Espiritual Fe

Somos formadores de conciencia cristiana.

Evangelizar hoy exige fidelidad, carácter, convicción, estamos para formar conciencia evangélica, y jamas para aplicar incienso a lo banal y dañino; hemos de tener la seguridad de que la sal no puede volverse sosa (Mt 5, 13), de lo contrario sería una gran desgracia, no se nos olvide que la enseñanza auténtica de la Iglesia es la última reserva moral que queda a la humanidad.

«El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce a adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio».

Mt 5, 27-32

Nuestra Misión al comunicar el evangelio parece tener que ir más allá en su pedagogía al ofrecer a Cristo como respuesta a las necesidades últimas o absolutas del hombre contemporáneo, incluso nuestra misión evangelizadora no está en advertir sin más la realidad de la miseria misma como presencia pecaminosa por la cual reacciona la misericordia en busca del hombre perdido. Aquí hay un trabajo en el que cooperamos los misioneros que también requiere sacrificio, preparación reflexiva y carácter evangélico para comunicarla, en cierta forma, parresía -παρρησία-, franqueza, esa misma que nos ofrece Jesús hoy en el evangelio de San Mateo al hablarnos de la indisolubilidad matrimonial.

El ambiente de relativismo que infecta y afecta al hombre de hoy nos exige dar razón del bien, razones del por qué amar el bien y abrazar el sumo bien aunque tenga su dificultad o exigencia, como es la propia estabilidad matrimonial hasta el final; en cierto modo, nos corresponde iluminar las conciencias que han perdido el sentido de pecado, y por ello también el sentido o la necesidad del por qué se requiere recorrer la senda estrecha para alcanzar lo mejor. Con esto vamos a un aspecto propio de nuestro deber como formadores de conciencia, porque en nuestro tiempo la conciencia se encuentra cicatrizada o endurecida o cuando menos relajada, ante la subjetividad que ya no da espacios para poseer valores comunes para construirnos y entendernos.

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El Señor nos ha dicho que somos la luz del mundo. Los laicos en la Iglesia y en general los evangelizadores como portadores de la Luz de Cristo, estamos llamados a iluminar la conciencia obscurecida de muchos que parecen hoy no advertir la diferencia entre luz y tiniebla, entre lo bueno y lo malo, entre lo bueno y lo bondadoso para decantarse por un camino mejor y superar ese vivir anestesiados con el sofisma de que todo nos está permitido. Dar a Jesús es advertir por qué amar el bien, y por qué es urgente alejarse del mal.

Ser formadores de conciencia es emplear una pedagogía que ayude a descubrir qué ganamos amando el bien evangélico porque es propio de nuestra altísima dignidad humana e insuperable condición de hijos de Dios. Evangelizar, hoy por hoy, es un largo proceso de reeducación humana que debe plantar cara al secularismo que dejó al hombre sin alma y a merced de un materialismo que solo enaltece sus gustos y apetencias sin importar los caminos del cómo goza de las cosas o se muere por ellas. «El relativismo moral es un fenómeno que ha reducido al hombre en un producto de la evolución del cual se puede disponer al capricho de sus instintos y apetencias« (Benedicto XVI).

Afrontamos una época que ha traído consigo la dictadura del relativismo, a la cual –parecería que- la misma predicación de la verdad evangélica se encontrara sometida en nuestro tiempo. Lo que en otras épocas de la misión de la Iglesia y su enseñanza por amor a Cristo valió la confesión de innumerables santos que en su defensa de la enseñanza prefirieron abrazar el martirio, parecería en nuestro tiempo que ello solo se reduce a algo negociable y subjetivo. Por ejemplo, el martirio de San Juan Bautista estuvo asociado a su denuncia del adulterio como realidad contraria a la Voluntad del Señor y sus mandatos; hoy por hoy, algunos sectores incluso religiosos pueden concebirlo como tolerable, al punto de promover una cierta regularización o normalización que contradice la fe.

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Por eso, evangelizar hoy exige fidelidad, carácter, convicción. Estamos para formar conciencia evangélica, y jamas para aplicar incienso a lo banal y dañino, hemos de tener la seguridad de que la sal no puede volverse sosa (Mt 5, 13), de lo contrario sería una gran desgracia, no se nos olvide que la enseñanza auténtica de la Iglesia es la última reserva moral que queda a la humanidad.

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Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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