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#NotreDame: la belleza de la fe en medio de la devastación

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Escrito por Redacción R+F

Mientras las llamas consumían casi un milenio de historia en el corazón de Francia, centenares de católicos se reunían espontáneamente en las calles de París para honrar a la madre de Dios.

Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable…¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!». Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción.

Así narraba el gran poeta francés Paul Claudel, el momento de su conversión la fe católica («Ma conversion«), cuando a sus dieciocho años asistía a los oficios de Navidad en la iglesia de Notre Dame de París, un 25 de diciembre de 1886.

Paul Claudel

Dos décadas después el recuerdo de ese instante permanecía fijo en su corazón, y en 1904 en una carta dirigida a su amigo Gabriel Frizeau le confiaba estos recuerdos íntimos:

Asistía a vísperas en Notre-Dame, y escuchando el Magnificat tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos…No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (…) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!

Y lo que Claudel expresaba con su reconocida destreza literaria, era seguramente una experiencia compartida por millones de franceses quienes, a lo largo de la historia de Notre Dame, vivieron algo similar en los innumerables actos religiosos que se celebraron en su interior, los cuales para un creyente contienen el misterio sobre el cual se asientan los afectos más profundos de la vida.

¿Canciones en lugar de llanto?

Pues muchos fieles decidieron espontáneamente hacer lo que siempre hacían en Notre Dame: reunirse a cantar en honor a Nuestra Señora la Virgen María, a quien el templo estaba dedicado. Algo que para muchos podría ser difícil de comprender, pero que en realidad refleja lo más auténtico del espíritu cristiano: el abandono permanente en las manos de Dios, el convencimiento de que todo en este mundo es pasajero y que nuestros tesoros se encuentran en la vida eterna, la aceptación gozosa de Su Voluntad sea cual sea.

Por paradójico que parezca, la alegría del cristiano no se encuentra en los gozos y placeres del mundo, sino en la unión de nuestro dolor al sufrimiento redentor de Nuestro Señor en la cruz. Un dolor que lleva en sí la esperanza de una vida más allá de la muerte, que sirve de consuelo ya, ahora, para las tristezas y desengaños de la ciudad terrena.

El incendio de Notre Dame, ¿una metáfora del estado espiritual del mundo occidental?

Más allá del balance que se termine haciendo entre las trágicas pérdidas por el fuego (el órgano, 3 rosetones, numerosas pinturas), y lo milagrosaente salvado (las campanas, el vitral principal, la corona de espinas, la túnica de San Luis, Rey de Francia y las formas consagradas), este es un acontecimiento que invita a reflexionar sobre el estado actual del cristianismo en los pueblos y culturas en los que más llegó a afinzarse.

Y si el fuego de Notre Dame fue intencional o no, la verdad es que parecería que el principal propósito de élite intelectual del mundo occidental, fuera la sistemática destrucción del patrimonio ético y cultural cristiano, en nombre del mito del progreso indefinido.

Si hoy es ampliamente tolerado un discurso de odio al cristianismo (cristianofobia), a cuyo ejercicio se dedican especialmente los movimientos que abanderan la Cultura de la Muerte (lobby LGTBI y abortista), se debe en buena parte a que a través de la educación y de los medios de comunicación, se ha logrado imponer una visión predominantemente negativa del cristianismo (Leyenda Negra), en nombre de la cual se termina justificando cualquier tergiversación, arbitrariedad u ofensa, ya que terminan pareciendo actos de justicia, males necesarios para garantizar el «avance» y el «progreso».

Un acontecimiento, unas imágenes sobre las cuales vale la pena reflexionar en esta Semana de Pasión, de purificación y conversión, que comenzamos a vivir los católicos, en medio de un panorama que luce cada vez más oscuro y desolador, no solo fuera sino dentro de nuestra propia Iglesia.

La restauración

Si bien junto a la buena noticia de la preservación de las estructuras principales del templo, ya se han anunciado grandes donaciones (650 millones de euros para comenzar) e iniciativas que prometen devolverle al templo un brillo mayor que el que tenía originalmente (similar a lo que sucedió con el World Trade Center en Nueva York), de nada servirían esos esfuerzos si no hace algo similar para restaurar la fe católica de los franceses y el sentido de adoración a Dios, para cuyo servicio existe el templo en primer lugar.

Y a juzgar por el espíritu exhibido por un buen número de franceses en la calle, en medio de la tragedia, ese trabajo de restauración ya comenzó. Rogamos con devoción para que Dios y la Virgen Santísima bendigan esos esfuerzos.

 


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