Espiritual Fe

Nuestra Madre y Reina lo que quiere es que Dios Reine.

En el cántico del Magníficat (Lc 10, 46-55) nuestra Madre y Reina proclama; Engrandece mi alma al Señor (v.46)”, es decir: afirma que el Señor es grande, que él domina e impera, y para dar cuenta de ello con total radicalidad nuestra Madre y Reina ofrece su vida y todos sus esfuerzos para que todos nosotros sus hijos así lo entendamos, lo proclamemos y lo vivamos.

Nuestro catolicismo es auténticamente Mariano cuando deseamos y trabajamos para que Dios sea grande en nuestra vida, en el corazon de nuestros hijos y familia y en todas las esferas de nuestra sociedad.

María desea que Dios sea grande en su vida, algo parecido deseará San Juan Bautista cuando expresó: “es preciso que él crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30)”. El Camino del Católico tiene este propósito, Dios debe colmarlo todo, ser todo en todos, ser más conocido, amado, seguido y servido en los hermanos.

Sí estos deseos del Reinado de Dios no están en nuestra apuesta cristiana cotidiana, entonces nuestra espiritualidad es insípida, es retórica, es diplomacia con un mundo que quiere imponerle fronteras a Dios, entramos en una guerra fría que reduce la evangelización a una presencia eclesial que se queda en humanismo.

A veces en la predicación de algunos miembros de Iglesia y hasta académicos de nuestras instituciones eclesiales me dejan la sensación de una vergüenza o un complejo con el contenido de la verdad cristiana, mientras muestran una enfermiza comprensión por el desalojo de Dios de tantas esferas sociales teniéndolo por saludable.

María, no tiene miedo de que Dios sea un “competidor” en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital.

Benedicto XVI

Nuestra Madre y Reina sabe que sí Dios es grande, también nosotros seremos grandes. Dios no oprime nuestra vida, sino que la eleva, la hace plena. Benedicto XVI, el 15 de agosto del 2005, comentando magistralmente este aspecto de apertura en María en contraposición a la desobediencia que en sí caracteriza el pecado, nos recordaba la tragedia de la rebeldía cultural que violentamente se sufre en nuestros días:

El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida. Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos. Cada vez más se ha pensado y dicho: “Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca.

En síntesis; el hombre es grande, sólo sí Dios es grande. Con nuestra Madre y Reina debemos comenzar a comprender que es así, no debemos alejarnos de Dios, por el contrario ocuparnos en vivir una espiritualidad católica que lo haga presente, que Dios esté presente en nuestra vida, ocupándola toda y haciéndolo presente en los ambientes donde nos desarrollamos.

Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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