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¿Se podrá recuperar la misa en Colombia?

Francisco Flórez
Escrito por Francisco Flórez

Recuperar el incienso y el órgano, los reclinatorios y los confesionarios. Tirar las guitarras y los sintetizadores, despedir a las “monguillas” y volver a los monaguillos, poner el sagrario en su sitio… ¿será pedir demasiado?

Resulta cada vez menos temerario afirmar que las reformas litúrgicas efectuadas durante el Concilio Vaticano II han sido un fracaso. Si la idea era incorporar a la misa una ritualidad más amigable que acercara al pueblo y aumentara la feligresía, el resultado ha sido todo lo contrario. Desde finales de la década de los sesenta, cuando se implementó el nuevo uso litúrgico para la misa (Novus Ordo Misae), la asistencia a la iglesia se ha desplomado precipitosamente, a la par con las vocaciones religiosas.

 Desde finales de la década de los sesenta, cuando se implementó el nuevo uso litúrgico para la misa (Novus ordo misae), la asistencia a la iglesia se ha desplomado precipitosamente, a la par con las vocaciones religiosas.

Por supuesto que este abandono masivo de la fe, que se ha verificado en la Iglesia católica durante los últimos 50 años, no puede atribuirse sólo el Novus Ordo en la misa. La diáspora de ex católicos tiene mucho que ver con la revolución intelectual y sexual de los sesentas y setentas, cuya consecuencia es la cultura actual en la que nos hemos criado los colombianos, tan hostil al cristianismo.

Pero dicho eso, algo – o mucho- de culpa se le puede endilgar al nuevo uso litúrgico, que transformó un sacrificio solemne, lleno de misterio y reverencia, en unas charlas dominicales de superación personal.

Sé que la misa siguió siendo en esencia la misma y que su maravilloso sacrificio ocurre independientemente del culto antiguo o nuevo. Y acá no pretendo criticar la misa, quizás el mejor regalo que nos dejó Dios en su paso por éste mundo, sino las nuevas formas litúrgicas que la maltratan.

 Los diáconos y los monaguillos fueron sustituidos por ejércitos de pensionadas, sacerdotisas de barrio que “concelebran” con el padre.

El incienso escasea, junto con el agua bendita. El órgano y los cantos religiosos fueron reemplazados por guitarras y pésimas adaptaciones de baladas y canciones de rock. A duras penas se encuentra un reclinatorio. Los confesionarios se fueron al traste. Los diáconos y los monaguillos fueron sustituidos por ejércitos de pensionados, laicos de buena voluntad, pero que en ocasiones parece que “concelebran” con el padre.

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Tan menospreciada está la Sagrada Eucaristía (la imparte cualquier laico, sin patena, como repartiendo cualquir cosa mundana, haciendo difícil de percibir que estamos ante el misterio de la transustanciación.

Lo anterior no debe extrañar; por cada 100 sermones que hablen sobre la importancia de ser feliz o lo bonito que es ser un buen amigo, no hay 5 que se refieran a la real presencia en la Eucaristía.

El sacerdote le hablaba a Dios mientras le ofrecía la víctima más perfecta, ahora le da la espalda mientras que “preside” una asamblea, muy a la protestante.

La relajación en la solemnidad perjudicó mucho la piedad de la feligresía, que antes iba con su mejor atuendo para arrodillarse, como si estuviera ante el Gólgota, y ahora va de sudadera a escuchar la homilía del padre tal, sobre lo lindo que es compartir.

En el 2007, el Papa expidió un motu proprio mediante el cual no solo reafirmó que el uso litúrgico tradicional seguía estando vigente, sino que exhortó a párrocos y a obispos a celebrar la misa según la estableció el Papa Pío V tras el Concilio de Trento, en el siglo XVI.

El referido motu proprio  generó una ola de curiosidad y nostalgia. Parroquias a lo largo del mundo dedicaron algún día al mes o a la semana para celebrar misa tradicional, con notable éxito.

Hoy en Manhattan, la Iglesia de los Santos Inocentes la celebra a diario, y es la misa con mayor concurrencia de la parroquia. Como este caso de Nuevo York hay múltiples por todo el mundo.

Y es que el decreto papal de 2007 coincidió con la llegada a los púlpitos de una nueva generación de sacerdotes, que no fueron educados bajo las guitarras y las panderetas del Concilio Vaticano, que han optado por la sotana en vez de los jeans, y prefieren ser vistos como sacerdotes consagrados y no como gurús complacientes de superación personal

Y es que el decreto papal de 2007 coincidió con la llegada a los púlpitos de una nueva generación de sacerdotes, que no fueron educados bajo las guitarras y las panderetas del Concilio Vaticano segundo y de la teología de la liberación, sino que han sido testigos de las desastrosas consecuencias de esas tales guitarras. Muchos de estos jóvenes han optado por la sotana en vez de los jeans, y prefieren ser vistos como sacerdotes consagrados y no como gurús complacientes de superación personal.

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En cuanto a los laicos, que nunca habían visto una misa tradicional, de repente se toparon con una celebración llena de solemnidad ceremonial y musical, un rito misterioso y profundamente conmovedor en donde todo gira alrededor de la hostia y el tabernáculo, no del cura y de su homilía.

Dicho todo lo anterior, sería interesante si la Diócesis de Bogotá apoye la difusión de la misa tradicional en tantas parroquias como fuera posible. También facilitar formación para que los sacerdotes interesados en ello, puedan celebrar misa tradicional, para la cual me atrevo a presagiar un creciente interés. En fin, propongo hacer votos para que las misas estilo padre Linero cedan el paso a las tradicionales del padre Campoamor.

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