Espiritual Fe

La esperanza. Virtud para tiempos críticos.

Santa Josefina Bakhita

La esperanza es la virtud del “todavía no” que mantiene al hombre en camino, no solo hacia su fin sobrenatural, sino hacia los fines temporales que tiene, es decir, no solo se habla de esperanza cuando se hace referencia al ser humano que aguarda la vida eterna que Dios le ha prometido, sino también cuando la persona cree que los proyectos que tiene en esta vida, si son de Dios, se realizarán. No se impacienta ni se desespera, aguarda confiado en la gracia de Dios.

La virtud de los que esperan

Dice San Pablo a los filipenses: “Hermanos, yo no creo haber logrado aún el fin” (Fil 3,13). Con esto indica que está en camino, que aspira a conquistar una meta, pero todavía no llega, que es un peregrino.

Es bien sabido que el fin de la vida humana es Cristo, la meta del hombre es el encuentro con Él que significa la plenitud, la felicidad, el conocimiento total de sí mismo y de la realidad.

Como todos los seres humanos están en camino hacia ese encuentro, son viadores, peregrinos, caminantes, hasta el fin de su vida terrena, están siempre en espera, no han alcanzado, pero saben que alcanzarán el gozo pleno y la comunión con Dios, es decir, la perfección.

Entre estos dos extremos, la presunción y la desesperación, se encuentra la virtud de la esperanza

Afirmar que ya se ha alcanzado la plenitud o tratar de conseguirla por medios temporales y humanos es un error, pues equivale a pensar que sin Dios se puede realizar totalmente la naturaleza humana, que sin Él puede el hombre alcanzar el gozo infinito que anhela su corazón.

Por otro lado, pensar que nunca se alcanzará ese estado es desesperar, impacientarse en el camino y sumirse en un pesimismo de lamentables consecuencias para el ser humano.

Entre estos dos extremos, la presunción y la desesperación, se encuentra la virtud de la esperanza (cuya raíz latina es Spes vinculada a pes, pies) que caracteriza al homo viator (hombre viador, peregrino) que camina hacia Dios respondiendo a su nostalgia de infinito y, aunque sabe que todavía no ha llegado a su meta, tiene la seguridad de que llegará.

La desesperación como vicio es una decisión voluntaria, una opción

La esperanza es la virtud del “todavía no” que mantiene al hombre en camino, no solo hacia su fin sobrenatural, sino hacia los fines temporales que tiene, es decir, no solo se habla de esperanza cuando se hace referencia al ser humano que aguarda la vida eterna que Dios le ha prometido, sino también cuando la persona cree que los proyectos que tiene en esta vida, si son de Dios, se realizarán. No se impacienta ni se desespera, aguarda confiado en la gracia de Dios.

La desesperación y la presunción

Hay dos formas de falta de esperanza, una es la desesperación y otra la presunción.

La desesperación: Si se afirmaba que la esperanza es la virtud del “todavía no”, la desesperación se queda con el NO y lo hace rotundo, es decir, se niega toda posibilidad de redención para el ser humano. El desesperado no cree que las cosas pueden mejorar, sino que da por sentado que el hombre y el mundo acabarán mal, no tendrán un feliz desenlace.

Cuando se habla hoy de desesperación, tal vez se piensa en un estado anímico en el que se recae contra la propia voluntad, pero la desesperación como vicio es una decisión voluntaria, una opción. No se cae involuntariamente en ella, sino que es una elección. Se elige negar la posibilidad de salvarse y negar, del mismo modo, a Cristo y su capacidad redentora.

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Quizá no hay mejor expresión de la desesperación que el suicidio, pues cuando la persona no ve más salida que esa es porque ha asimilado que su vida no tiene futuro, no vale la pena esperar nada, es mejor morir.

Con mucha razón dice San Juan Crisóstomo en el comentario al Evangelio de San Mateo: “No es tanto el pecado como la desesperación lo que nos precipita en la perdición”.

La presunción: Lleva a creer que no hay que esperar, que no hay nada qué esperar, porque todo se tiene ya. Este vicio contrario a la esperanza se puede dar de dos formas: una, en la mentalidad burguesa de la Modernidad, según la cual el hombre puede, por sus propios medios y sin ayuda de Dios, construir el paraíso en la tierra, el mundo perfecto, y otra, en la creencia de que ya ha sido salvado y no tiene que esforzarse por vivir una vida coherente con la fe cristiana.

Esto segundo se da, de modo paradigmático, en el protestantismo y es una de las tesis centrales de Martín Lutero, conocida como sola fides. Esta presunción contradice la espera y está representada en el materialismo y el cientificismo moderno, que, afirmando la autonomía del ser humano, excluye a Dios y, por tanto, niega el estado de caminante propio de su naturaleza.

Son muchos los que hoy desesperan y, por eso, huyen de la realidad, optando por la muerte, inmediata o paulatina, a través del consumo de drogas o una vida arriesgada e imprudente. Muchos también creen estar satisfechos y plenos en una sociedad de consumo y parecieran no tener un norte, una meta que los haga trascender, viven como cosas en medio de cosas simulando ser felices y no necesitar nada más. A los dos les falta esperanza.

Cultivando la esperanza

Algunos medios para cultivar la esperanza en nuestra vida son:

La oración: “Cuando ya nadie me escucha Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad; el que reza nunca está totalmente solo” (Spe Salvi 32). Fue la oración lo que sostuvo al inolvidable Cardenal Nguyen Van Thuan durante sus trece años en la cárcel, e los que no desesperó ni se rindió, porque siempre se mantuvo en contacto con el Señor, en Él encontró la esperanza para seguir caminando en medio de las dificultades. Fue también la oración en común lo que mantuvo la esperanza de los primeros cristianos perseguidos y los llevó, incluso, al martirio, al testimonio de entregar su vida, pues solo alguien que aguarda algo más tiene tal valentía.

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La acción consagrada a Dios: Siempre que se desea sacar algo adelante, un proyecto, una empresa, una iniciativa social, hay esperanza. El hombre de buena voluntad tiene la esperanza de un mundo mejor, más justo, más reconciliado y, por eso, trabaja día a día con ese fin. Sin embargo, este trabajo cotidiano sin referencia a Dios y teniéndolo como causa y fin, termina en un activismo estéril que, más bien, demuestra la incapacidad humana y sume al hombre en la angustia y la desesperación, pues le permite comprobar que sus fuerzas son muy limitadas para todo lo que hay que hacer. El hombre que obra ofreciendo a Dios lo que hace, sabe esperar y, al ver los frutos de su esfuerzo, descubre que no todo viene de su propio trabajo, sino que es Dios el Señor de su historia, de la Historia. Eso lo lleva a crecer en la esperanza y a transmitirla a otros.

Acompañar y consolar al que sufre: En todo gesto de caridad con el enfermo, el preso, el triste y el hambriento, hay un cultivo maravilloso de esperanza, pues se le muestra a ese que sufre que no está solo, que todavía puede esperar, que su futuro no es negro ni incierto, porque Dios se hace presente en su vida por medio de otras personas. Del mismo modo como el hombre puede consolar y ser testigo de esperanza en un mundo en crisis, debemos dejarse consolar por El Señor, llevarle sus penas y angustias. Decía San Buenaventura que “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”.

Mirar a María: María es, para el creyente, madre de la esperanza, madre de la espera gozosa, de la expectación, en el momento de la Anunciación-Encarnación del Verbo, pero también de la espera confiada y silenciosa en el dolor de la cruz, cuando todos han abandonado al Hijo. El creyente descubre en la madre de Dios una guía segura, un aliento permanente en el peregrinar. Por eso, el pueblo fiel hace tanto tiempo la invoca repitiendo: vida, dulzura y esperanza nuestra.

Conclusión

“Hoy el mundo tiene necesidad de esperanza, y la busca” (No. 3)[1], dijo el Santo Padre Juan Pablo II en alguna ocasión. Por ello, hay una enorme necesidad de que los discípulos de Cristo, no sólo den razón de nuestra esperanza, sino que sean, ante todo, personas esperanzadas, personas que vivan de la esperanza que Cristo les ha dado y la transmitan a los demás.

La esperanza lleva al ser humano a vivir la confianza en Dios, aun en medio de las horas más oscuras de la historia de la humanidad, aun en medio de las dificultades propias de la vida cotidiana, aun en medio de las adversidades que encuentra en la realización de su misión personal. La esperanza lleva al hombre a mirar al futuro con ilusión y expectativa, porque se tiene puesta la mirada en el Señor Jesús: Él ha vencido, y está con todos (Mt 28, 20), pues no miente San Pablo cuando dice que “en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm. 8,28).

Bibliografía

S.S Benedicto XVI. Carta Encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana. Lima: Paulinas, 2007.

S.S Juan Pablo II. Discurso durante el encuentro en la Universidad Nicolás Copérnico de Torun. 7/6/99.Recuperado de //w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1999/june/documents/hf_jp-ii_spe_19990607_torun.html


Sobre el Autor

Carlos Andrés Gómez Rodas

Carlos Andrés Gómez Rodas

Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia). Ha sido docente de la misma institución, de la Universidad Católica Luis Amigó y de la Escuela de Administración, Finanzas e Instituto Tecnológico (EAFIT).
Ha sido colaborador en publicaciones colectivas como "Filosofía y personalismo en un mundo en crisis Tomo II" (Universidad Católica de Colombia, 2017) y autor de varios artículos en revistas académicas nacionales e internacionales.
Es miembro pleno de la Red Latinoamericana de Filosofía Medieval y miembro activo de la Alianza de Fátima y de la Asociación Española de Personalismo (AEP). Colabora, periódicamente, en Razón+Fe y en el área Internacional de El ojo digital, portal argentino de análisis político.

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