

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Escrito por Redacción R+F

«Ante la extensión de los pecados de la pedofilia, una palabra de Jesús viene a la mente: “Quien escandalice a uno de estos pequeños que creen, es mejor para él que le coloquen una piedra de molino en el cuello y le arrojen al mar” (Mc 9,42). En su significado original, esta palabra no habla de la solicitud de niños con fines sexuales. El término «los pequeños» en el lenguaje de Jesús se refiere a los creyentes simples, quienes podrían sentirse sacudidos en su fe… Jesús aquí, entonces, protege el bien de la fe con una amenaza perentoria de castigo para quienes la ofenden, pues es un bien precioso y superior, muy importante. En la conciencia jurídica común, la fe ya no parece tener el rango de un bien para ser protegido. Es una situación preocupante, sobre la cual los pastores de la Iglesia deben reflexionar y considerarla seriamente».

Traducido por Edwin Botero Correa

Este es el prolijo artículo que el papa emérito, Benedicto XVI, escribió a partir de sus notas sobre el abuso sexual en la Iglesia católica. Es un análisis exhaustivo y descarnado de cómo este crimen nació y se propagó en el mundo eclesiástico. Un crimen nacido de un «colapso moral» bastante difícil de combatir. La reflexión de Joseph Ratzinger abarca medio siglo de historia y será publicada por la publicación mensual alemana “Klerusblatt”.

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La traducción que ofrecemos aquí ha sido realizada con base en el texto original en italiano, publicado de manera exclusiva en dicho idioma por el diario “Il Corriere della Sera” para Italia, pero divulgado también en su plataforma digital con acceso desde los demás países del mundo. Mantenemos el título original.

La Iglesia y el escándalo del abuso sexual

Benedicto XVI

Del 21 al 24 de febrero de 2019, por invitación del Papa Francisco, los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo se reunieron en el Vaticano para reflexionar juntos sobre la crisis de fe y de la Iglesia que se sintió en todo el mundo tras la difusión de las noticias impactantes de abuso cometidos por clérigos sobre menores.

El volumen y la gravedad de la información sobre estos episodios han sacudido profundamente la fe de sacerdotes y de laicos, muchos de los cuales hoy cuestionan a la Iglesia como tal. Tuvimos que dar una fuerte señal e intentar comenzar de nuevo para hacer que la Iglesia fuera creíble como la luz de la gente y como una fuerza que ayuda en la lucha contra los poderes destructivos.

Habiendo trabajado en una posición de responsabilidad como pastor en la Iglesia, en el momento de la explosión pública de la crisis y durante su desarrollo progresivo, no podía dejar de preguntarme, aunque ya no tenía ninguna responsabilidad directa en mi calidad de Emérito, cómo, a partir de un vistazo en retrospectiva, podría contribuir a esta recuperación.

Y así, desde el anuncio de la reunión de los presidentes de las conferencias episcopales hasta su comienzo, he reunido algunas notas con las cuales proporcionar alguna indicación que pueda ser de ayuda en este momento difícil. Tras los contactos con el secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, y con el mismo Santo Padre, considero correcto publicar el texto así concebido, en «Klerusblatt» (La Hoja del Clero).

Mi exposición se divide en tres partes.

  • En un primer punto, trato muy brevemente de delinear en general el contexto social de la cuestión, sin el cual el problema es incomprensible. Intento mostrar cómo, en la década de 1960, se produjo un proceso  de una magnitud sin precedentes en la historia. Se puede afirmar que en los veinte años de 1960 a 1980, los criterios válidos hasta ese momento en materia de sexualidad no sólo fueron reducidos sino demolidos, lo cual produjo una ausencia de normas que, entonces y en adelante, hemos tratado de remediar.
  • En un segundo punto, trato de señalar las consecuencias de esta situación en la formación y la vida de los sacerdotes.
  • Finalmente, en una tercera parte, desarrollaré algunas perspectivas para una respuesta correcta de la Iglesia.
I. El proceso iniciado en los años 60 y la teología moral
  1. La situación comenzó con la introducción, decretada y apoyada por el Estado, de los niños y jóvenes al mundo de la sexualidad. En Alemania, Käte Strobel, entonces Ministra de Salud, ordenó realizar una película producida con fines ilustrativos en la que se exhibía todo lo que hasta entonces no se podía mostrar públicamente, incluidas las relaciones sexuales. Lo que al principio solo tenía la intención de informar a los jóvenes, luego, como era obvio, se aceptó como la opción general.

El «Sexkoffer» (la maleta o el cofre sexual), editado por el gobierno austriaco, tuvo los mismos efectos. El sexo y las películas pornográficas se generalizaron y se hicieron populares, hasta el punto de proyectarse incluso en los cines de las estaciones. Todavía recuerdo cómo un día, al ir a Ratisbona, vi a una gran cantidad de personas que esperaba  frente a un gran cine, lo que hasta entonces solo se había visto en tiempos de guerra cuando había un reparto especial. También me impresionó profundamente cuando llegué a la ciudad el Viernes Santo en 1970 y vi en todas las columnas de anuncios carteles publicitarios en gran formato que mostraban a dos personas completamente desnudas y abrazadas.

Entre las libertades que la revolución de 1968 quiso conquistar también había una completa libertad sexual, que ya no toleraba ninguna norma. La propensión a la violencia que caracterizó esos años está estrechamente vinculada a este colapso espiritual. De hecho, en los aviones ya no se permitió la proyección de películas pornográficas, pues acababan incitando actos de violencia entre los pasajeros. Ya que incluso los excesos en la vestimenta también provocaban agresión, los Directores trataron de introducir ropa escolar que propiciara un clima de estudio.

El hecho de que la pedofilia fuera presentada como permitida y conveniente, también forma parte de la fisonomía de la Revolución de 1968. Al menos para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchos aspectos un momento muy difícil. Siempre me he preguntado cómo en esta situación los jóvenes podrían ir al sacerdocio y aceptarlo con todas sus consecuencias. El colapso generalizado de las vocaciones sacerdotales en esos años y la enorme cantidad de renuncias al estado clerical fueron consecuencia de todos estos procesos.

  1. Independientemente de este desarrollo, al mismo tiempo hubo un colapso de la teología moral católica que dejó inerme a la Iglesia ante dichos procesos sociales. Intentaré delinear el desarrollo de esta dinámica muy brevemente. Hasta el Vaticano II, la teología moral católica se basaba en gran medida en el derecho natural, mientras que la Sagrada Escritura se usaba solo como fondo o apoyo. En la lucha librada por el Concilio para una nueva comprensión de la Revelación, la opción de la ley natural fue casi completamente abandonada y se requirió una teología moral completamente fundada en la Biblia. Todavía recuerdo cómo la Facultad de los Jesuitas de Frankfurt preparó a un joven padre muy talentoso (Bruno Schüller) para elaborar una moralidad completamente fundada en las Escrituras. La preciosa disertación del padre Schüller muestra el primer paso en la elaboración de una moral basada en las Escrituras. El padre Schüller fue enviado a los Estados Unidos de América para continuar sus estudios, pero regresó convencido de que no era posible elaborar sistemáticamente una moralidad a partir de la Biblia. Posteriormente trató de elaborar una teología moral que procediera de una manera más pragmática, sin poder, sin embargo, proporcionar una respuesta a la crisis de la moralidad.

Finalmente, la tesis de que la moral debía definirse solo de acuerdo con los propósitos de la acción humana fue ampliamente afirmada. Aunque el viejo adagio «el fin justifica los medios» no se reafirmó en esta forma tan cruda, la concepción que expresó se volvió decisiva. Por lo tanto, ni siquiera podría haber algo absolutamente bueno ni algo siempre malo, sino solo evaluaciones relativas. Lo bueno ya no estaba allí, sino solo lo que es relativamente mejor en ese momento y dependiendo de las circunstancias.

A fines de los años ochenta y en los noventa, la crisis de los fundamentos y la presentación de la moral católica alcanzaron formas dramáticas. El 5 de enero de 1989 se publicó la «Declaración de Colonia», firmada por 15 profesores de teología católica que se centraron en varios puntos críticos de la relación entre la enseñanza episcopal y la tarea de la teología. Este texto, que inicialmente no iba más allá del nivel habitual de agravios, creció muy rápidamente hasta que se convirtió en un grito de protesta contra el magisterio de la Iglesia, congregando en torno a sí de forma visible y audible el potencial de oposición que se estaba desarrollando en todo el mundo contra los textos magisteriales esperados de Juan Pablo II (Ver D. Mieth, Kölner Erklärung, LThK, VI3, 196).

El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien la situación de la teología moral y la siguió cuidadosamente, dispuso que comenzara el trabajo en una encíclica que pudiera arreglar este estado de cosas. Se publicó el 6 de agosto de 1993 con el título «Veritatis Splendor», provocando violentas reacciones en contra por parte de los teólogos morales. Anteriormente había sido publicado el Catecismo de la Iglesia Católica, que había expuesto sistemáticamente de manera convincente la moralidad enseñada por la Iglesia.

No puedo olvidar que Franz Böckle, entonces uno de los principales teólogos morales de habla alemana, quien después de haber sido nombrado profesor emérito se había retirado a su patria suiza, declaró que si la Encíclica Veritatis Splendor definía que hay acciones que siempre y en toda circunstancia deben considerarse malas, él alzaría con toda la fuerza su voz contra esto. El buen Dios le ahorró la realización de su propósito; Böckle murió el 8 de julio de 1991. La Encíclica se publicó el 6 de agosto de 1993 y, de hecho, contenía la afirmación de que hay acciones que nunca pueden ser buenas. El Papa era plenamente consciente del peso de tal decisión en ese momento y, precisamente para esta parte de su escrito, consultó incluso a expertos de alto nivel que no habían participado en absoluto en la redacción de la Encíclica. No podía y no debería haber habido ninguna duda de que la moralidad basada en el principio de equilibrio de bienes debe respetar un límite final. Hay bienes que no están disponibles. Hay valores que nunca está permitido sacrificar en nombre de un valor aún más alto y que están incluso por encima de la preservación de la vida física. Dios es incluso más que la supervivencia física. Una vida comprada a costa de la negación de Dios, una vida que finalmente se base en una mentira, no es vida. El martirio es una categoría fundamental de la existencia cristiana. Pero al final, en la teoría apoyada por Böckle y muchos otros, ya no es moralmente necesario. Esto muestra cómo se juega aquí la esencia misma del cristianismo.

Mientras tanto, en teología moral, otro tema se había vuelto apremiante: la tesis entonces ampliamente afirmada de que el magisterio de la Iglesia tiene la competencia última y definitiva («infalibilidad») solo sobre cuestiones de fe, mientras que no la tendría en cuestiones de moralidad que pueden convertirse en objeto de decisiones infalibles del magisterio eclesiástico.

En esta tesis, ciertamente hay aspectos correctos que merecen ser discutidos más a fondo. Y, sin embargo, existe un mínimo moral que está inextricablemente vinculado a la decisión fundamental de la fe y que debe defenderse, si no queremos reducir la fe a una teoría y reconocer, por el contrario, la afirmación de que ésta avanza según y con respecto a la vida concreta. De todo esto se desprende cómo la autoridad de la Iglesia en el campo moral es radicalmente desafiada. Quien en esta área niega a la Iglesia una última competencia doctrinal, quiere obligarla a callar precisamente donde está en juego la línea entre la verdad y la mentira.

Independientemente de esta cuestión, se desarrolló en amplias áreas de la teología moral la tesis de que la Iglesia ni tiene ni puede tener su propia moralidad. Al afirmar esto, se enfatiza que todas las afirmaciones morales tendrían equivalentes también en otras religiones y que, por lo tanto, no podría existir un proprium cristiano. Pero a la cuestión del proprio de una moralidad bíblica, uno no responde afirmando que, para cada oración, puede encontrarse un equivalente en algún lugar de otras religiones. En cambio, el total de la moralidad bíblica, como tal, es nuevo y diferente de las partes individuales. La peculiaridad de la enseñanza moral de la Sagrada Escritura reside, en última instancia, en su anclaje a la imagen de Dios, en la fe en el único Dios que se mostró en Jesucristo y que vivió como hombre. El Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios. La imagen de Dios y la moralidad van juntas y, por lo tanto, producen la novedad específica en la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, desde el principio, el cristianismo se ha descrito con la palabra “hodòs” (camino). La fe es un viaje, una forma de vida. En la Iglesia antigua, con respecto a una cultura cada vez más depravada, el catecumenado se estableció como un espacio de existencia en el que se enseñaba lo que era específico y nuevo sobre el estilo de vida cristiano y también se salvaguardaba con respecto al estilo de vida común. Creo que incluso hoy en día se necesita algo similar a las comunidades catecumenales para que la vida cristiana pueda afirmarse a sí misma en su peculiaridad.

II. Primeras reacciones eclesiales
  1. El proceso de disolución de la concepción cristiana de la moralidad, que se ha preparado durante mucho tiempo y está en marcha, como intenté mostrar, ha experimentado una radicalidad en la década de 1960 como no se había visto antes. Esta disolución de la autoridad doctrinal de la Iglesia en asuntos morales necesariamente tuvo que tener repercusiones también en los diferentes espacios de vida de la Iglesia. En el contexto de la reunión de los presidentes de las Conferencias de Obispos de todo el mundo, se trata sobre todo de la cuestión de la vida sacerdotal y también de los seminarios. Con respecto al problema de la preparación para el ministerio sacerdotal en los seminarios, se observa de hecho un amplio colapso de la forma vigente hasta ese momento de esta preparación.

En varios seminarios se formaron clubes de homosexuales que actuaron más o menos abiertamente y que transformaron claramente el clima en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, convivieron los candidatos al sacerdocio y los candidatos para el ministerio laico. Durante las comidas, los seminaristas se encontraban con las parejas pastorales casadas, algunos acompañados por su esposa e hijos, y otros por sus novias. De modo que el clima en el seminario no pudo ayudar a la formación sacerdotal. La Santa Sede conocía de estos problemas, sin ser informada en detalle. Como paso inicial se organizó una visita apostólica en los seminarios de los Estados Unidos.

Dado que los criterios para elegir y nombrar a los obispos también se modificaron después del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también fue diferente. El criterio para el nombramiento de nuevos obispos era su «conciliaridad», término con el cual podían entenderse las cosas más diversas. En bastantes sectores de la Iglesia, la mentalidad conciliar se entendió de hecho como una actitud crítica o negativa hacia la tradición vigente hasta ese momento, que ahora tenía que ser reemplazada por una nueva relación radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que antes había sido rector de un seminario, había mostrado películas pornográficas a los seminaristas, presumiblemente con la intención de hacerlos de esta manera capaces de resistir un comportamiento contrario a la fe. Hubo algunos obispos, y no solo en los Estados Unidos de América, que rechazaron la tradición católica en su conjunto, con el objetivo de desarrollar en sus diócesis un tipo de «catolicidad» nueva y moderna. Quizás vale la pena mencionar que, en no pocos seminarios, los estudiantes que fueron sorprendidos leyendo mis libros fueron considerados no aptos para el sacerdocio. Mis libros estaban escondidos como literatura dañina y solo podían leerse, por así decirlo, “debajo del escritorio», a escondidas.

La visita que siguió no trajo nueva información, porque evidentemente varias fuerzas se habían unido para ocultar la situación real. Se organizó una segunda visita que aportó mucha más información, pero en general no tuvo consecuencias. Sin embargo, a partir de la década de 1970, se consolidó la situación en los seminarios en general. Y, sin embargo, solo esporádicamente ha habido un fortalecimiento de las vocaciones, porque en general la situación se había desarrollado de manera diferente.

  1. El tema de la pedofilia, por lo que puedo recordar, solo se hizo notorio en la segunda mitad de los años ochenta. Mientras tanto, en los Estados Unidos ya había crecido, convirtiéndose en un problema público. Así que los obispos pidieron ayuda en Roma porque la ley canónica, según lo establecido en el Nuevo Código, no parecía suficiente para adoptar las medidas necesarias. Al principio, Roma y los canonistas romanos tuvieron dificultades con esta petición; en su opinión, la suspensión temporal del ministerio sacerdotal debería haber sido suficiente para obtener la purificación y la aclaración. Los obispos estadounidenses no podían aceptar esto porque de esta manera los sacerdotes permanecían al servicio del obispo, por lo que se los consideraba como figuras directamente relacionadas con él. Una renovación y una profundización de la ley penal, construida intencionalmente de manera suave en el Nuevo Código, solo podría abrirse camino lentamente.

A esto se sumó un problema fundamental relacionado con la concepción del derecho penal. Para entonces se consideraba «conciliar» solo el llamado «garantismo». Significa que, sobre todo, los derechos del acusado tenían que garantizarse hasta el punto de que en la práctica se excluía la condena. Como contrapeso a la a menudo insuficiente posibilidad de defenderse de los teólogos acusados, su derecho a la defensa se extendió como una forma de garantía tal que las condenas se hicieron casi imposibles.

Permítanme en este punto un breve excurso. Ante la extensión de los pecados de la pedofilia, una palabra de Jesús viene a la mente: “Quien escandalice a uno de estos pequeños que creen, es mejor para él que le coloquen una piedra de molino en el cuello y le arrojen al mar” (Mc 9,42). En su significado original, esta palabra no habla de la solicitud de niños con fines sexuales. El término «los pequeños» en el lenguaje de Jesús se refiere a los creyentes simples, quienes podrían sentirse sacudidos en su fe por el orgullo intelectual de aquellos que se creen inteligentes. Jesús aquí, entonces, protege el bien de la fe con una amenaza perentoria de castigo para quienes la ofenden. El uso moderno de esas palabras en sí mismo no es incorrecto, pero no debe ocultar su significado original. En ella, contra toda forma de garantismo, está claramente a la luz que lo importante no es solo garantizar el derecho del acusado. Los bienes preciosos y superiores como la fe, son igual de importantes. Por lo tanto, una ley canónica equilibrada, que corresponde al mensaje de Jesús en su totalidad, no debe garantizarse únicamente a favor del acusado, cuyo respeto es un bien protegido por la ley. También debe proteger la fe, que es un activo importante protegido por la ley. Por lo tanto, una ley canónica construida de manera correcta debe contener una doble garantía: protección legal del acusado y protección legal del bien que está en juego. Cuando hoy presentamos esta concepción clara en sí misma, en general nos topamos con la sordera y la indiferencia sobre la cuestión de la protección jurídica de la fe. En la conciencia jurídica común, la fe ya no parece tener el rango de un bien para ser protegido. Es una situación preocupante, sobre la cual los pastores de la Iglesia deben reflexionar y considerarla seriamente.

A las breves referencias a la situación de la formación sacerdotal en el momento del estallido de la crisis, ahora me gustaría agregar algunas indicaciones sobre la evolución del derecho canónico en esta cuestión. En sí misma, la Congregación para el Clero es responsable de los crímenes cometidos por los sacerdotes. Sin embargo, como en ese caso el garantismo dominaba en gran medida la situación, acordamos con el Papa Juan Pablo II la oportunidad de atribuir la competencia sobre estos crímenes a la Congregación para la Doctrina de la Fe, con el título «Delicta maiora contra fidem». Con esta atribución, la pena máxima también era posible, es decir, la reducción al estado laico, que por otra parte no habría podido aplicarse a otros títulos legales. No era una táctica para imponer la pena máxima, sino una consecuencia del peso de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante tener en cuenta que, en los pecados similares de los clérigos, es la fe la que resulta dañada en última instancia: solo cuando la fe ya no determina las acciones de los hombres tales crímenes son posibles. Sin embargo, la severidad de la pena presupone una prueba clara del delito cometido, pues el contenido de la garantía permanece vigente. En otras palabras: para poder aplicar legítimamente la pena máxima, es necesario un juicio penal real. Esto desbordó a las diócesis y a la Santa Sede. Así que establecimos una forma mínima de juicio penal y dejamos abierta la posibilidad de que la Santa Sede asumiera el proceso en caso de que la diócesis o la metrópolis no pudieran llevarlo a cabo. En cualquier caso, el juicio debería ser ratificado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, para garantizar los derechos de los acusados. Al final, en la Feria IV (es decir, la reunión semanal de todos los miembros de la Congregación), creamos una instancia de apelación, para dar la posibilidad de apelar el proceso. Dado que todo esto en realidad desbordaba la capacidad de la Congregación para la Doctrina de la Fe y se daban retrasos que debían evitarse debido al asunto, el Papa Francisco emprendió nuevas reformas.

III. Algunas perspectivas
  1. ¿Qué debemos hacer? ¿Tenemos que crear otra Iglesia para que las cosas puedan ser resueltas? Este experimento ya se ha realizado y ha fallado. Solo el amor y la obediencia a nuestro Señor Jesucristo pueden mostrarnos el camino correcto. Intentemos, ante todo, comprender de una manera nueva y profunda lo que el Señor ha querido y quiere de nosotros.

En primer lugar, diría que si realmente quisiéramos sintetizar al máximo los contenidos de la fe fundada en la Biblia, podríamos decir: el Señor comenzó una historia de amor con nosotros y desea resumir en ella toda la creación. Contrarrestar el mal que nos amenaza y al mundo entero últimamente, no puede sino consistir en el hecho de que nos abandonemos a este amor. Este es el verdadero antídoto contra el mal. La fuerza del mal surge de nuestro rechazo del amor por Dios. Los que confían en el amor de Dios son redimidos. No ser redimido se basa en la incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, la manera de redimir a los hombres.

Si ahora intentamos llevar este contenido esencial de la Revelación de Dios a un nivel un poco más amplio, podríamos decir: el primer regalo fundamental que nos ofrece la fe consiste en la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin sentido. De hecho, ¿de dónde viene todo lo que existe? En cualquier caso, carecería de un fundamento espiritual. En cierto modo, simplemente estaría allí y carecería de cualquier propósito o significado. Ya no habría criterios de bien y mal. Por lo tanto, solo lo que es más fuerte tendría valor y se impondría. El poder se convierte en el único principio. La verdad no importa, de hecho, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen un fundamento espiritual, solo si son deseadas y pensadas, solo si hay un Dios que es un creador que es bueno y quiere el bien, incluso la vida del hombre puede tener un significado.

Que Dios está allí como creador y medida de todas las cosas, es ante todo una exigencia de raíz. Un Dios que no se manifestara en absoluto, que no se hubiera dado a conocer, no sería más que una hipótesis y, por lo tanto, no podría determinar la forma de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios y tengamos una clara consciencia de ello en la creación, debemos esperar que se manifieste de alguna forma. Él lo ha hecho de muchas maneras, y de modo decisivo en el llamado que le dirigió a Abraham y con el cual le dio al hombre esa orientación, en la búsqueda de Dios, que supera todas las expectativas: Dios mismo se convierte en una criatura, nos habla a los hombres como un hombre.

Así que la frase «Dios es», la afirmación “Dios existe”, final y realmente es una grata noticia, precisamente porque es más que un simple conocimiento, porque genera amor y es amor. Hacer que las personas tomen nuevamente conciencia de esto es la primera tarea fundamental que el Señor nos asigna.

Una sociedad en la que Dios está ausente, una sociedad que ya no le conoce y le trata como si no existiera, es una sociedad que pierde su criterio. En nuestro tiempo se acuñó el lema de la «muerte de Dios». Precisamente, cuando Dios muere en una sociedad, ésta no se vuelve libre, aunque lo afirme y tal vez lo parezca. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de su libertad, porque decae y desaparece el sentido que la sustenta y que la orienta. Y sin éste, falla el criterio que nos enseña a distinguir el bien del mal y nos indica la dirección correcta. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios ha sido excluido de la esfera pública y, al renunciar a Él, no se cree ya que tenga algo qué decirle a ésta. Y es por esto que es una sociedad en la que el criterio y la medida de lo humano se pierden cada vez más. Hay aspectos en los que de pronto se hace perceptible que lo que es malo y destruye al hombre ha sido aceptado y validado como algo natural. Es el caso de la pedofilia. Todavía teorizada hasta no hace mucho tiempo como algo legítimo, se ha extendido más y más. Y ahora, estremecidos y escandalizados, reconocemos que se hacen cosas dañinas sobre nuestros niños y jóvenes, que pueden destruirlos. Que esto también ocurra y se haya extendido en la Iglesia y entre los sacerdotes, por su propia responsabilidad, debe sacudirnos y horrorizarnos de una manera particular.

¿Cómo pudo la pedofilia haber alcanzado tal dimensión? En última instancia, la razón radica en la ausencia de Dios. Incluso nosotros, los cristianos y los sacerdotes, preferimos no hablar de Dios, porque es un discurso que no parece tener utilidad práctica. Después de los trastornos de la Segunda Guerra Mundial, en Alemania adoptamos nuestra Constitución, en la que nos declaramos explícitamente responsables ante Dios como criterio guía. Medio siglo más tarde ya no fue posible, en la Constitución Europea, asumir la responsabilidad ante Dios como criterio guía. Dios es visto como un asunto propio de un grupo minúsculo, por lo cual supuestamente ya no puede tomarse como el criterio para la sociedad en su conjunto. En esta decisión se refleja la situación de Occidente, en la cual Dios se ha convertido en el hecho privado de una minoría.

La primera tarea que debe surgir de los trastornos morales de nuestro tiempo consiste en comenzar de nuevo a vivir de Dios, volvernos hacia él y en obediencia a él. Por encima de todo, nosotros mismos debemos aprender nuevamente a reconocer a Dios como el fundamento de nuestra vida y no dejarlo de lado como una palabra vacía. Quedo impresionado por la advertencia que el gran teólogo Hans Urs von Balthasar puso una vez en una de sus cartas: «El Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo trinitarios: ¡no lo presupongan, sino antepónganlo!». De hecho, incluso en teología, a menudo se asume a Dios como algo obvio, pero no se va más allá ni se está realmente preocupado por ello. El tema «Dios» parece irreal y lejos de las cosas que nos ocupan. Y sin embargo, todo cambia si a Dios no se le presupone, sino que se le coloca antes. No hay que dejarlo en el trasfondo, sino reconocerlo como el centro de nuestro pensamiento, habla y acción.

  1. Dios se hizo hombre para nosotros. La criatura humana está tan cerca de su corazón que se ha unido a ella, entrando concretamente en la historia. Habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y por nosotros asumió la muerte. Ciertamente hablamos de esto en teología, con un lenguaje especial y con conceptos aprendidos. Pero ahí estriba, precisamente, el peligro de que nos adueñemos de la fe, en lugar de dejarnos renovar y dominar por ella.

Consideremos esto reflexionando sobre un punto central, la celebración de la Sagrada Eucaristía. Nuestra relación con la Eucaristía solo puede causar preocupación. El Vaticano II tenía la intención correcta de poner este sacramento de la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la santa presencia de su persona, de su pasión, muerte y resurrección en el centro de la vida cristiana y la existencia de la Iglesia. En parte, esto realmente sucedió y por esto queremos agradecer al Señor con todo nuestro corazón.

Pero en gran medida hoy prevalece otra actitud: no predomina una nueva actitud de respeto profundo ante la realidad de la muerte y resurrección de Cristo, sino una manera de tratar con él que destruye la grandeza del misterio. La disminución de la participación en la celebración del domingo de la Eucaristía muestra cuán poco los cristianos de hoy somos capaces de valorar la grandeza del don que consiste en su presencia real. La Eucaristía se ha rebajado a un gesto ceremonial, y se considera algo “normal”, como un asunto de buenos modales que exigen que se le distribuya a todos los invitados por su cercanía o pertenencia a la familia, con motivo de celebraciones familiares o eventos como bodas y funerales. Es evidente cómo, en algunos lugares, los presentes simplemente reciben el Santísimo Sacramento, lo cual muestra que en la Comunión ahora solo podemos ver un gesto ceremonial. Si reflexionamos sobre qué hacer, está claro que no necesitamos inventar otra Iglesia. Lo que se necesita, en cambio, es renovar la fe en la realidad de Jesucristo que se nos dio en el Sacramento.

En conversaciones con las víctimas de la pedofilia me he vuelto cada vez más consciente de esta necesidad. Una joven que servía en el altar me dijo que el vicario parroquial, que era el responsable de los monaguillos, introducía y envolvía el abuso sexual que él cometió sobre ella, con estas palabras: «Este es mi cuerpo, que es dado por ti». Es evidente que esta niña ya no puede escuchar las palabras de la consagración sin sentir terriblemente todo el sufrimiento del abuso sufrido. Sí, debemos implorar con urgencia el perdón del Señor y, sobre todo, rogarle que nos enseñe a comprender nuevamente la grandeza de su pasión, de su sacrificio. Y debemos hacer todo lo posible para proteger el don de la Sagrada Eucaristía del abuso.

  1. Y finalmente, tenemos el misterio de la Iglesia. Las palabras con las que Romano Guardini, hace casi cien años, expresaron la alegre esperanza que entonces se afirmó en él y en muchos otros, quedaron impresionadas en su memoria: «Comenzó un evento de importancia incalculable: la Iglesia despierta en las almas». Con esto quiso decir que la Iglesia ya no era, como antes, simplemente un aparato que se nos presenta desde fuera, vivido y percibido como una especie de oficio, sino que comenzó a sentirse vivo en el corazón mismo: no como algo externo, sino que nos tocó desde dentro. Alrededor de medio siglo después, reflexionando sobre ese proceso y observando lo que acababa de suceder, tuve la tentación de revertir la frase: «La Iglesia muere en las almas». De hecho, en la actualidad, la Iglesia se considera en gran parte solo como una especie de aparato político. Hoy sólo se habla desde categorías políticas, y esto es cierto incluso para los obispos que formulan su idea de la Iglesia del mañana en gran medida casi exclusivamente en términos políticos. La crisis causada por muchos casos de abuso por parte de sacerdotes nos lleva a considerar a la Iglesia incluso como algo miserable que definitivamente debemos tomar en nuestras manos y recrear de una manera nueva. Pero una Iglesia hecha por nosotros no puede representar ninguna esperanza.

El mismo Jesús ha comparado a la Iglesia con una red de pesca en la que hay peces buenos y malos, a los que Dios mismo eventualmente separará el uno del otro. Junto a ella está la parábola de la Iglesia como un campo en el que crece el buen trigo que Dios mismo ha sembrado, pero también la cizaña que un «enemigo» ha sembrado en secreto en medio del trigo. De hecho, la cizaña en el campo de Dios, la Iglesia, llama la atención por su cantidad e incluso los peces malos en la red muestran su fuerza. Pero el campo sigue siendo el campo de Dios y la red sigue siendo la red de pesca de Dios. Y en todos los tiempos hay y habrá no solo la cizaña y el mal pez, sino también la siembra de Dios y el buen pez. Anunciar ambas realidades con la misma fuerza no es una falsa apologética, sino un servicio necesario prestado a la verdad.

En este contexto, es necesario referirse a un texto importante del Apocalipsis de San Juan. Aquí se llama al diablo el acusador, “el que acusaba a nuestros hermanos ante Dios día y noche” (Ap. 12, 10). De esta manera, el Apocalipsis retoma un pensamiento que está en el centro de la historia que enmarca el libro de Job (Job 1 y 2, 10; 42, 7-16). Aquí se dice que el diablo trata de desacreditar la rectitud e integridad de Job por ser puramente externa y superficial. Precisamente de eso habla el Apocalipsis: el diablo quiere probar que no hay hombres justos, que toda la justicia humana es sólo una representación externa. Si se le probara más, la apariencia de justicia desaparecería pronto. La historia comienza con una disputa entre Dios y el diablo en la cual Dios señala a Job como un verdadero justo. Ahora será el “banco de pruebas” para determinar quién tiene la razón. «Quita lo que posee –argumenta el diablo– y verás que nada quedará de su devoción». Dios permite este intento del cual Job sale de una manera positiva. Pero el diablo continúa y dice: «Piel por piel: todo lo que tiene, el hombre está dispuesto a darlo por su vida. Pero estira un poco la mano y tócala en el hueso y en la carne y verás cómo te maldecirá en la cara» (Job 2, 4ss). Así que Dios le concede al diablo una segunda oportunidad. También se le permite llegar a Job. Solo se le impide matarlo. Para los cristianos es claro que Job, que ejemplifica a toda la humanidad ante Dios, es Jesucristo. En el Apocalipsis, el drama del hombre está representado en toda su amplitud. A Dios el creador se le opone el diablo que desacredita a toda la creación y a toda la humanidad. Se dirige no solo a Dios, sino sobre todo a los hombres, diciendo: «Pero mira lo que este Dios ha hecho. Aparentemente una buena creación. En realidad, todo está lleno de miseria y asco». La denigración de la creación en realidad es una denigración de Dios. El diablo quiere probar que Dios mismo no es bueno y así quiere distanciarnos de él.

La actualidad de lo que dice el Apocalipsis es obvia. La acusación contra Dios hoy se centra sobre todo en desacreditar a la Iglesia en su conjunto para que así nos alejemos de ella. La idea de una Iglesia mejor creada por nosotros mismos es, en verdad, una propuesta del diablo con la que quiere distanciarnos del Dios vivo, utilizando una lógica falsa en la que caemos con demasiada facilidad. No, incluso hoy en día la Iglesia no consiste solo en peces malvados y cizaña. La Iglesia de Dios es también hoy, incluso, el instrumento a través del cual Dios nos salva. Es muy importante contrastar toda la verdad con las mentiras y medias verdades del diablo: sí, hay pecado y maldad en la Iglesia. Pero aún hoy también existe la santa Iglesia que es indestructible. Incluso hoy en día hay muchos hombres que humildemente creen, sufren y aman, y en quienes el verdadero Dios, el Dios amoroso, se muestra ante nosotros. Incluso hoy en día, Dios tiene sus testigos («mártires») en el mundo. Solo tenemos que estar atentos para verlos y escucharlos.

El término mártir se toma del derecho procesal. En el juicio contra el diablo, Jesucristo es el primer y auténtico testigo de Dios, el primer mártir, a quien han seguido innumerables. La Iglesia de hoy es como nunca antes una Iglesia de mártires y, por lo tanto, testigo del Dios vivo. Si con un corazón vigilante miramos a nuestro alrededor y escuchamos, en todas partes, entre la gente sencilla pero también en las altas jerarquías de la Iglesia, podemos encontrar testigos que con su vida y su sufrimiento están comprometidos con Dios. Es la apatía del corazón no querer darse cuenta de ello. Entre las grandes y fundamentales tareas de nuestra proclamación está, dentro de los límites de nuestras posibilidades, crear espacios de vida para la fe y, sobre todo, encontrarlos y reconocerlos.

Vivo en una casa en la que una pequeña comunidad de personas descubre continuamente, en la vida cotidiana, los testigos del Dios viviente, señalándolos con alegría. Ver y encontrar la Iglesia viva es una tarea maravillosa que nos fortalece y que siempre nos hace alegrarnos en la fe.

Al final de mis reflexiones, me gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos la luz de Dios que aún hoy no ha caído. Gracias, Santo Padre.

11 de abril de 2019.

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Redacción R+F

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