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“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” ¿Esta vez tampoco?

Una recta doctrina acerca de la misericordia de Dios no desdibuja o niega la dimensión de justicia en la acción divina, pues si no hubiera causa de castigo objetiva en términos morales y hasta jurídicos, tampoco se podría hablar de misericordia, pues solo hay lugar a esta última cuando se merece una pena por los pecados cometidos, pero el reo es eximido de cumplirla por un acto de liberalidad de Dios, quien es suma justicia y suma misericordia simultáneamente.

Introducción.

En estos momentos de inmenso dolor para la Iglesia Católica peregrinante, infiltrada por un número más que considerable de enemigos de Cristo, vale la pena recordar aquellas consoladoras palabras que, desde la cruz, el Salvador del mundo exclamó, dirigiéndose a aquel a quien obedecía y en quien encontraba toda su seguridad: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34), sobre las que se propone una meditación en lo sucesivo.

Una recta doctrina acerca de la misericordia de Dios no desdibuja o niega la dimensión de justicia en la acción divina, pues si no hubiera causa de castigo objetiva en términos morales y hasta jurídicos, tampoco se podría hablar de misericordia, pues solo hay lugar a esta última cuando se merece una pena por los pecados cometidos, pero el reo es eximido de cumplirla por un acto de liberalidad de Dios, quien es suma justicia y suma misericordia simultáneamente. A partir de esta verdad esencial de la fe católica, se esbozan, a continuación, algunas reflexiones espirituales, pidiendo al lector que tenga en mente los acontecimientos más recientes en la vida de la Iglesia y, particularmente, la primera semana del Sínodo de la Amazonía, que comenzó el pasado 6 de octubre.

Dirigiéndose al Padre

El Señor Jesús, como siempre, se dirige a Su Padre, de quien también son hijos todos los bautizados, invitados un día por el Creador de Cielos y Tierra: “Vino, entonces, una nube que los cubrió con su sombra, y de la nube una voz se hizo oír: ‘Este es mi Hijo, el Amado. ¡Escuchadlo!’” (Mc. 9,8).

Ahora, es el Hijo el que se dirige al Padre. La nube luminosa del día de la Transfiguración ha dado paso a un eclipse de los astros que se cierne sobre Jerusalén, de la misma forma que, por estos días, se cierne sobre el mundo un eclipse de la verdad, de la esperanza y de la vida.

El Hijo amado, el primero entre todos, se dirige a su Abba para pedir perdón por aquellos que lo asesinan cruelmente. Sin embargo, es Su íntima conexión con el Padre la que lo sostiene. Jesús nunca está solo, ni siquiera cuando sus discípulos, sus amigos más cercanos, lo abandonan, siempre se mantiene en oración con el Padre y el momento de la cruz no es la excepción, a Él se dirige nuevamente, no para pedir la justicia que, desde la lógica humana sería legítimo pedir, la del rayo fulminante, la legión de ángeles o el terremoto, que tiene toda autoridad para solicitar como Rey del Universo. La justicia que pide para ellos no es distinta que aquella que ha enseñado a lo largo de su vida, por ejemplo, en el encuentro con la adúltera, con Zaqueo, con la samaritana, en la parábola del Hijo Pródigo, la ley del momento extremo en la cruz sigue siendo la misma: LA MISERICORDIA.

Perdónalos.

Quienes lo crucifican son aquellos que lo han visto obrar milagros, curar enfermos, resucitar muertos. Su cerrazón soberbia a la realidad los hace ignorar la evidencia misma de la persona del Señor Jesús. Ante todo, quieren rechazarlo, Su presencia les resulta incómoda y, Su Palabra, aún más. No aceptan el perdón, no aceptan la misericordia porque no aceptan la existencia del pecado. Es la misma actitud que asume hoy el mundo y los hombres mundanos que se han infiltrado en la estructura eclesiástica temporal frente a la Iglesia auténtica de Cristo en el momento que, desde las enseñanzas mismas de Su fundador, propone un estilo de vida acorde con dignidad sobrenatural del ser humano y, por lo tanto, advierte sobre ciertas acciones que atentan contra ella.

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Pareciera que muchos le piden a la Iglesia que declare buenos moralmente todos los caprichos del hombre, que elimine aquel anacrónico y terrible concepto de “pecado” y permita tal y cual cosa. Aceptar el perdón, por el contrario, implica reconocer la propia falta; no hay perdón allí donde no se reconoce el error y, por eso, en el rechazo a la Iglesia y, concretamente, al sacramento de la confesión, sigue dándose el mismo rechazo que el Señor Jesús sufrió hace más de dos mil años, precisamente, porque, como entonces, son muchísimos los que no están dispuesto a aceptar que viven en pecado mortal, que son impenitentes, que no tiene méritos para alcanzar la vida eterna, que no son felices porque no son santos y, no queriendo reconocer estas evidencias, se niegan a aceptar que deban pedir perdón a quien todo lo perdona, excepto esa negación de la gracia, fruto de la soberbia.

No existiendo el pecado ni tampoco el perdón ―porque según esta perspectiva nada es malo― lo más natural frente al prójimo es el indiferentismo, llamado tolerancia por la mentalidad del liberalismo clásico, tan nefasta para Occidente y que se identifica en consignas populares como: “No me importa lo que hagas desde que no me toques”, “Vive tu vida y déjame vivir la mía”, “¿A mí qué me importa lo que hagas con tu cuerpo?”, “No se fume la marihuana al lado mío y listo”, “Métase en sus asuntos” o, como alguna canción del rock argentino contemporáneo: “¿Con quién lo hacés? ¡¿Francamente qué importa?!”. El Señor se involucra con el pecador, no para juzgarlo, fundamentalmente, sino para perdonarlo, pero dicho perdón exige el juicio moral que es inherente a la naturaleza intelectual de Dios y del hombre, esto es, reconoce el pecado para invitar a una vida nueva y, por eso, aquella frase luminosa y llena de esperanza dirigida a la mujer adúltera, pero cargada de la seriedad en la que también brilló el más hermoso de los hombres: “Yo no te condeno tampoco. Vete, desde ahora no peques más” (Jn. 8,11). Ante el auténtico arrepentimiento de una mujer herida a raíz de su sed infinita de amor y de sus errores en su deseo de saciar esa sed, que El Señor Jesús conocía como nadie, regala el perdón, pero exhortando a un cambio de vida sincero, no exponiendo una versión facilista de la vida cristiana que promueve el relajamiento moral y está condenando a muchas personas en el infierno, como advirtió la Virgen de Fátima, hace ya más de un siglo.

En la cruz, en el momento de la agonía final, Jesús ya ha perdonado, su amor no tiene límites y rompe toda lógica meramente legalista, muy propia del ser humano, sin embargo, pide el perdón del Padre para aquellos verdugos que son todos los hombres cuando pecan. No obstante, ese perdón es un don infinito que solo se puede recibir cuando se reconoce la falta y se acepta como regalo inmerecido de Dios, que, en sentido estricto teológico, nada debe al hombre, quien recibe todo de Él por sobreabundancia de amor, pero no por justicia.

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¿Sabían lo que hacían?

La antigua filosofía de la muerte de Dios, que tomó fuerza con la obra de Friedrich Nietzsche en el siglo XIX tiene como antecedente una tendencia en el ser humano a competir con Dios, a excluirlo de su vida, pues el hombre cree, falsamente, poder ser feliz y realizarse sin Él, más bien, lo entiende como enemigo de Su felicidad. La materialización de esta idea es clara en la crucifixión. La muerte de Dios nietzscheana se dio, como indicaba el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, aquella tarde de viernes, en el Gólgota, cuando los hombres se confabularon para eliminar a aquel que, con Su vida, recuerda que el ser humano está llamado al amor y exige un cambio real de vida, aquel que desinstala a los suyos de la aparente comodidad del pecado y los reta a la excelencia cristiana en la vivencia plena del amor, de la entrega, de la donación. En aquella cruz murió el hombre que mostró la frustración de vivir para sí mismo, pero enceguecidos por el mal y la sinrazón, ofuscados sus pensamientos y sus ideas, los verdugos quisieron acallar Su voz, que es la misma voz de la conciencia, descargando su ira animal contra quien menos culpa tenía.

Buscando una falsa felicidad, prometida desde antiguo por el enemigo malo, las creaturas más perfectas mataron al único que puede dársela ¿Sabían lo que hacían? Sí, muchos de ellos pudieron ver a Dios Padre en las acciones del Señor Jesús, así que sabían que, por lo menos, aquel hombre era inocente, pero, al mismo tiempo, tenían una confusión interior que les impedía discernir con claridad y lucidez y, peor aún, un gran apego al pecado. Es lo mismo que experimenta todo hombre al violar le ley de Dios, pues lo hace voluntariamente, pero, en el fondo, cuando, cede a la tentación, está suponiendo y arraigando en su entendimiento que hay una forma de ser más feliz desobedeciendo a Dios y Él, con su moralina, no es más que un estorbo para el despliegue personal del hombre. Hoy, muchos fieles, sacerdotes y jerarcas de la Iglesia Católica creen que Dios ―o lo que ellos llaman “una idea de Dios” para suavizar lo herético y blasfemos de su afirmación, sin éxito, claro está― castra, prohíbe, impide, oprime y por eso quieren matarlo otra vez. Saben lo que hacen, ciertamente, pero, lo más seguro es que no saben con certeza quién es Dios y creen que vencerán sin Él.

El acto terrible del Calvario trae consigo una ignorancia, una decodificación errada de los anhelos más profundos del alma. La libertad que se busca matando a Dios es la que solo Él puede dar al hombre si este sigue Su Plan. El verdadero Rey que buscaba el Pueblo elegido y cuya imagen El Señor Jesús parece traicionar es, justamente Él, varón de dolores, pero, con ello, precisamente, está dando una lección que toca, incluso, las entrañas mismas de una Filosofía y de una Teología Politica, pues  el paradigma de Rey que tenían muchos judíos debía ser cambiado. Significa tanto y Su mensaje cuestiona tan profundamente al ser humano que no basta con vivir una vida a espaldas suyas, finalmente hay que consumar el rechazo con el aniquilamiento de Dios, de esa presencia incómoda para el hombre viejo que se alberga en el interior de cada hombre, para aquel lado oscuro que todos tienen, pero cuya imagen está inscrita en lo más profundo de nuestra identidad y hace gritar con el salmo: “Mi alma está sedienta de ti” (Salmo 62, 2).

Sobre el Autor

Carlos Andrés Gómez Rodas

Carlos Andrés Gómez Rodas

Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia). Ha sido docente de la misma institución, de la Universidad Católica Luis Amigó y de la Escuela de Administración, Finanzas e Instituto Tecnológico (EAFIT).
Es consagrado a Nuestra Señora de Fátima por el método de San Luis María Grignion de Montfort desde el año 2016.
Es coautor del libro "100 preguntas y respuestas para comprender el conflicto colombiano" (2017), ha sido colaborador en publicaciones colectivas como "Filosofía y personalismo en un mundo en crisis Tomo II" (Universidad Católica de Colombia, 2017) y es autor de varios artículos en revistas académicas nacionales e internacionales.
Es miembro de la Red Latinoamericana de Filosofía Medieval, del Centro de Estudios Clásicos y Medievales Gonzalo Soto Posada (CESCLAM) y de la Asociación Española de Personalismo (AEP). Colabora, periódicamente, en Razón+Fe y en el área Internacional de El ojo digital, portal argentino de análisis político.

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2 Comments

  • Muchos no entienden el proceder del Papa Francisco, y por eso le cuestionan, critican, he incluso insultan. ¿No se dan cuenta qué estudiándolas como si fueran cosas serias, reduce las cosas absurdas al absurdo para zanjar las de una vez por todas?