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El Papa y la Verdad: distinguir, no confundir.

Edwin Botero Correa
Escrito por Edwin Botero Correa

Es ya lugar común que a cada declaración de un Romano Pontífice le siga una tempestad mediática. El asunto no se remite sólo al hecho de interpretar de manera equívoca una respuesta, sino servirse de ella para ofrecer una visión interesada de algunos temas y, con ella, introducir confusión sobre la Verdad y ofrecer una imagen deformada de la Iglesia. Se está al acecho de cualquier cosa para proclamar la novedad y exhibirla como un giro en materia de doctrina.

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De varios papados mediáticos a uno abiertamente polémico

Hace ya un poco más de cinco años, en el 2013, Francisco concedió una entrevista a Antonio Spadaro, director de “La Civiltà Cattolica”, publicación de la Compañía de Jesús, que resultó bastante clamorosa, y que el diario El Tiempo recogió y publicó el 19 de septiembre de dicho año bajo el título: “‘Soy un pecador’, dice el Papa en reveladora entrevista”, después del cual destacó como subtítulo: Afirmó que el matrimonio entre homosexuales y el aborto no pueden ser obsesiones de la Iglesia.

Todo lo publicado en la entrevista correspondía a las declaraciones hechas, y nada fue tergiversado por el entrevistador ni por la prensa secular que –de buen grado– se hizo eco de las mismas. Pero si las palabras contenidas en ella provocaron un “shock” en los fieles, los artículos que la referenciaron los dejaron aún más confusos, pues las interpretaciones fueron bastante disímiles. De modo que, a tan solo seis meses de haber comenzado, resultaban ya muy claros, tajantes y polémicos los gestos, los enfoques y el tono difuso de algunos contenidos –particularmente morales y dogmáticos– del pontificado de Jorge Mario Bergoglio.

Tan solo el padre Federico Lombardi pudo sortear y capotear hábilmente las primeras ventiscas. Pero las constantes aclaraciones y matices por parte del Vaticano resultan inútiles para apaciguar las tormentas y la polvareda que levantan las sucesivas declaraciones que en distintos momentos ha concedido Francisco a su amigo personal Eugenio Scalfari, declarado ateo y agnóstico, fundador del diario La Repubblica de Italia, quien las ha publicado libremente afirmando ser completamente fieles a las palabras de su entrevistado, y que jamás han sido desmentidas. Pero no sólo a él. También las que ha hecho a bordo del avión papal luego de los viajes pontificios, las que de manera espontánea ha dirigido a diferentes auditorios, o las que ha hecho un poco improvisadamente en diferentes actos públicos como Sumo Pontífice.

Eugenio Scalfari y la publicación de una de sus entrevistas a Francisco

Hoy, a punto de cumplirse los seis años de este pontificado, el arco se ha tensado bastante y no son pocas las flechas disparadas tanto por parte de Francisco como de quienes han hallado motivos suficientes para cuestionarlo en aspectos como la Doctrina, la Liturgia y la Disciplina, entre otros.

En este contexto, y precisamente por las implicaciones que dicha situación tiene en la vida de los fieles y en la de los legos en asuntos “religiosos”, consideramos y analizamos a continuación algunos aspectos propios de la dinámica que se da entre los actos, gestos u opiniones de los Pontífices y los feligreses, y el papel que en ello juegan los medios y la opinión pública.

La Iglesia y los Papas, siempre en la mira…

Es ya lugar común que a cada declaración de un Romano Pontífice le siga una tempestad mediática. Ocurrió en varias ocasiones con Juan Pablo II y con Benedicto XVI. Pero el asunto no sólo se remite al hecho de interpretar de manera equívoca una respuesta, sino servirse de ella para ofrecer una visión interesada de algunos temas y, con ella, introducir confusión sobre la Verdad, con lo que se acaba por ofrecer una imagen deformada de la Iglesia.

Por cuenta de temas como –por ejemplo– la forma de entender la existencia y la realidad del infierno o del limbo, o si la Iglesia proclamó una lista de nuevos pecados entre los que incluyó el conducir de manera irresponsable y atentar contra el equilibrio ecológico, se está al acecho de cualquier cosa para proclamar la novedad y exhibirla como un giro en materia de doctrina.

Pero el asunto crucial, el tema de los temas, el que desvela a la prensa secular, el “top ten” de la tensión entre la Iglesia y el mundo, no es la Salvación, sino la supuesta y anhelada “apertura” de ésta en materia moral, especialmente, de moral sexual y conyugal. Allí consideran que está el quid de la renovación, de la reestructuración, y la clave de la “modernización” de la Iglesia. Para ellos, el aire fresco del que hablaba Juan XXIII, entrará sólo si se descorren las celosías de la moral.

Esta acechanza permanente llevó a la prensa de su tiempo –y a no pocos dentro de la misma Iglesia– a considerar a Pablo VI, cuando menos, como a un cobarde y un traidor del humanismo cristiano que pregonaba, cuando promulgó la Encíclica Humanae Vitae”. Allí, en lugar de liberalizar la Teología Moral en favor de la mentalidad hedonista y contraceptiva que con beligerancia reclamaba un lugar como la verdad del hombre, el Papa denunció las mentiras antropológicas de tal discurso y señaló no sólo sus distorsiones, sino el mal que sobrevendría con la aceptación acrítica de sus propuestas.

Pablo VI y la “Humanae Vitae”

En efecto, la Humanae Vitae” resultó profética y previó al detalle los efectos nocivos de la desestructuración antropológica de la persona y, en lo moral, de la familia y de la sociedad, si se le concedía tal preponderancia y licencia al “hecho sexual”, como supuesta verdad humana con primacía en la jerarquía de los valores. Aunque ello no evitó la hipersexualización publicitaria y mediática propias de la sociedad de la “liberación sexual” y fenómenos como el “destape” –acaecido en España a partir de los años setenta–, la Iglesia brilló en su magisterio reiterando con lucidez la verdad de la Persona en su dignidad inviolable y en su integralidad irreductible e indivisible.

El ideal relativista y la “deconstrucción” del orden moral

Han transcurrido más de 50 años, y el idealismo secular continúa al acecho de derribar el último bastión que le queda a la sociedad humana, la Iglesia –que expande la Luz de la Verdad–, para proclamar y poner en su lugar el dogma del relativismo: imponer, como verdad absoluta, la paradoja de que “no hay verdad”, de que cada quien descubre su verdad y, fiel a ella, la asume como la norma constitutiva de su vida. De modo, pues, que cada quien dictamina lo que es el bien y el mal, y vive conforme a la pauta que le dicta “su” conciencia, adquiriendo así unas supuestas madurez y autonomía para acceder a las prerrogativas intelectuales y morales propias de un adulto: una “libertad” plena, que presumen sería el rasgo fundamental de una “fe adulta”.

Este es el discurso que quieren escuchar de la Iglesia, pero ya no de boca de un prelado común, ni siquiera de un obispo, sino del Sumo Pontífice. Y para ello no tienen reparo en instrumentalizar la pastoral, acomodando las palabras del Papa a los deseos del mundo. Toda una paradoja: el mundo que se ríe y burla de la Verdad predicada y enseñada por la Iglesia, aspira a que ésta canonice sus errores y bendiga las mentiras entre las que se debate. Y, en lo que es una clara muestra de falta de escrúpulos fuera –y aún dentro– de la Iglesia, muchos se sirven de toda apelación que haga el Papa a la misericordia para lograr el apaciguamiento de la predicación, es decir, el silenciamiento de la Verdad, aprovechando el interregno para hacer avanzar la mentira a través de las ideologías disfrazándolas como “derechos”, y ganando terreno para imponerlas como leyes.

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Si bien con los papas mencionados no había mucho margen para las tergiversaciones o los equívocos, con Francisco la nota predominante es la ambivalencia. Y es de ello, precisamente, de lo que suelen servirse los enemigos declarados de la Verdad, para introducir de manera sibilina la confusión entre los fieles y mostrar un rostro deformado, desfigurado, de la Iglesia, que la hace “atractiva” a los ojos de quienes la repudian. ¿Con qué propósito?, cabe preguntarse.

Tendencias actuales en la forma de asumir las actuaciones y palabras de un Pontífice

Al margen de los temas que a partir de las entrevistas a los romanos pontífices siempre quedan abiertos al sano debate ante la opinión pública y al interior mismo de la Iglesia, podemos verificar algunas tendencias:

1 – La de los que, fustigando siempre la doctrina que custodia y transmite, “hacen votos” por una “apertura” de la Iglesia.

Son los casos de los promotores de la ideología de género y de las ultrafeministas, quienes además intercalan su valoración de este nuevo “viento” –que según ellas sopla desde El Vaticano– asociándolo con la causa de la promoción abierta y descarada de la legalización del aborto en los países –particularmente de América Latina– en los que aún falta por hacerlo, y de su extensión hasta el momento mismo del nacimiento como acaba de ocurrir en la ciudad de Nueva York.

2 – La de los que fungiendo como “católicos”, movidos por un exacerbado celo que los lleva a centrarse sólo en defender al Papa al margen del Magisterio Eclesial, de la Sagrada Tradición, de la Sana Doctrina y aún de la Sagrada Escritura, dejan un amplísimo margen a la ambigüedad y acaban promoviendo la división.

Un caso ilustrativo sería el artículo de Andrés Beltramo, titulado “Las “aperturas incómodas” del Papa Francisco, en el que el autor se decanta por lo que considera una certeza: que el Papa ha puesto “el dedo en la llaga de los problemas fundamentales que afronta la Iglesia hoy. En primer término la falta de misericordia y congruencia de sus fieles, que prefieren la seguridad de las doctrinas inamovibles al dinamismo de una relación espiritual basada en el amor”. Semejante afirmación peca, cuando menos, de ligereza: no sólo por la rapidez con que se consigna, sino por lo gratuita y ambigua, por su falta de peso y entidad conceptual, filosófica y teológica.

3 – Las posturas que, salvando la posibilidad de divergencia, se enfocan en defender la figura y la función del Papa sin incurrir en un “cesaropapismo” recalcitrante, ni en admitir la ambivalencia que coquetea con la mentira desde un supuesto diálogo con el mundo. Al menos tratan de conciliar con el “Depositum Fidei” la posible ambigüedad de una declaración, aunque ésta no sea más que una opinión personal vertida en la respuesta a una pregunta y, por lo tanto, materia opinable y discutible.

4 – La de algunos experimentados e incluso prestigiosos “líderes” y académicos católicos que –de buena fe, diríamos, aunque quizás con cierta ingenuidad y “pensando con el deseo”– ponderan magistralmente no sólo las palabras sino los conceptos que sustentan la opinión personal de alguien a quien, por el hecho de ser el Papa, le conceden una imaginaria infalibilidad que abarcaría desde las cuestiones más elevadas hasta las más triviales, y por ello invitan a los fieles a tranquilizarse, pues el Papa “no va a poner de cabeza a la Iglesia”.

Es el caso del norteamericano William Donohue, en un artículo publicado bajo el sugerente título: No te asustes con lo que dice el Papa Francisco. Olvida el articulista un detalle: que nuestra fe está puesta en el Señor y no en el Papa, quien es su Vicario; que éste no es infalible “per se”, por el sólo hecho de serlo; que no es un autor doctrinal ni una persona con funciones enciclopédicas, pues –aparte del Papa– “Doctores tiene la Santa Madre Iglesia” que están allí precisamente para asistir la Investigación Teológica, el Magisterio Eclesial y la Enseñanza Magisterial, en los diferentes Dicasterios y Consejos Pontificios, así como al mismo Sumo Pontífice cuando se requiera. Ello, de acuerdo con la Doctrina del Cuerpo Místico de Cristo y de la Diversidad de Funciones de cada uno de sus miembros enseñada por San Pablo y consignada en el Nuevo Testamento (Ver 1 Corintios 12, 12–30).

Como ejemplo, es bastante significativo y elocuente el hecho de que la depuración de la Doctrina que sustenta el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María tardó ocho siglos en ser debatida hasta alcanzar su pleno desarrollo y ser claramente definida por el franciscano Juan Duns Scoto, en la Universidad de París el año 1305. Después de ello, el Dogma tardó aún varios siglos antes de ser confirmado como tal por la Santa Sede en la bula “Ineffabilis Deus” del 8 de diciembre de 1854, promulgada por el Papa Pío IX.

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La Iglesia es un Cuerpo, con distintos miembros y diversidad de dones

Después de lo expuesto, conviene redundar y recabar en el hecho de que La Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo (1 Corintios 12, 1230) y en algunas de sus implicaciones:

  • Es Su Esposa Fiel, y por eso reposa sobre Ella la promesa de la indefectibilidad: “Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16, 18). Promesa que no recae directamente sobre Pedro: “Yo he orado por ti para que, cuando vuelvas, confirmes a tus hermanos en la fe (Lucas 22, 32); es decir, que la infalibilidad papal –“la casa edificada sobre la roca”– está sustentada en la fidelidad a las enseñanzas de Jesús (Mateo 7, 24). Sólo en esa medida participa éste –y con él todos los bautizados– de dicha indefectibilidad.
  • Como Esposa Santa, la Iglesia ha sido querida por Jesús para alimentarnos a través de ella con Su Palabra, para nutrirnos con Su Cuerpo y con Su Sangre, para educarnos en La Verdad y enseñarnos a permanecer en Ella –en la Verdad–, como la Madre y Maestra que es.

En Su Sabiduría, dispuso Dios que este Cuerpo se edificara mediante la enseñanza y la acción de Sus Apóstoles, que habrían de sucederse a través de los siglos mediante el Sacramento del Orden Sagrado y Episcopal y, de manera especial, a través de la acción del Espíritu Santo, que suscita diversidad de dones y, por ende, de roles y de funciones en La Iglesia.

Algunos se resisten a aceptar que La Iglesia es un Cuerpo o, simplemente –por falta de Gracia– no lo entienden. En su obcecación, no logran comprender que este se compone de distintos miembros, cada uno con una ubicación y un propósito específico que no puede realizar nadie más. No ven el orden y no captan la magnitud ni la Misión de la Iglesia, o sencillamente no los aceptan.

Así, por ignorancia, por confusión, por cerrazón…, tienden a atribuirle a un solo miembro la capacidad de hacer y de lograr todo lo que le corresponde a la Iglesia entera. O incluso por comodidad, porque de ese modo eluden la responsabilidad personal como miembros de dicho cuerpo, descargándola sobre los hombros de uno solo, al que dejan a merced de una grave tentación: la vanidad.

Una idea distorsionada de la Iglesia…

Al negarse a distinguir lo básico –la diferencia entre el cuerpo y sus miembros–, desvirtúan lo esencial: si bien La Iglesia es un solo Cuerpo, no es una sola persona, y por ello su obra no la puede realizar un solo hombre, ni siquiera Pedro, por más bueno y santo que sea o parezca.

El reconocido y prestigioso presbítero Francisco Fernández Carvajal, dijo sabiamente:

«El Mal que afecta a gran número de católicos es la falta de formación doctrinal».

Esta ceguera y egoísmo son las que han llevado a muchos a confundir al vicario con la Cabeza y al siervo con su Señor, al que finalmente sirven mal y acaban desconociendo. ¡Cuánto pesa la diferencia entre la comodidad de tener un ídolo y las exigencias propias de servir a un amo real! Al ver que Moisés tardaba, los Israelitas –duros de corazón como eran– decidieron hacerse su propio dios y terminaron adorando a un becerro de oro, a un ídolo, que nada tenía que ver con Él ni con sus Promesas.

Pero al final la realidad se impone y obra como el muro contra el cual acabamos estrellándonos, en especial cuando faltan los soportes de la Formación Doctrinal y de la Gracia Sacramental, que son los que nos permiten entender de manera adecuada de qué Cuerpo hacemos parte, qué clase de miembro somos y qué función nos corresponde cumplir.

Cada uno en su lugar y dedicado a su tarea

Precisamente, la parte final del pasaje bíblico que hemos citado lo dice claramente y nos aterriza:

«Vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él. Y Dios los dispuso así en la Iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero doctores, luego el poder de obrar milagros, después el don de curaciones, de asistencia a los necesitados, de gobierno, de diversidad de lenguas».

 Las consecuencias de pretender instrumentalizar a la Iglesia y sus dones

En nuestro proceso de crecimiento espiritual, no sólo hay que aprender a valorar y a respetar el lugar y el papel que le corresponde a cada miembro dentro de la Iglesia, sino a la Iglesia misma, como un acto que refleja nuestro amor y respeto por el Señor, que es Su Cabeza. Así entenderemos que en su debido momento cada uno cumplirá cabalmente su función y dará el fruto que le corresponde.

Hay que reiterarlo: un miembro no es el cuerpo. Y no le corresponde a nadie, ni dentro ni fuera de ella, pretender ajustarla a sus intereses, ni a sus fines personales por más altruistas que sean, ni a propósitos humanos o sociales diferentes a la Salvación.

En un discurso pronunciado el 11 de Mayo de 2010, el Papa Benedicto XVI denunció claramente:

“Hoy los ataques al Papa y a la Iglesia no vienen sólo de fuera, sino del interior de la Iglesia, del pecado que existe en la Iglesia. Hoy lo vemos de modo realmente tremendo; la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia. La Iglesia debe aceptar la necesidad de la justicia, pues el perdón no sustituye la justicia”.

Ya sabemos lo que ocurrió con el primero que quiso servirse de la Iglesia para fines distintos a los de Jesús: recibió de manera inicua el Pan de Vida, entró en él el demonio, se convirtió a sí mismo en “el hijo de la perdición” al que “más le hubiera valido no haber nacido”, vendió al Señor, puso sus manos sucias sobre Él y le entregó a sus verdugos con la señal de un beso hipócrita; desconfió de Su Misericordia, de Su Perdón y de Su Redención, porque no creía realmente en Él y no le escuchaba, no le concedía credibilidad: fue así como antepuso su propia concepción sobre el Mesías y su muy personal idea de la Salvación y, finalmente, desesperado, se entregó a la muerte.

El beso de Judas, detalle de la capilla Scrovegni de Giotto di Bondone

Es lo que le espera al hombre cuando se niega al encuentro con La Verdad y, en su lugar, se muestra más preocupado por servirse de la Iglesia “poniéndola de cabeza”, es decir, adulterando y tergiversando su enseñanza, empleándola para sus fines e intereses o para justificar sus propias pasiones, prefiriendo instaurar un “reino” propio.

En su lugar, lo que corresponde es someterse al Plan Divino y colaborar con él, para que un día se haga realidad la petición que con humildad hacemos cotidianamente al Padre Nuestro: “Venga a nosotros Tu Reino.

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Sobre el Autor

Edwin Botero Correa

Edwin Botero Correa

Comunicador Social - Periodista.
Editor, Columnista y Miembro de Consejo en diferentes Medios, Asociaciones Profesionales e Instituciones.
Estudios, Formación y Experiencia Profesional, Empresarial, Social y Docente (Pregrado, Postgrado y en el SENA) en: Gerencia, Desarrollo, Desarrollo Humano, Filosofía y Humanismo, Doctrina Social de la Iglesia, Educación y Pedagogía.
Fundador y Director de "Laicos por el Bien Común".

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