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Roma – Netflix: «Las mujeres siempre estamos solas». Reseña ética de la última película de Cuarón

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Escrito por Redacción R+F

“Quiero agradecer a la Academia que haya hecho visible una historia que gira en torno a una mujer indígena, sobre una de las 70 millones de trabajadoras domésticas del mundo que no tienen derechos laborales, es decir, un personaje históricamente renegado”, dijo Cuarón al recibir el Óscar por mejor película de habla no inglesa.

Un clásico instantáneo, un homenaje a las mujeres del servicio doméstico y un retrato autobiográfico,  es lo que ofrece la última película de Alfonso Cuarón,  el director de cine latinoamericano más exitoso de todos los tiempos.

Una mirada intimista de la vida de su familia en el barrio Roma de Ciudad de México, durante los convulsos años 70 en los que tuvieron lugar el Mundial de Fútbol, la masacre de estudiantes del Corpus Christi (con participación de la CIA según la película),  y el abandono de los hombres que debieron permanecer al lado de las mujeres que Cuarón más amaba, su mamá Cristina Orozco y su nana Libo Rodríguez, es el mensaje central que la película transmite con un estilo singular de largos paneos y escasos diálogos, un guión minimalista que apenas da pinceladas sobre grandes acontecimientos tanto sociales como personales, narrados a través de una brillante fotografía en blanco y negro de 65 milímetros.

Un homenaje a las mujeres de servicio doméstico

Según narró Cuarón a la revista The Atlantic «sentia que le debía algo» a su nana y empleada de servicio, Libo, a quien llamaba «mamá», con quién quiso casarse cuando tuvo 5 años, y que fue quién lleno el vacío del hogar qué dejó su padre cuando los abandonó, dejando a su madre en una profunda crisis emocional.

Cleo, quién representa a Libo, es el centro de gravedad de la película, de quién se destaca su espíritu de entrega generosa a la familia, a la cual termina salvando la vida cuando rescata del mar a dos de los niños, representando una metáfora de lo que significa afectivamente esta mujer indígena para ese hogar, en un momento en que se hunde emocionalmente por el abandono del padre.

Alfonso Cuarón y su empleada doméstica de infancia y nana, Liboria «Libo» Rodríguez. Imagen de Variety.

Las debilidades narrativas de la película

A pesar de que Cuarón preparó el personaje de Cleo luego de largas conversaciones con Libo, el personaje central de la historia una verdadera voz. Como acertadamente señala Richard Brody del New Yorker, Cleo rara vez dice una frase o dos, y estas no revelan muchos sobre su vida, su historia, su familia, sus carácter o sus aspiraciones, quedándose en buena medida en un simple estereotipo sobre «la clase trabajadora: un tipo de gente fuerte, discreta y muy resistente que lo tolera todo, carente de voz propia. Un ángel silencioso cuya incapacidad de expresarse es mostrada como la marca inconfundible de su virtud estoica».

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«Siempre estamos solas»: Una película feminista y políticamente correcta

Parte del éxito de la película se debe al contexto político que vive Hollywood, con su radical oposición a Trump, que la lleva a enaltecer lo mexicano, lo nativo, lo indígena, así como la crítica que la película hace de las élite sociales por su clasismo, su discriminación e hipocresía.

Si hay una frase que pueda resumir el espíritu que inspira esta película es aquella que pronuncia Sofía, quien representa a la mamá de Cuarón, en un momento de desesperación, dirigiéndose a Cleo: «No importa lo que digan, la mujeres siempre vamos a estar solas«.

En Roma los hombres son presentados como egoístas, irresponsables y banales. Abandonan tanto a Sofía como a Cleo, sin siquiera intentar dar una razón o explicación. Simplemente desaparecen.

No sólo abandonan a las mujeres sino a los hijos, uno de las cuales muere antes de nacer frente al total desprecio, aún más, frente al rechazo violento de su padre.

En ese sentido Roma se revela más efectiva como una catarsis del director frente al abandono de su padre, que como un homenaje a la mujer que entró a llenar ese vacío en su vida.

El machismo de los personajes está representado por el descomunal automóvil de la familia, un Ford Galaxy que difícilmente cabe en el garaje de la casa, el cual es escenario de las humillaciones de Sofía por parte de su esposo Antonio, así como del desespero y desborde emocional que se genera en la mujer tras su abandono.

También lo representa una escena de desnudo frontal de Fermín, el novio de Cleo, presumiendo de sus artes marciales luego de tener relaciones sexuales, a través de lo cual según The Atlantic Cuarón dijo querer representar su «alma herida», así como su banalidad.

Sabor amargo

La falta de conexión emocional es la nota predominante de la película. Los padres parecen desentenderse de sus hijos, no hay mayor solidaridad entre los hermanos ni afecto entre los esposos.

Las expresiones de solidaridad y afecto hacia Cleo no son más que gestos hipócritas en el caso del papá, o formas inconscientes para hacerla trabajar más de la cuenta, en el caso de la mamá.

El afecto más sincero lo expresa la empleada doméstica con los niños, y algo entre Cleo y Adela, las dos empleadas que atienden la casa, aunque no aparecen ni diálogos ni gestos que reflejen la profundidad de esos sentimientos.

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La escena del rescate en el mar es paradigmática de la frialdad emocional de la película: una sola toma larga, enfocando permanente a Cleo desde unos metros de distancia, a manera de testigo de los hechos sin involucrar nunca la mirada de los protagonistas, sus puntos de vista, restándole tensión dramática al punto culmen de la película.

Al final todos se funden en un enorme abrazo, mientras Cleo confiesa que no quería que naciera su bebé, que por accidente nació muerta pocos días antes.

Cómo lo denuncia Slavoj Žižek en The Spectator, la bondad de Cleo parecería más una trampa que actúa en su contra, la cual reflejaría poco más que su ignorancia o su ceguera ideológica.

Desde ese punto de vista sería su bondad la que la mantiene en la servidumbre y la que permitiría que las clases acomodadas la exploten y abusen física y emocionalmente de ella.

Así, tácitamente la película reflejaría un punto de vista reduccionista de la vida familiar desde la perspectiva de los Derechos Humanos: la unión conyugal o el servicio de las nanas que desde hace siglos se han venido integrando al hogar, solo podrían entenderse como contratos (de matrimonio o laboral de servicio doméstico).

Desde ese punto de vista lo relevante en este tipo de relaciones es lo que se expresa a través de las fórmulas contractuales, en cuyas cláusulas estaría la máxima garantía de la dignidad de la persona, mientras que cualquier intento de trascenderlas, de ir más allá en el servicio a la familia, así sea por bondad o por amor, se termina convirtiendo en un acto de traición hacia uno mismo.

Calificación: Regular.

No es una película recomendable desde el valor ético y pedagógico que ofrece. No tiene escenas problemáticas desde el punto de vista de conductas de riesgo o de contenidos violentos.

El lenguaje vulgar u ofensivo es bastante escaso.

La religión es representada de forma respetuosa, en especial, a través de la devoción sincera de la abuela que reza el Rosario y se encomienda en momentos de angustia.

La representación de las relaciones familiares es muy negativa. Promueve una visión de los hombres como padres y esposos desde una perspectiva feminista radical.

Sutilmente reivindica las condiciones sociales del personal doméstico, a través de una representación negativa y estereotipada de las clases sociales más acomodadas.

Aunque no se representan relaciones sexuales, se presenta un desnudo masculino frontal y por un tiempo sostenido. Innecesario y bastante chocante.

Imagen principal: The Atlantic

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