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Análisis Espiritual Fe

¿Dios castiga a la humanidad con pandemias y otras desgracias?

La mano punitiva
Padre Henry Vargas
Escrito por Padre Henry Vargas

“En todos los períodos de la historia, más o menos turbulentos, algunos ven las tragedias como una supuesta reacción de Dios ante el pecado personal y/o social del momento”.

El Señor Dios, desde el primer pecado, “castiga”, sabiendo entender esta expresión, la rebeldía humana con diferentes penas (“Por haber hecho esto”… -Gn 3, 14-19), de las que la peor es la muerte. Lo afirma San Pablo: “… por un solo hombre entró el pecado  en el mundo y por el pecado la muerte (Rm 5, 12). Lo cual no quiere decir que con la muerte (por una enfermedad, en un accidente o en alguna tragedia), alguien esté pagando un pecado concreto propio o, menos aún, ajeno.

En la Sagrada Escritura, más concretamente en el Antiguo Testamento, vemos un sinfín de episodios  en los que el común denominador son las desgracias, maldiciones, catástrofes, etc., como situaciones que aparentemente ‘provienen’ de Dios en respuesta al comportamiento del hombre; Dios mismo aparece varias veces como el protagonista de todo lo que generaba dolor y sufrimiento.

Pero el asunto no es sólo antiguo. En todos los períodos de la historia, más o menos turbulentos, algunos ven las tragedias como una supuesta reacción de Dios ante el pecado personal y/o social del momento.

Pero no se debe caer de nuevo en el error de interpretar a gusto personal los acontecimientos humanos atribuyéndole erróneamente a Dios las tristes consecuencias derivadas; no se puede caer de nuevo en el error de prescindir de instrumentos escriturísticos tales como  la metáfora, la alegoría y las herramientas exegéticas fundamentales.

Por lecturas y concepciones erróneas no pocas veces se ha reducido o confundido a Dios como alguien vengativo, un juez implacable o un verdugo severo; sólo porque en el Antiguo Testamento no se tenía la luz de la verdad cristológica que nos lo muestra como Padre amoroso (Jn 3, 16), misericordioso (Ef 2, 4-7), providente, lento a la ira y rico en perdón (Sal 103, 8). Dios es un Dios de amor (1 Jn 4, 8), y sería contrario al Evangelio imaginarlo como un justiciero preparado para vengarse en cualquier ocasión.

¿El por qué de esta concepción?

Los libros de la Biblia, que relatan la relación de Dios con la humanidad a través del pueblo de Israel, son también el reflejo de una cultura y de un contexto histórico, propios de dicho pueblo, el pueblo de la antigua alianza.

En el momento en que se escribieron los libros del Antiguo Testamento ni las ciencias, ni la reflexión teológica se habían desarrollado aún como para entender ciertos eventos de la vida del pueblo y de la vida personal.

En esa época no se conocían las leyes de la naturaleza o las fuerzas que originaban los desastres naturales ni el por qué de las enfermedades y de otros males.

Es por esto que los fenómenos que hoy llamamos naturales o aquellos que están a la base del dolor y de la muerte, en aquella época se consideraban como sobrenaturales (como venidos de Dios, como una reacción de Dios).

Es lo que se pensaba, por ejemplo, en el caso del personaje bíblico Job.

En la carta apostólica “Salvifici Doloris”, el Papa Juan Pablo II reflexiona, especialmente en los numerales 10-13, en la historia de Job para evidenciar que el sufrimiento no es un castigo.

En dicha carta, Juan Pablo II explica que Job fue afligido por “innumerables sufrimientos” y que sus amigos decían que él debía haber hecho algo realmente malo. El sufrimiento, según ellos, siempre es el castigo por un crimen realizado; es enviado por un Dios absolutamente justo, que lo envía en virtud de justicia. Según esos amigos el sufrimiento tendría sólo el significado de castigo por un pecado realizado; ponen, por tanto, la justicia divina al nivel del ‘ojo por ojo y diente por diente’.

La historia de Job demuestra que esta afirmación es falsa. “Es verdad que el sufrimiento tiene un significado de castigo cuando está conectado con un pecado, pero no es cierto que todos los sufrimientos sean consecuencia de un pecado, y que siempre sean un castigo. La figura del justo Job es una prueba real de esto en la Revelación del Antiguo Testamento, que es la misma Palabra de Dios. Se nos presenta el problema de un hombre inocente que sufre sin tener culpa de ello” (SD, 11). ¿Ese sufrimiento es castigo de Dios? No, sin duda.

Dios se va revelando a su pueblo poco a poco, de manera gradual. La Biblia es la historia progresiva de la revelación de Dios. “Este designio comporta una pedagogía divina particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo” (catecismo, 53).

De manera, pues, que no fue de la noche a la mañana que el pueblo fue aprendiendo a ver las cosas de la manera correcta. Para eso tuvo que pasar bastante tiempo hasta que llegara la Palabra de Dios encarnada, la perspectiva de Jesús y su enseñanza (habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo –Mt 5 21, 48 ss-).

Ahora nosotros comprendemos con la teología y la enseñanza de Jesucristo que todas las catástrofes, desastres, epidemias, tragedias, etc., y todos los sufrimientos no fueron “enviados” por Dios, sino que son consecuencia, muchas veces, de la vida, de las circunstancias y de las vicisitudes de dicho pueblo en medio de una naturaleza cambiante.

En el Evangelio encontramos episodios en los que Jesús explica algunas tragedias y desgracias (el ciego de nacimiento (Jn 9, 1-3) y de las víctimas por el derrumbamiento de la Torre de Siloé (Lc 13, 4-5)).

En el caso del ciego de nacimiento Jesús rechaza categóricamente la idea de un castigo personal o familiar. Y al hablar de la torre de Siloé (que había sepultado bajo sus escombros a 18 personas), Jesús evita poner en relación directa la catástrofe con un eventual pecado cometido por dichas victimas. Aquí Jesús nos recuerda que los que sufren no son necesariamente más pecadores que los que no sufren.

Dios es justo e imparcial. Lo vemos concretamente cuando Jesús dice que Dios, el Padre Celestial, es tan bueno que “hace salir” su sol sobre malos y buenos, y “hace llover” sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).

El Padre celestial no mira, pues, la buena o mala conducta de la gente del campo, para hacer salir o no el sol y/o para regar o no los campos con la lluvia. Hacer salir el sol y hace llover indistintamente tanto en el campo de los justos como en el de los pecadores; Dios no hace que las nubes se salten las tierras de los malos para “castigarles” sus pecados. No se puede decir, por ejemplo, que los desiertos eran tierras de pecadores.

Y en otro actuar de Jesús, vemos que Él no cura a todos los enfermos, sólo a algunos; es que sus milagros de sanación deben ser vistos solo como lo que son, un signo. Por tanto no se puede pensar que Jesús, sanando, premie o recompense a algunos enfermos y dejando sin sanación “castigue” a otros por su pecado.

Dios, nos lo ha hecho saber en Jesús, es, por esencia y definición, sólo amor, un amor compuesto de misericordia y justicia. Él no es la fuente o el creador del mal ni se goza de él, como tampoco del sufrimiento o de las injusticias.

Por tanto, Dios no nos hace el mal (con el sufrimiento que conlleva), no quiere ni propicia el mal; el hacerlo iría contra su esencia. Todo lo contrario, Dios hace presencia en el dolor y sufrimiento (tengan estos o no su causa en la humanidad), no para recriminar y acrecentar el sufrimiento sino como aquel que da fuerza, el único que puede ofrecernos vida.

De manera, pues, que el sufrimiento (cualquiera que sea, indiferentemente de su causa) entra en el mundo a causa del pecado cometido en el origen.

La causa real del mal y del sufrimiento, como ya hemos visto, está en la rebelión de nuestros primeros padres. No es Dios quien nos impone algún mal ni lo quiere para, por ejemplo, educarnos o formarnos; Él, al dejarnos la libertad, nos deja experimentar las consecuencias lógicas de nuestra acción; permite que seamos castigados como el resultado de las malas acciones, propias o ajenas.

Se ha hecho mención de la rebelión de nuestros primeros padres como la causa real de la entrada del mal en el mundo; y, por la transmisión de dicho pecado (“un misterio que no podemos comprender plenamente”-Catecismo, 404), las consecuencias de dicha rebelión llegan al presente.
Todos los hombres estamos involucrados en el pecado de Adán, aunque el pecado original fue “contraído” por nosotros mas no “cometido” por nosotros (Catecismo, 404). El catecismo afirma que, como “consecuencia” del pecado original, la naturaleza humana está “sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado” (catecismo 405).

Nuestra condición humana es limitada. Nuestra condición humana es material y, en consecuencia, débil. La vida humana-terrenal se manifiesta en un cuerpo que diariamente tiene el peligro de dañarse. Es el riesgo que corremos en la aventura de la vida.

Pero el pecado original no sólo afecta al alma de los seres humanos, sino que trae consigo también un desorden en la creación, en el mundo natural. El Catecismo enseña que la armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil. A causa del hombre, la creación es sometida “a la servidumbre de la corrupción” (Catecismo, 400).

Dicho de otra manera, el mal cometido lleva implícito el castigo mismo para entender que hemos estado en oposición a la verdad, y estando en oposición a esa verdad estamos contrariando a Dios. Hay, pues, que purificar la noción de que el mal, la muerte, el dolor, el sufrimiento (a nivel personal o colectivo), son “castigo” de Dios; y menos aún si el mal tiene al ser humano como autor.

Todos los sucesos lamentables, tengan o no al ser humano como protagonista, no son, ni directa ni directamente, una obra de Dios, sino que son el resultado de la imperfección del mundo creado, del mundo natural. Esta imperfección no viene de Dios sino del pecado y del mal.

La acción o la actitud contra Dios es siempre y sencillamente autodestructiva, no por querer de Dios sino porque el pecado por sí mismo destruye, y el pecado conlleva un sufrimiento que puede ser temporal o eterno.

En este sentido hay que ver el infierno. Decía el Papa Francisco, el 9 de marzo del 2015 en su visita a la parroquia romana de ‘Santa María del Redentor’: “Al infierno no te mandan: si vas es porque lo eliges tú”.

Que quede claro: Dios no crea o envía el mal o el sufrimiento; estas realidades son consecuencia directa o indirecta de nuestras malas decisiones tomadas en el pasado o en el presente.

Dios no está detrás del mal ni del pecado y del sufrimiento causado, menos aún para afectar injustamente a quien no está en ningún sentido implicado. Él permite, como no puede ser de otra manera, que suframos para que saquemos una lección de vida.

Dios no agrega dolor al dolor o sufrimiento al sufrimiento por la concreción de una equivocada decisión nuestra; como sí lo hace (en efecto, con el castigo) el ser humano con quien se ha equivocado, aunque se mezcle, en dicho castigo, amor con enfado o razón  con drasticidad.

Hay tres frases, al menos en Colombia, que nos ayudan a entender el tema:

  • “Dios no castiga ni con palo ni con rejo.
  • “El ser humano es víctima de su propio invento”.
  • “Los errores pasan factura”.

Hay que tener en cuenta que Dios no es un ser humano, y que su lógica y/o sus pensamientos y sus caminos no son los nuestros (Is 55, 8).

Ahora bien, el sufrimiento, resultado del mal a través del pecado, hay que verlo, no como un castigo, sino como lo que es: un remedio. “Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Ro 8, 28). Es más fácil acercarse más a Dios en los sufrimientos que en la vida sin dificultades y darnos cuenta que sólo en Él salimos del dolor.

El sufrimiento permite que las personas se replanteen sus prioridades. Y lo más importante, cuando sufrimos, si este sufrimiento se ofrece a Dios y se asume, nos unimos al sufrimiento de Cristo, quien, siendo inocente, sufrió por nuestra salvación pasión y muerte.

Concretando y concluyendo: Ningún desastre, epidemia, tragedia es castigo de Dios, aunque hay personas que quieran llegar a esta conclusión. En las cosas de Dios no hay castigos sino consecuencias de un pecado que Dios permite. El proyecto de Dios es la vida y la vida en plenitud. El dolor, el sufrimiento, la muerte, los desequilibrios de la naturaleza que provocan graves tragedias, no son sino una parte de la condición humano-terrena que camina hacia la plenitud en medio de los dolores de parto en espera de la Nueva Creación (Ro 8, 22).

P. Henry Vargas Holguín.


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Sobre el Autor

Padre Henry Vargas

Padre Henry Vargas

Sacerdote colombiano incardinado a la Diócesis de Urgell en España. También ha colaborado con Aleteia en España y en Colombia

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1 Comment

  • Padre, interesante su análisis y muy reposado por demás. Me queda claro que resulta temerario y muy posiblemente inadecuado, afirmar que el Covid-19, es un castigo de Dios; de hecho, gracias a la pandemia, hay algunas cosas francamente buenas que están pasando: Planned Parenhood ha cerrado un numero inmenso de sus sucursales de muerte por no tener clientes.

    Pero le pregunto concretamente, en otras situaciones, cabria afirmar que en la historia de la humanidad o personal, ¿Dios castiga? hablo del a actualidad y no del AT