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El Respeto a la Persona y a su Dignidad

Edwin Botero Correa
Escrito por Edwin Botero Correa

El respeto es la actitud que expresa la consideración de una persona hacia la dignidad de las otras.

Pero el respeto no es una forma de valoración subjetiva, sino la respuesta a una realidad objetiva: la dignidad de la Persona.

De modo que es indispensable entender con claridad de qué se trata cuando se habla de la Dignidad Humana y de su Respeto.

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“Palabras Mayores”…

PERSONA” y “DIGNIDAD” son palabras mayores. Adentrarse en la realidad de la Persona exige necesariamente detenerse a considerar su Dignidad y, con ella, descubrirla en su totalidad, en sus dimensiones constitutivas: física, intelectual, afectiva, social y espiritual.

Afirmar que somos dignos es asumir, en el orden natural, que somos seres inteligentes; en el orden ético y social, que somos libres y que gozamos de una autonomía relativa; y en el orden trascendente, que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, capacitados y dignificados para ser sus hijos. La dignidad humana se sofoca cuando se reduce a la persona a alguna de sus dimensiones, como lo hace por ejemplo el marxismo, que sólo enfatiza su dimensión material-social, negándole su valor y dignidad individual.

En la conciencia humana ha prevalecido siempre una idea más o menos clara sobre el ser y su valía, diversamente afirmada por las distintas tradiciones culturales y filosóficas a lo largo de los siglos. Por ejemplo, los llamados «Principios Éticos Generales» recogen la afirmación de Kant según la cual «la persona no debe considerarse nunca sólo como medio, sino siempre también como fin». Pero ha sido el cristianismo, desde sus primeros siglos, el que ha definido y aportado a la humanidad los conceptos sobre la Persona y su Dignidad, propiciando el desarrollo del Derecho y de la Doctrina Social de la Iglesia, y proveyendo un fundamento racional sólido para la adecuada comprensión y formulación de los derechos humanos, como la Declaración de la ONU de 1948, plenamente vigente y actual.

Sin embargo, afirmarlo no ha sido suficiente para impedir el creciente y sistemático atropello a la Dignidad Humana, incluso bajo el ropaje de “nuevos derechos”. En estos tiempos en los que soplan vientos ideológicos, es indispensable enfatizar que la dignidad de la Persona es esencialmente una cualidad antropológica, y como tal debe prevalecer y difundirse. Para comprenderlo bien y evitar equívocos, es necesario distinguir entre los términos “antropocéntrico” y “antropológico”.

“Antropocéntrico” significa hacer del hombre –cualquiera sea la idea que de él tengamos– el centro de gravedad de todo, convertirlo arbitrariamente en “la medida de todas las cosas”. Esta confusión distorsiona la realidad humana, social y natural, y conlleva resultados desastrosos como el endiosamiento individualista y subjetivo, del cual se pasa fácilmente al relativismo moral y a la dominación opresiva.

“Antropológico” significa algo propio de la Persona, un valor humano en sí mismo. Es una estimación sobria, sin reduccionismos, cuya consecuencia inmediata es que a ésta se le reconozca como principioagente y fin de toda actividad y en todos los órdenes, es decir, que se le respete y se le trate según su dignidad.

Por ello, al mundo de la Persona, y a cada persona –que es un mundo en sí misma–, hay que adentrarse «descalzo», pisando suave y andando despacio, como lo hizo Moisés al jardín en el que ardía la zarza, cuando acató las palabras de Dios que le advirtieron: «quítate las sandalias de los pies, porque la tierra que pisas es Santa«.

Claramente, Dios le indica que no puede simplemente presentarse movido por la curiosidad, y le hace notar que no se está adentrando en cualquier parcela, sino en una tierra “santa”, es decir, que le pertenece totalmente y en la que habita Su Santo Espíritu. Más aún, que lo Sagrado también alcanza a este mundo y prevalece en él sin extinguirse, y que a este santuario sólo se puede acceder con reverencia, porque contiene en sí mismo la esencia y el valor de la Santidad, que lo dignifica todo.

Moisés experimenta que la única actitud posible y adecuada para adentrarse en esta “tierra” es el RESPETO, no porque Dios lo exija, sino porque Dios mismo se lo enseña, pues al adentrarse en el misterio, comprende que Dios no irrumpe en la vida de los hombres de manera abrupta, sino con el Amor de un Padre y la pedagogía de un auténtico maestro. Por ello captará que la respetabilidad de los Mandamientos que debe transmitir y de la doctrina que se le ha confiado no está en la letra en sí sino en la Santidad de Quien se los ha dado, y se atreverá a romper las tablas delante del pueblo. El respeto será, ante todo, el fiel reflejo de la actitud propia de Dios, y de la actitud debida a Dios.

Por consiguiente, el respeto es la actitud que mejor expresa una genuina consideración por el infinito valor de la Persona, en general, y que debe aplicarse a cada persona, en particular. Respetar es reconocer y dirigirse a cada persona de acuerdo con su dignidad indiscutible, independientemente de su condición, circunstancias o estado de desarrollo en que se encuentre. El más especial y claro ejemplo de esto es el respeto a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural.

En las relaciones humanas, nuestra consciencia sobre el valor de la Persona y del respeto que le debemos, se manifiesta de modo concreto a través de las maneras, gestos y expresiones que usamos para dirigirnos a ella o para responderle, así como en el tono y el volumen de nuestra voz; y de un modo menos visible, pero igualmente perceptible, en lo que pensamos de ella, en la forma en que la valoramos, en la sinceridad y honestidad de nuestras palabras para con ella, en el hecho de no instrumentalizar, de no utilizar para nuestros fines a ningún ser humano, bajo ninguna circunstancia.

La dignidad humana es irrenunciable, es algo esencial y propio de cada persona, sea consciente o no de ello. Cada quien es titular de su dignidad personal desde el momento en que su ser viene a la existencia, es decir, desde la concepción, y para siempre. Cuando la persona muere física y legalmente, cesa la condición fisiológica de posibilidad para ejercer por sí misma sus derechos, pero su dignidad personal particular prevalece, y se honra perpetuando el respeto a su nombre y a su memoria. Tanto es así, que si a alguien se le arrebata la vida, «se le hace justicia» castigando al culpable y resarciendo a su familia por los daños infligidos.

Es urgente, hoy más que nunca, despertar la consciencia de que en cada persona arde un fuego inextinguible: el precioso don de la dignidad personal. Y es un cometido inexcusable reavivar la necesidad de reconocerla, de valorarla y de respetarla en sí mismo, como lo hace en cada uno el mismo Dios.

Sobre el Autor

Edwin Botero Correa

Edwin Botero Correa

Comunicador Social - Periodista.
Editor, Columnista y Miembro de Consejo en diferentes Medios, Asociaciones Profesionales e Instituciones.
Estudios, Formación y Experiencia Profesional, Empresarial, Social y Docente (Pregrado, Postgrado y en el SENA) en: Gerencia, Desarrollo, Desarrollo Humano, Filosofía y Humanismo, Doctrina Social de la Iglesia, Educación y Pedagogía.
Fundador y Director de "Laicos por el Bien Común".

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