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Espiritual Fe

Sermón para católicos tradicionales. Domingo de la Infraoctava de Navidad.

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Escrito por Redacción R+F

Y Simeón, tomándolo en brazos, improvisó el “Cántico de Simeón” y profetizó acerca dél, que era el Salud-dador de Dios, el Esperado de todas las Naciones, que sería signo de contradicción y haría que se manifestara el “pensamiento oculto” de muchos, “los pensares del corazón” -o sea, el pensamiento fundamental por el cual el hombre elige CON Dios o CONTRA Dios…

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: ‘Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!– a fin de que queden al descubierto las intenciones e muchos corazones’. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y
hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea,
a su ciudad de Nazaret”.

Del Santo Evangelio según San Lucas 2, 22-39
R.P Leonardo Castellani

(Sermón de 1961)

Presentación del Niño al Templo y la cuarta revelación de Cristo, esta vez a dos ancianos: la primera, a Santa Elisa y Juan Bautista; la segunda, a los Pastores; la tercera, a los Reyes Magos –sin contar la revelación a María y a José.

Lucas es el Evangelista de la Infancia de Cristo; la cual tuvo que haber sabido por su misma Santísima Madre. Según la Ley de Moisés, el primogénito o primer Hijo pertenecía a Dios, y los padres tenían que “redimirlo”, o sea, recomprarlo a los 40 días por 5 “shekels”, o sea, sidos de plata -o un cordero o, para los pobres, dos palomas- junto con la ceremonia de la “Purificación” de la Madre. La Santísima Virgen, a quien los españoles llaman “la Purísima”, no necesitaba purificarse -como el Niño tampoco “ser redimido”; pero quiso cumplir con la ley externa: “deja eso ahora, porque así nos conviene cumplir toda justicia”.

Estaban presentes a la ceremonia un anciano sacerdote llamado Simeón, probablemente haciendo la ceremonia, presentando el Niño a Dios, el cual ya había sido circuncidado, cosa que celebramos mañana y que Lucas omite; y una Santa Ana, a la cual el Evangelio llama “Profetisa”, probablemente recitadora de estilo oral; que era viuda desde unos 60 años, tenía 84 y había sido casada solamente 7, la cual vivía en “oraciones y ayunos” (¡ayunos a los 84 años!) y “sirviendo a Dios en el Templo.” ¿Sirviendo para qué? ¿Para estorbar? Probablemente recitando la Biblia a los niños y los ignorantes: o sea, “profetisa”.

Estos dos eran Santos; y reconocieron al Mesías. Y Simeón, tomándolo en brazos, improvisó el “Cántico de Simeón” y profetizó acerca dél, que era el Salud-dador de Dios, el Esperado de todas las Naciones, que sería signo de contradicción y haría que se manifestara el “pensamiento oculto” de muchos, “los pensares del corazón” -o sea, el pensamiento fundamental por el cual el hombre elige CON Dios o CONTRA Dios. Y a María le profetizó que una espada de dolor traspasaría su corazón: “Nuestra Señora de las Siete Espadas”, la llaman los ingleses; o sea, la Virgen de los Dolores.

”Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace”: Señor, ahora despachas a tu siervo, según tu promesa, en paz, porque el Espíritu Santo le había inspirado que no moriría sin haber visto con sus ojos al Salud-dador de Dios.

Fray Bartolomeo (1516). Óleo sobre madera de álamo. Museo de Historia del Arte de Viena.

“Quod parasti ante faciem omnium populorum: lumen ad revelationem gentium”: (La Salvación) que pusiste ante el rostro de todos los pueblos: luz para iluminar a las Naciones. Esto no sabían los judíos -que el Salvador venía no solamente para ellos: que para TODAS LAS GENTES venía. Simeón lo supo de por el Espíritu Santo; o quizás, por una lectura más atenta y perspicaz de las Escrituras. O sea, por las dos cosas.

Dios no abandonó a todas las gentes para proteger solamente a la gente israelita. En todas las grandes religiones se encuentran algunos rasgos parecidos a la revelación hebreo-cristiana; por ejemplo, que un dios iba a nacer de una virgen y entonces se renovaría la tierra en un nuevo Siglo de Oro. Los impíos actuales (como mi amigo el judío italiano Talagnino) han inventado en consecuencia que la religión de Cristo es un plagio; lo cual es un grueso disparate, no hay más que leer el Evangelio al lado del Típi-Taka (Tres Canastas), libro sagrado del budismo, para ver tienen poco que ver. Esos pocos rasgos en que coinciden -unas con uno, otras con otro- son vestigios de una revelación primitiva, hecha quizás a Adán que se conservaron en medio de un garabato de mitos y supersticiones. Por ejemplo, la leyenda de Buda dice que Buda -o sea, Siddharta Gautama- nació de una virgen. El Gautama histórico ciertamente no nació de una virgen.

Por ejemplo, la Égloga Cuarta de Virgilio, escrita 40 años antes d!’ la Natividad. El gran poeta romano describe el nacimiento de un Niño que trae consigo el Siglo de Oro, la justicia, la moralidad, la prosperidad; un niño que sonríe a su madre: “Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem[ … ] Magnus ab integro saeclorum nascitur ardo” (Empieza ¡oh tierno niño! a conocer a tu madre por tu sonrisa[ … ] Ya empieza de nuevo una serie de grandes siglos).

“Ha llegado la plenitud de los tiempos”, dice Virgilio, “el orden íntegro de los grandes siglos”. Leyendo esos hexámetros, uno ve que se aplican maravillosamente a Cristo, mucho mejor que al recién nacido hijo del Cónsul Polión, al cual dedicó Virgilio su poema; de modo que en la Edad Media creyeron que Virgilio era santo (y lo fue en algún modo) que había tenido como Simeón y Ana Profetisa revelación del Mesías. No fue así: él sacó su profecía del libro de la Sibila Cumea que puede ser un vestigio de la revelación primitiva, o una extracción pagana de fuentes judías.

La humildad de la Santísima Virgen, la santidad de Ana, el arranque profético del viejo Simeón hay que alabar en este Evangelio; sin olvidar que ese Niño había de ser una “bandera de contradicción”, una figura ante la cual los hombres tendrán que decir SÍ o NO.

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