Espiritual Fe

«Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría».

Contemplar a Jesús ascender y sentarse en el trono sagrado, a la derecha del Padre, es advertir que nuestra humanidad está en Dios: triunfante, capaz no solo de lo mejor, lo noble, lo puro, lo bueno, sino de lo santo.

“Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.

LC. 24, 46 – 53

Es un día grandioso, “el Señor asciende entre aclamaciones y se sienta en su trono sagrado (Sal. 47)»: es lo que alegres cantamos con el orante en la liturgia de hoy, sobrecogidos de asombro ante los movimientos de tan especial acontecimiento descrito por el relato Lucano (Hch 1, 1-11; Lc 24, 46-53).

En la Ascensión del Señor, estamos llamados a captar cómo nuestra humanidad caída es rescatada y elevada en Cristo. El Padre le ha dado la razón en su forma de vivir y luchar al levantarlo de entre los muertos. Jesús no se quedó atrapado en la tumba, no se quedó bajo tierra; una vida como la suya nunca será aprisionada por la muerte, y ahora le vemos elevarse a la vista de tantos testigos en las periferias del camino a Betania.

El asombro de los católicos convertido en alabanza y adoración no puede faltar hoy, sobre todo cuando vivimos en una sociedad que padece un gran complejo de inferioridad y una animosidad para sentirnos hundidos y agobiados; creemos que nuestra carne está condenada al error, al egoísmo, al pecado y a la nada, que somos el “ser ahí”, arrojado a una existencia pesada, incapaz de levantarse y trascender hacia la alegría completa.

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Contemplar a Jesús ascender y sentarse a la derecha del Padre, es advertir que nuestra humanidad está en Dios: triunfante, capaz no solo de lo mejor, lo noble, lo puro, lo bueno, sino de lo santo.

En la Trinidad ha entrado nuestra humanidad, como la gota de agua que deposita el sacerdote en la especie del vino para ser consagrada. Al vivir en Jesús y seguirle por el camino, él nos hace capaces, audaces y vencedores, estamos donde las malignas fuerzas que pretendían hundirnos jamás lo consideraron, estamos en Dios, y ahora Jesús está de modo nuevo entre nosotros. Con esta confianza y certeza, “Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.

Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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