Espiritual Fe

Sermón para católicos tradicionales. IV Domingo de Adviento.

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Escrito por Redacción R+F

…algunos dicen que San Juan Bautista puede ser llamado “el testamento intermedio” o “el testamento medio” y toda su personalidad y su misión se podrían resumir así: “Convertíos y creed en el Evangelio”.


“El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilato la Judea, siendo Herodes tetrarca de la Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene, hallándose Sumos Sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y vino por toda la ribera del Jordán, predicando un bautismo de penitencia, para remisión de los pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas. Todo valle será terraplenado, todo monte y cerro rebajado; y los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos allanados: y verán todos los hombres la salud de Dios”.

Del Santo Evangelio según San Lucas 3, 1-6

R. P. JAVIER OLIVERA RAVASI
(ORDEN DE SAN ELÍAS).
Aquí puede escucharse el sermón «San Juan Bautista y la Conversión del Adviento« ,
del P. Javier Olivera.

El IV Domingo de Adviento plantea la figura de San Juan Bautista. Ya la hemos venido viendo a lo largo de todo el Adviento, pero este personaje central de los evangelios, aquel hombre singular, primo de Nuestro Señor Jesucristo, hijo del milagro, va a nacer de una madre estéril y de un padre anciano. El Arcángel San Gabriel había anunciado su nacimiento, diciendo de él: “Nacerá para alegría de muchos, no beberá ni vino ni grapa y estará lleno del Espíritu Santo” (Lc. 1, 14-15). El Evangelio dice que San Juan Bautista, movido por el Espíritu Santo, desde muy pequeño se fue al desierto. Algunos historiadores dicen que podría haber participado del grupo de los esenios, quienes vivían en soledad, de modo penitente, en castidad y esperaban, en la oración, la venida del Mesías de Israel.

También se narra en los evangelios que comía langostas y miel silvestre y esto, que hoy nos parece increíble, no parece serlo tanto. Cuando Santo Tomás de Aquino comenta los evangelios, dice –citando a un obispo de Francia–, que hay un tipo de langostas pequeñas en el desierto de Judea que tienen el cuero como el dedo meñique de la mano de un hombre, que se toman fácilmente y que se pueden cocer con aceite. Este era un alimento típico de los pobres de Judea. Y cuenta también que, en este desierto –entiéndase, vacío de gente, pero no estéril en materia de vegetación–, hay árboles que tienen hojas redondas de color leche y con un sabor agradable que pueden quebrarse con las manos y comerse. Es a esto que llaman “miel silvestre”.

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La personalidad de San Juan Bautista resulta, a todas luces, extraordinaria, tanto en su comida, como en su bebida, vestido con pieles de camello en vez de pieles finas. Es como si alguien se vistiera con la piel de la vaca. Su figura es toda una introducción al Nuevo Testamento y una culminación del Antiguo Testamento. Por eso, algunos dicen que San Juan Bautista puede ser llamado “el testamento intermedio” o “el testamento medio” y toda su personalidad y su misión se podrían resumir así: “Convertíos y creed en el Evangelio”.

El bautismo de San Juan no era sacramental, no borraba, estrictamente, los pecados, pero exigía, antes, la confesión pública de los mismos. Por esto dice el Evangelio que acudía a él toda la gente de Jerusalén, Judea y del valle del Jordán, confesaba sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Es por esto que se entiende por qué cuando los fariseos y los saduceos se le acercaron a San Juan Bautista para que los bautizara en un acto de demagogia, solo porque veían que la gente lo seguía, él les va a decir esta frase durísima: “Raza de víboras ¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión” (Lc. 3, 7-8); es decir, querían recibir el bautismo sin confesar públicamente los pecados. Es como, a veces, pasa con algún penitente en la confesión, que quiere confesar sus pecados, pero no los quiere decir todos o no quiere cambiar del todo.

El perdón de los pecados requiere nuestro arrepentimiento y nuestro propósito de enmienda. Si no estoy arrepentido de lo que hice, si no quiero corregirme en lo futuro –por más que el sacerdote que me confiese sea el Padre Pío o el Cura de Ars o el santo más grande del mundo, y levante la mano y diga en español, en latín o en quechua: “Yo te absuelvo…” –, esa confesión no vale nada. Lo principal, entonces, es el propósito sincero de no volver a pecar, por más que, después, la fragilidad humana nos lleve, por nuestras miserias, a caer nuevamente, pero, en el momento de la confesión, realmente, uno debe estar arrepentido y debe querer cambiar. De nada sirve el acto del ladrón que va a confesarse, pero, al día siguiente, quiere volver a hacer lo mismo. De nada sirve confesar una mentira, pero sabiendo que mañana la va a repetir. De nada sirve sin evitar, a futuro, las ocasiones que a mí me llevan al pecado. Hoy estamos en Adviento, a pocos días de Navidad y los evangelios de estos días son, justamente, para nosotros. La Iglesia sigue predicando, Cristo sigue predicando en un desierto como San Juan Bautista, un desierto donde están ausentes los deseos de acercarnos realmente a Dios.

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Cuando San Juan Bautista dice que él es la voz que clama en el desierto se refiere, justamente, a ese desierto espiritual que existía antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo; mucha gente que no estaba dispuesta a recibirlo y, la primera venida de Nuestro Señor fue muy parecida a lo que será su segunda venida. La Iglesia sigue gritando como San Juan Bautista: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Es por esto que, en este Adviento, debemos nosotros pensar en nuestra disposición para esta venida. Que sea cierto lo que le decimos a los niños: “Hay que preparar un pesebre en nuestro corazón para que el niño Dios, cuando venga, sea bien recibido”. Que este Adviento le hagamos caso a San Juan Bautista, el profeta, el loco, el precursor que anunció la alegría más grande que una persona puede recibir: Dios ha venido a visitar a su pueblo y a redimirnos de nuestros pecados.

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