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La herejía dominical: «Dios no quiere que le demos gracias por la Creación»

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Escrito por Redacción R+F

Si bien el centro de la celebración eucarística gira alrededor del sacrificio del altar, la recreación incruenta del acto redentor de Nuestro Señor Jesucristo por sus hijos, a cuyo valor infinito podemos unirnos en cuerpo y alma al recibir en gracia de Dios la santa comunión, también es cierto que al empobrecimiento musical y litúrgico que aqueja la celebración cada vez menos digna de este misterio en las iglesias de nuestro país, se le vienen sumando últimamente terribles errores teológicos en los sermones, como si en la prédica de la Iglesia católica colombiana se hubiera adoptado un «nuevo evangelio», el de la realización personal. 

De entre las prédicas de este 16 de diciembre, día en que en Colombia comienza a celebrarse la novena para la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, llamó la atención de Razón + Fe la de un sacerdote que para animar a sus fieles a vivir una Navidad alegre, evitando la tristeza por la soledad que asalta a muchos por esta época, así como por la ingratitud de familiares, amigos y empleados,  señaló un pesebre que representaba la riqueza de la naturaleza y de la Creación, y afirmó: «Dios no quiere que le demos gracias por la Creación, sino que la disfrutemos».

Antes había dicho que los cristianos no hacíamos buenas obras por nuestros hijos, familiares o empleados para que ellos nos agradezcan y lo reconozcan,  sino sólo para que lo vea Dios y que por eso no debemos entristecernos por la ingratitud de nuestros seres queridos.

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Más allá de ofrecer a su feligresía el consuelo de una moral estoica (felicidad como indiferencia ante el dolor), pues es natural esperar lo mejor (gratitud) de quien uno ama y con quien se ha sido generoso, en lugar de un más cristiano consuelo por la resignación y el ofrecimiento de esas frustraciones y tristezas como parte de nuestra cruz, la afirmación hecha por el sacerdote sobre el sentido y valor de la Creación es abiertamente contraria a lo que enseña nuestra fe.

Como enseña nuestro catecismo los católicos creemos que «todo fue creado por Él y para Él», que «el mundo ha sido creado para la gloria de Dios» y que «el fin último de la creación es que Dios, Creador de todos los seres, sea por fin ‘todo en todas las cosas’ (1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad» (Catecismo 290 – 293).

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No es una omisión menor, entonces, la de olvidar poner la gloria de Dios  como fin principal de la creación y la de normalizar la ingratitud humana, para centrarse en la prédica de la autocomplacencia, en lugar de volcarse a la alabanza y adoración a Dios, las cuales son una parte fundamental de la Misa, del Padre Nuestro y el primer Mandamiento de la Ley de Dios.

Para coronar su sermón el sacerdote repitió en distintas ocasiones a lo largo de la misa: «demos gracias a Dios porque estamos vivos y no muertos»,  insistiendo en que la gracia de estar vivos debía ser el mayor motivo para celebrar con alegría esta Navidad.

Si la vida es un don por el cual siempre debemos estar agradecidos, la contraposición con la muerte como si fuera un mal absoluto y la ausencia de un referente teleológico para esa vida (servir, amar, dar gloria a Dios) choca frontalmente con la tradición católica  de una Santa Teresa de Jesús, quien diría por ejemplo: «muero porque no muero»,  y se marca mejor dentro de un vitalismo de corte existencialista como el de Nietzsche , de Ortega y Gasset y tantos otros pensadores de la modernidad.

Estoicismo, antropocentrismo y vitalismo existencialista, ingredientes de los sermones contemporáneos que rogamos a Dios desaparezcan pronto de nuestras Iglesias. Pidamos con devoción obispos Santos para la iglesia de nuestro país que sepan restablecer la dignidad en el culto divino y la fidelidad en la prédica del Evangelio.


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