Espiritual Fe

Nuestra amistad con Jesús entre la alegría y la ascética.

El ser Católico exige más que nunca fuerte identidad ante un mundo que pretende diluirnos en su mundanidad y superficialidades, los cristianos nos vemos precisamente expuestos a abrazar la tentación de admitir una fe mezquina, desgastada, que nos convierte en unos desabridos al apartar la mirada de Jesús y sus firmes enseñanzas; la falta de carácter nos pone en la ilusión de un cristianismo cómodo y cosmetológico que termina siendo el mejor aliado para todas las ocurrencias del mundo con sus caprichos y apetencias.

Degradamos en la sal sosa, incapaz ya de dar sabor y preservar, porque terminamos arrastrados por las corrientes del mundo, por las formas de vida insipientes y comprando las fábulas e ideologías pervertidas y pervertidoras por falta de carácter, mientras nos avergüenza la verdad cristiana y su exigencia, verdades que se están quedando como piezas de museo lamentablemente.

“¿Quieren que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán”.

Lc 5, 33-39

No son pocos hoy los que al interior de la Iglesia han olvidado ser luz del mundo, es doloroso, pero hay quienes sirven con desvergonzado empeño a la confusión y el error, puedo notarlo fácilmente por mi servicio pastoral que evidencia con dolor la arbitraria postura de quienes confunden misericordia con complicidad, dejando la santidad y la justicia divina de lado, mientras la justicia queda secuestrada en un mero concepto revolucionario sociológico y demagógico. Se anhela el cliché de los estómagos llenos, pero no la vida llena de gracia.

El Evangelio de hoy nos sitúa en la vía que puede ayudarnos a dar una respuesta concreta a nuestro desafío de ser cristianos católicos en el presente, ello es lo que el movimiento seguidor de Jesús pudo transitar al seguir las huellasdel Maestro en un contexto adverso, de persecución y resistencias, pero al tiempo el más apropiado para un fuerte anuncio (Kerýsso) y predicación (euaggelízo). Esa vía es la alegría y la ascética.

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La Alegría del cristiano está en contar con la amistad de Jesús, en saber que Él está con nosotros, que es nuestro Pan para el camino -(Eucaristía y Palabra)- nuestra compañía. La autoestima del católico debe estar en niveles superiores; lo tenemos a él y con él nada nos falta, es decir: el católico debe tener en cuenta que es imposible vivir tristes en definitiva y andar con cara de funeral sí efectivamente contamos con Jesús. Ese testimonio de nuestra alegría lo requiere el mundo. La amistad de Jesús hace nuestra vida intensamente diferente, colmada de sentido, color y brillo, recordemos: “Jesucristo lo da todo y no nos quita nada”.

Lo segundo es el camino de la ascética, de la práctica penitencial, de la mortificación y el ayuno. Dios no se ahorró nada para manifestarnos su amor extremo, nosotros no debemos reservarnos fuerzas, acciones y gestos para responder a su amor aunque nos implique esfuerzo y penitencia, la amistad de Jesús debe costarnos, su reino sólo lo arrebatan los violentos como lo expresa San Mateo, refiriendo al esfuerzo interior de sus seguidores (Mt 11, 12). No podemos renunciar a esta vía que nos infunde carácter cristiano para luchar contra una vida sin caridad, contra el Maligno, el pecado y el error.

Lamentablemente nuestra sociedad descristianizada o en vías de secularización fomentan ciudadanos cómodos y nada virtuosos, gente que quiere apoderarse de lo que no trabajó, que quiere que se le patrocinen sus vicios y aberraciones en detrimento de los auténticos derechos generales, gente que quiere lograr sus delitos y fantasías con los impuestos de los demás como descartar la vida humana por nacer.

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Detrás de esos horrores está la vía del no esfuerzo, y el reflejo de espiritualismos aperezados, no es extraño que se caiga entonces en militancias sin discernimiento, en cantos de sirena, en el pacifismo o el irenismo a cualquier precio, fomentados por quienes omitieron hacerse violencia interior pero que a su vez imponen la violencia desmedida así sea jurídica a otros para consentir e imponer sus caprichos.

Estamos a tiempo, seamos una generación diferente a aquella que no alcanzó carácter, templanza, que no concibe el ahorro, la contención de los impulsos, el dominio propio, el respeto por el otro y lo del otro. Pidamos al Señor la gracia de vivir la alegría cristiana y entrar en la vía de la ascética.  

Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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