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Pequeñas herejías dominicales: «Dios no se indigna si vienen a los oficios en ropa deportiva».

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Escrito por Redacción R+F

Recientemente un bien intencionado sacerdote, seguramente con el fin de facilitar a sus fieles la participación en los oficios de Semana Santa, les propuso que asistieran en ropa deportiva.

El argumento, lanzado al final de la misa y con actitud risueña, consistía en que Dios «no se indigna» por la forma cómo sus hijos se visten para participar en los sagrados misterios.

Esa visión de un Dios relajado e informal, encaja muy bien con la actitud del hombre contemporáneo, pero muy mal con lo que sabemos que Dios espera de nosotros según la tradición y las Escrituras.

Por ejemplo, en Zacarías 3 dice el profeta:

Estaba Josué vestido de ropas sucias, en pie delante del ángel. Tomó éste la palabra y habló así a los que estaban delante de él: “«¡Quitadle esas ropas sucias y ponedle vestiduras de fiesta»; le dijo: «Mira, yo he pasado por alto tu culpa». Y colocad en su cabeza una tiara limpia!”. Se le vistió de vestiduras de fiesta y se le colocó en la cabeza la tiara limpia.

Mientras que en Mateo 22 se lee:

«Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?”. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

Si eso es no estar «indignado», ¿qué se podrá esperar de Nuestro Señor cuando lo esté?

Código de vestuario de una parroquia católica en Arizona, Estados Unidos.

Y así como en la vida social el vestuario cambia según la importancia de la ocasión, con mayor razón quien asiste a un acontecimiento sagrado refleja en su modo de vestir la importancia que para sí tiene y representa dicha ocasión.

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La forma como vamos vestidos a misa corresponde, junto al Estado de Gracia (el no estar en pecado mortal), a las disposiciones internas con las que expresamos el respeto y veneración que nos merecen los misterios de Dios, las realidades sagradas.

Son, pues, dos caras de una misma moneda: la coherencia interna, espiritual, y la coherencia externa, física; con ella reconocemos la dignidad que para nosotros tienen los asuntos sagrados.

Y si es verdad el refrán popular que dice que “quién no vive como piensa, termina pensando como vive”, no se podrá esperar mucho de la vida interior de aquellas personas que, sin razón ni justificación, asisten de manera dejada y descuidada a los oficios sagrados.

Pensar de otra manera es caer en ese dualismo que separa y divide el cuerpo del alma, que pretende que el hombre vive como un “espíritu desencarnado”, lleno de virtudes y riquezas interiores, mientras su cuerpo es usado como un simple objeto sin importancia, cuando no vulgarmente profanado.

Por otro lado, nada es más efectivamente pedagógico que exigir a los fieles los gestos y las actitudes adecuadas a la dignidad de los misterios que celebra la iglesia. De imponerse poco a poco estas condiciones en las distintas comunidades parroquiales, con seguridad muchos espíritus fríos volverán a sentir el ardor de la fe.

Foto de una aviso en una iglesia católica en Malasia.

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