Espiritual Fe

Católico, no te avergüences de Cristo y Su Mensaje.

“Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del Cielo.  Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».

mt. 10, 24-33

Encontramos que no pocas veces seleccionamos del cristianismo lo que se nos acomoda a ciertos momentos de la vida, o lo que se nos antoja, lo que se adapta a nuestros estados de ánimo e intereses, mientras desechamos incluso; verdades esenciales de la doctrina o la Revelación Cristiana con tal de mantener un cristianismo a nuestra medida o capricho, abandonamos la fe de la Iglesia por la de nuestro acomodo: y esto no sólo sucede en el ámbito doctrinal o moral, también sucede en la praxis del servicio.

Hay exigencias inherentes a nuestro catolicismo que aunque sean una orden de Jesús como lo es “el mandato misional”, “el perdón de corazón” y “la caridad cristiana”; podemos tener la sensación que se pueden obviar sin sentir que afectan en lo mínimo nuestra identidad al considerarnos cristianos. En este sentido nos viene bien escuchar lo que nos dice Jesús: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del Cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».

Superar la vergüenza por Cristo y Su Mensaje es lo que nos hace una Iglesia en salida, convencida y segura, sin pena, sin asco, sin mediocridades. Debemos aceptar que la enseñanza de Cristo es incomoda, y es punzante para todos, incluso para los dueños de la intolerante tolerancia o  de lo políticamente correcto en nuestros días, de forma que esa vergüenza es también hoy; el superar la tentación de un mensaje evangélico a medias, mutilado, ambiguo, insustancial.

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No se puede seguir hablando de un evangelio de prosperidad ocultando la Cruz, el sacrificio, la entrega, la penitencia; no sería salvífico hablar de misericordia en términos de complicidad: sin verdad, sin conversión. San Pablo con una claridad profética nos dirá;

«Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. «Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio».

2 Tim 4, 2-5

El Papa Francisco nos ha recordado ser «Iglesia en Salida», y ello trae la invitación a una conversión interior, la Iglesia debe salir de sí misma, es decir, de cierta actitud introvertida, para centrar la mirada en Jesucristo y experimentar ese dinamismo contemplativo que le mueve a dar de lo contemplado.

Sí contemplamos a Jesús tendremos seguridad, tendremos Su Espíritu para seguirlo y testificarlo hasta las últimas consecuencias. No podemos ir al mundo sin la Palabra de Cristo, sin la sana doctrina, sin nuestro escudo y armadura, porque terminaríamos comprándole al mundo sus cantos de sirena y naturalizando lo que advierte san Pablo; las pasiones, los necios maestros de novedades y las fábulas.

Hemos de experimentar el impulso de salir con la Palabra de salvación hacia los hermanos, seguros de la firmeza y el contenido de nuestro catecismo, ese impulso del Espíritu nos llevará a “superar el oso o el ridículo para ver acontecer el milagro”, como aconsejaría la madre Angélica fundadora de EWTN. Ese valor, nos viene del estar arrodillados ante el Señor en ese encuentro vital qué es la oración, del estar a sus pies como discípulos en el estudio y en comunidad, porque una autentica oración nos compromete, nos envía a la llanura que nos aguarda para ser misionada (Lc 9, 37). Jesús también hoy nos envía como hizo con Santa Faustina:

“Hoy te envío a ti a toda la humanidad con Mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla a Mi corazón misericordioso”.

Diario de Santa Faustina No. 1588

Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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