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¿Es o no es un matrimonio una unión homosexual?

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Escrito por Padre Henry Vargas

La situación de las personas con tendencia homosexual, y otras del colectivo LGBTIQ+, al ser cada vez más visibles, es hoy más que nunca compleja y difícil; y lo es por dos cosas: La lucha interior y las dificultades de integración social.

La Iglesia, con su inherente misericordia como madre que es, quiere ayudar a las personas homosexuales. ¿Cómo? la Iglesia, al ser luz de las naciones y querer dar luz a tantas situaciones, no quiere que dichas personas sean marginadas ni mucho menos maltratadas. La Iglesia, pues, quiere y pide acoger y respetar, a estas personas.

Pero, como lo cortés no quita lo valiente, lo anterior no significa justificar o defender errores, no significa faltar a la verdad ni al sentido común y, en consecuencia, tergiversar la institución matrimonial y su derivada institución familiar.

Hay que decir bien claro también lo que debe ser obvio para todos: No constituye una verdadera familia el formalizar un vínculo civil entre dos hombres o dos mujeres, como tampoco llamarle matrimonio a dicho vínculo; y tanto menos se puede atribuir a esas uniones el derecho a adoptar niños; los psicólogos lo desaconsejan rotundamente.

Además de las uniones homosexuales existen otras anomalías que también se quieren imponer y que sean aceptadas como realidades matrimoniales. No faltará quien, por ejemplo, se pregunte con interés propósitivo o imperativo: “¿Por qué el matrimonio es sólo entre seres humanos, y no pueden haber también matrimonios entre mascotas? ¿Por qué no se pueden casar personas con animales? ¿Por qué el matrimonio tiene que involucrar solamente a dos personas, y no se pueden incluir a más de dos indiferentemente de su sexualidad? ¿Por qué no formalizar el matrimonio de una persona consigo misma? ¿Por qué no se permite el matrimonio entre una persona viva con una persona difunta?, etc.”. Así como la respuesta a estas propuestas es total y rotundamente negativa, porque son aberraciones, así también la respuesta es negativa, con los mismos argumentos, a la propuesta, petición o deseo de las parejas de homosexuales de ser consideradas o aceptadas a la fuerza como matrimonio.

La Iglesia pide que la legislación civil no legitime, bajo falacias, un mal moral con sus nefastas consecuencias; pide que no se institucionalicen realidades generadas de un comportamiento, por decir lo menos ofensivo, equivocado.

El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial de toda una vida, hombre y mujer, como base esencial de la verdadera familia (padre, madre e hijos), verdadera y única célula de la sociedad. Por lo tanto, no es aceptable la legalización que equipare de algún modo las llamadas uniones homosexuales con el matrimonio.

Ahora bien, el mejor argumento para sustentar la realidad del matrimonio como un hecho exclusivo entre un hombre y una mujer no es tanto la ley natural, la tradición humana o la etimología de la palabra matrimonio, aunque también, sino sobre todo los designios de Dios que encontramos en la Sagrada Escritura y que el magisterio de la Iglesia, por extensión,  nos los recuerda, amplía y explica.

Pero antes de mirar lo que nos dice la Palabra de Dios, y posteriormente lo que nos dice parte del magisterio de la Iglesia, miremos qué nos aporta la etimología de la palabra matrimonio. Una pista nos la da la palabra inmunodeficiencia. ¿Qué significa esta palabra? Inmunodeficiencia es una palabra compuesta por las palabras inmuno-deficiencia, es decir deficiencia o carencia de inmunidad.

¿Y qué significa inmunidad? Esta palabra viene de tres términos latinos, el prefijo in (hacia adentro) y el sufijo compuesto entre munire (defender, fortificar, reforzar) y dad (cualidad). Inmunidad es, pues, la cualidad o condición de algo defendido, protegido o reforzado en su esencia, en su ser.

De manera, pues, que la palabra clave que nos da luz para entender la palabra matrimonio es la palabra latina munire, ya que las palabras inmunidad y matrimonio comparten dicha palabra.

Por otra parte, la palabra matrimonio tiene como sufijo la palabra latina matris; y matris o matrix o matriz, a su vez, es el resultado de la suma de dos componentes léxicos del latín: El sustantivo “mater”, que significa “madre”, y el sufijo “trix”, que se usa para indicar “agente femenino”. Así que la palabra matrimonio etimológicamente viene de las palabras mater-munire, lo cual significa defensa de la madre o de la mujer embarazada.

¿Cuándo y dónde se inventó la palabra matrimonio? La palabra matrimonio se creó hace un poco más de dos mil años en el imperio romano cuando, al resultar embarazada una mujer, los hombres se eximían de toda responsabilidad. Para evitar ese problema de injusticia contra la mujer embarazada al dejarla sola, las autoridades romanas establecieron que: ‘quien embaraza a una mujer la defiende, responde por ella y por el hijo’. Así nace el matris-munus, la defensa o protección de la madre. Y qué mejor acto oficial para defender a la madre que el matri-monio, sea éste a priori o a posteriori.

¿Me pueden decir ustedes, entre dos hombres homosexuales de qué madre a defender estamos hablando? ¿Por qué llamar matrimonio a una relación de mujeres homosexuales si ninguna puede embarazar a la otra y, en consecuencia, entre ellas dos tampoco puede haber hijos?

El hecho que una relación entre personas homosexuales tenga la aprobación legal de un Estado y también de una sociedad cada vez más desfigurada por el pecado, a dicha relación no se le puede llamar matrimonio; llámese unión sentimental civil, llámese relación civil de amor, llámese pacto civil de convivencia, llámese contrato civil de amor o amistad, etc., pero nunca se le diga matrimonio.

El mundo o la sociedad cree tener la autoridad para decirle al ser humano: “Crease usted su propia identidad de género”; y quien acate esta directriz dirá: “La sociedad es libre de redefinir el matrimonio”. La Escritura enseña que Dios ha asignado a cada persona, desde el instante mismo de su concepción, su género como hombre o mujer, y que Él es quien crea, configura y define el matrimonio. Dios ha establecido claramente en su palabra lo que es la esencia del matrimonio y cómo debe ser vivido.  

En este sentido el matrimonio implica una cercanía espiritual, emocional y física. En el Antiguo Testamento se nos enseña: “Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: ‘Sed fecundos y multiplicaos…’” (Gn 1, 28a). “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Gn 2, 24). Es por esto que el matrimonio es más que un contrato civil con beneficios legales. El matrimonio es una parte esencial del plan de Dios. La Biblia nos indica las expectativas de Dios en cuanto al matrimonio y nos ofrece consejos prácticos sobre cómo debe ser una relación esponsal o matrimonial.

En este sentido la Biblia enseña: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5, 25). Y “… enseñen a las jóvenes a ser amantes de sus maridos y de sus hijos,…” (Tt 2, 4). Ninguna institución humana tiene, pues, el derecho de cambiar lo que Dios ha establecido desde siempre. El matrimonio es lo que es porque Dios lo ha revelado para que siempre sea lo que debe ser.

La intimidad sexual es una expresión de amor que brinda felicidad y unidad al matrimonio. De ahí se derivan los hijos que son parte intrínseca de la esencia matrimonial.

Ahora miremos lo que dice el magisterio de la Iglesia: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (Catecismo, 1601).

La precedente definición del catecismo es muy clara. La Iglesia dice que el matrimonio es una alianza entre el varón y la mujer con una doble finalidad en virtud de su misma naturaleza: El bien de los cónyuges (hombre y mujer) y LA GENERACIÓN de la prole (los hijos). La generación de los hijos se da naturalmente, única y exclusivamente, entre un varón y una mujer; dicha generación de los hijos es imposible entre personas del mismo sexo.

El matrimonio, engendrando y educando a los nuevos seres humanos, contribuye de manera insustituible al crecimiento y estabilidad de la sociedad. Por eso le es y le será debido el apoyo, el respeto, la defensa y el reconocimiento legal de los Estados. En consecuencia, a la convivencia entre personas homosexuales, que no puede tener nunca las características y la misión de una sana relación entre varón y mujer, no se le puede reconocer una dimensión social semejante a la del matrimonio y a la de la familia.  

Ninguna de las dos finalidades que constituyen la naturaleza misma del amor conyugal entre hombre y mujer se dan ni se pueden dar en las llamadas uniones homosexuales sin que con ello se violente y ofenda la esencia misma del matrimonio entre varón y mujer.

Cualquier equiparación jurídica de las uniones homosexuales con el matrimonio supondría otorgarles a aquellas uniones una relevancia de institución social que no corresponde en modo alguno a su realidad antropológica.

De manera pues que debemos basar nuestros argumentos en contra de las uniones civiles entre personas del mismo sexo a partir de la verdad de Dios, pues dicha verdad nos hace libres (Jn 8, 32); y por el contrario quien se basa en la mentira vive en pecado y, en consecuencia, es esclavo (Jn 8, 34).

Es que si se quita la autoridad de Dios, su voluntad, su sabiduría, que se refleja en la naturaleza, y su enseñanza prácticamente todo es posible: lo inmoral se vuelve moral, lo irracional se hace racional, y lo malo se hace bueno, y viceversa. La gente no puede establecer, según sus criterios, lo que es justo o correcto, y aquí está una parte del pecado original (Gn 3, 5); es decir, el ser humano, de manera unilateral, no puede decidir como moralmente bueno todo lo que le haga sentir bien y le haga feliz (Is 5, 20-23 21). De manera que las leyes humanas, con sus decretos, nunca sustituyen ni sustituirán la verdad de Dios, el creador de todo: de la vida, de la naturaleza y sus leyes, de un orden de cosas, de la humanidad, del amor entre hombre y mujer (matrimonio), de la familia, etc…

P. Henry Vargas Holguín.

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