Espiritual Fe

Discípulos de Jesús como nuestra Madre María.

Nuestro reto como Católicos es ensanchar el espacio de nuestra tienda (Is 54, 2 – 4), es decir; el corazón que es la morada de Dios, y ello requiere pasar de un simple corazón de creyentes a uno dilatado y espacioso de discípulos misioneros donde habita Cristo con la humanidad necesitada que tanto ama (Jn 3, 16). El corazón del Católico debe estar lleno de personas por las cuales ora y a las cuales sirve como lo hizo nuestra Madre María.

Tener un corazón dilatado es lo que nos hace misioneros porque así nuestra vida deja estar cerrada en sí misma. La vivencia cotidiana de orar y celebrar nuestra Fe, debe convertirse en camino para que amemos sin tasa ni medida, a imagen de Cristo que nos amó hasta el extremo (Jn 13, 1-15). 

Precisamente este fue el movimiento que aconteció en nuestra Madre para ser la “Llena de Gracia” y luego comprometerse en «proclamar la grandeza del Señor» .

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador».


Lc 1,39-56

Nuestra Madre María escuchó la Palabra y esta dilató su vida hasta hospedarse en su Corazón y literalmente en su vientre virginal que se hizo capacidad para que la Palabra se hiciera Carne (Jn 1, 14), convirtiéndola en Morada de Dios.

En el Corazón de nuestra Madre y en su Vientre generador de vida, una vez hospedado el Señor entraría también toda la humanidad. En el Católico ha de suceder esto al asumir una autentica espiritualidad que debe entenderse como una forma concreta de encarnar el evangelio.

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Nuestra Madre María sale de sí hacia casa de su prima necesitada Isabel, y este movimiento da razón de que la vida cristiana no refiere a un intimismo o pietismo deformado que se complace en sí mismo o que se evapora en la apariencia de una vida religiosa estática e indiferente.

Hemos de considerar que un movimiento que nos pone en vías de salvación es aquel en el que Jesús se apodera cada vez más de la totalidad de nuestra existencia y expande nuestra vida para que en Él logremos albergar a los demás con sentimientos de custodia, cuidado y entrega generosa hacia ellos. 

Precisamente me encuentro en el convento de las «hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María», fundadas por el Beato Luis Variara, en el municipio de Agua de Dios en Cundinamarca. Rezo pidiendo para todos nosotros la gracia de desacomodarnos como él lo hizo para ir al encuentro de los leprosos, sin dilaciones y sin asco, siguiendo el ejemplo de nuestra Señora la Virgen María.

Sobre el Autor

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Miguel Salvador Fernández Ospino

Nació en Fundación, Magdalena. Esposo y padre de Familia, servidor de la Iglesia Católica en la familia espiritual de la Casa de la Misericordia. Actualmente se desempeña como Coordinador General para la Pastoral de su Comunidad.

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