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Análisis Fe Razón

¿Es normal, es bueno o es pecado tener dudas de fe?

Firmes en la Fe
Escrito por Padre Henry Vargas
¡Difunde la cultura de la Vida!

La fe supera la razón, pero no la destruye ni pretende dejarla de lado. El hecho de que algo parezca racionalmente inconcebible no significa que no sea verdad o una realidad. Es lo que dice Newman: “Mil problemas no hacen una duda”.

¡Difunde la cultura de la Vida!


Alguien me ha preguntado alguna vez: ‘¿usted, personalmente, no ha dudado nunca de su fe? ¿Usted que resuelve las dudas de la gente, no está sujeto a la debilidad humana de la duda?’.

  • En primer lugar hay que salir de un dilema: O se cree o no se cree. No hay término medio. Y si se cree, ¿en qué se debe creer? Se debe creer en la verdad, en la verdad que nos hace libres (Jn 8, 32).

Hay que aceptar que la verdad es una, no hay dos verdades que se opongan; es necesario aceptar la imposibilidad de la doble verdad. En consecuencia, y en materia religiosa, sólo hay una sola verdad: Un solo Dios verdadero (1 Jn 5, 20).
Si se cree en Dios, se debe creer EN TODO el contenido de la fe (depósito de la fe) que su Divino Hijo ha comunicado directa e indirectamente a través de su Iglesia. No se puede creer en una cosa y luego negar o dudar otra. Si se cree en Dios, en el único Dios verdadero del que nos habla su hijo Jesús, se debe creer en TODAS las verdades inherentes a Él.

  • En segundo lugar hay que distinguir en cuestiones de fe un doble ámbito: aquel de las razones de creer (los preámbulos de la fe) y aquel del dogma (lo que se debe creer, lo que se deriva de los preámbulos de la fe). Obviamente los dos ámbitos están íntimamente ligados.

En el primer ámbito, el ser humano le pide a la Iglesia las razones de su ministerio y de su magisterio. A dar claridad en este asunto entra el juego la apologética, la cual demuestra la existencia de Dios, la divinidad de Jesús, el Cristo, y la divina institución de la Iglesia.

En el segundo ámbito tenemos las verdades o dogmas que hay que creer. Una vez demostrados como verdaderos y auténticos los preámbulos de la fe, el ser humano puede ver claramente el fundamento de las verdades, abrirse a la fe y tener la conciencia de que es razonable creer.

Es razonable tener fe, pues “la fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Hb 11, 1).

El ser humano puede, pues, con toda tranquilidad, aceptar y creer lo que Jesucristo ha dicho y la Iglesia enseña por voluntad divina (Mt 28, 20).

Se da por descontado que si Jesucristo (Dios) ha hablado, su palabra, en su totalidad, es absoluta, sin errores, y se tiene que aceptar con asentimiento incondicional aunque no sea entendida. Por esto Jesús nos invita a creer en Dios y a creer en Él:

“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí”.

Juan 14, 1

Sabemos pues que Dios, en su Divino Hijo (Mt 16, 16), nos ha hablado, y por tanto tenemos obligación de creer lo que Él nos ha dicho. El ser humano se debe fiar de Jesús, pues Él es digno de credibilidad:

“Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe…”.

2 Tm 1, 12

Si, por ejemplo, es verdad que Dios nos ha revelado el misterio de la Trinidad, porque nos lo ha dicho Jesús, el ser humano, aun no entendiendo esta realidad o verdad, lo debe aceptar porque sabe que Dios es la Verdad (Juan 14, 6), y sabe que Jesús no engaña (1 Pe 2, 22) ni enseña errores, ni quiere que el ser humano camine en la mentira ni en las tinieblas (Juan 8, 12).

No es posible poner en duda lo que Dios ha dicho, de manera especial por la boca de Jesús, cuando se admite, como un hecho demostrado, que lo ha dicho. Lo que se nos pide es creer y aceptar las verdades de fe; no se nos pide entenderlas ni parcial ni, menos aún, totalmente.

Las verdades de fe nunca se pueden demostrar ni atacar con argumentos científicos, pues no hay ni habrá ciencia alguna que las logre explicar, pero pueden darse razones de su credibilidad.

La fe supera la razón, pero no la destruye ni pretende dejarla de lado. El motivo de creer no son tanto las razones filosóficas o teológicas o científicas que nos aproximan a las verdades reveladas, sino la autoridad de Dios que las ha revelado, y Jesús enseña con autoridad (Mc 1, 22). Esas razones ayudan a ver que la fe es razonable.

Ahora bien, una cosa es no entender las verdades de fe o la doctrina, y otra, muy distinta, es negarlas. Quien está convencido de una verdad, porque Dios la ha revelado, puede y debe pedir una explicación para profundizarla, nunca para ponerla en duda. El hecho de que algo parezca racionalmente inconcebible no significa que no sea verdad o una realidad. El pedir una explicación es algo positivo.
Es, pues, posible sufrir la tentación de dudar acerca de una o varias verdades de fe pero no debemos caer en la tentación de negarlas. En sí misma la tentación no es pecado. Es más, tenemos que pedirle, en el Padrenuestro, a Dios Padre que no nos deje caer en la tentación; es decir que nos fortalezca, que nos sostenga.

Este tipo de tentación es lo que se llama tentación involuntaria. Tener una duda involuntaria no es malo; mantenerse en la duda (la duda voluntaria) o dejar de buscar respuestas sí lo es. Es decir, dudar no es pecado, pero abrazar la duda y quedarse ahí, sí lo es. El estado permanente de duda voluntaria es pecado, pues es negar la verdad para caminar en las tinieblas sin saber para dónde se va.

La doctrina de la Iglesia nos da más luz cuando dice:

“La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu”.

Catecismo, 2088

No es pecado darse cuenta de que algún misterio de fe sea difícil de entender, como tampoco es pecado aceptar que nuestro entendimiento no lo logre comprender a plenitud. Si a pesar de todo esto uno se fía de Dios, quien lo ha revelado, y cree, pues no solo hay ausencia de pecado sino que además hay mérito.

Las preguntas, fruto de una duda involuntaria, son lícitas siempre y cuando se hagan no para negar las verdades de fe sino para intentar, hasta un cierto punto, explicarlas o entenderlas para luego creer más y mejor. Es lo que dice Newman: “Mil problemas no hacen una duda”.

Es que también los santos se hicieron preguntas. Incluso, las preguntas, son parte del estudio de la doctrina, pues la fe es necesario estudiarla hasta donde nos sea posible. Una duda, si es bien resuelta, nos debe llevar a creer.

La fe no es compatible con la duda, con el estado de duda permanente, con la duda constante, con la duda voluntaria; quien sostenga lo contrario tiene una postura absurda, porque viola el principio de no contradicción. Es que hay que salir de dudas; y salir de dudas no consiste en negar la veracidad de la fe, sino en constatarla.

Al ser humano no le es lícito permanecer en la duda, ni desconocer lo que enseña Dios ni, menos aún, negarlo con ningún tipo de argumentos. Por tanto sí hay pecado cuando la persona, voluntaria y conscientemente, se niega a creer en alguna verdad.
El que se mantiene en duda de fe y, peor aún, quien luego pasa a negar algo o todo, se está dejando engañar, le da credibilidad a lo que no la tiene, cree en lo que no debe creer. Qué ironía: muchos no creen en la verdad, pero sí creen en la mentira que ataca la verdad.

Por otra parte, ninguno de los dogmas de fe está en discusión (por esto son dogmas); se aceptan todos o se está fuera de la Iglesia. Negar un dogma es negar a Dios.

También habrá pecado venial o grave, según sea el caso, si hay negligencia en conocer la Divina Revelación y su fruto, el depósito de la fe, negando sus fuentes: la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición.

Ya sabemos que nadie ama lo que no conoce. Es pues deber del cristiano conocer los contenidos de su fe, estudiarlos, salir de la ignorancia, no contentarnos con lo que pudimos estudiar de pequeños, a veces incipientemente, en las catequesis presacramentales; esto con el fin, incluso, de dar razón de nuestra esperanza o de lo que creemos (1 Pe 3, 15).

Es que hay gente que ataca la fe o algunas verdades de fe con el fin de justificar sus conductas.


P. Henry Vargas Holguín.


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