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Cultura Fe

La “Eneida” de Virgilio, y el valor del sufrimiento

La Eneida Virgilio
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Escrito por Redacción R+F
¡Difunde la cultura de la Vida!

Aunque doloroso, el sufrimiento puede tener buenas consecuencias y enriquecer nuestra vida personal. Superar la adversidad puede producir en nosotros sentimientos de satisfacción y plenitud. Cuando nos enfrentamos a la tragedia con coraje y honor, experimentamos un crecimiento de carácter que permanece con nosotros de por vida.

¡Difunde la cultura de la Vida!
Traducido del artículo original en Inglés.
Por John Horvat, publicado el 3 de abril de 2021 en “The Imaginative Conservative“.

En el poema épico romano de Virgilio, La Eneida, hay una escena famosa cuando una terrible tormenta hace naufragar al protagonista Eneas con sus hombres en las costas de Cartago. La tripulación está magullada, maltratada y desanimada por sus desgracias. Los hombres están tentados a rendirse.

Eneas los alienta, concluyendo con uno de los pasajes latinos más conocidos de la epopeya:Forsan et haec olim meminisse iuvabit“.” La traducción dice, “y tal vez nos agradará (a nosotros) algún día recordar estas cosas“. Predice que llegaría el momento en que la tripulación recordaría momentos tan trágicos con alegría.

El célebre pasaje contiene la paradójica verdad de que nuestros sufrimientos y desgracias pueden ser ocasiones para la alegría posterior. Superar la adversidad puede producir en nosotros sentimientos de satisfacción y plenitud. Cuando nos enfrentamos a la tragedia con coraje y honor, experimentamos un crecimiento de carácter que permanece con nosotros de por vida.

La conclusión es que, aunque doloroso, el sufrimiento puede tener buenas consecuencias y enriquecer nuestra vida personal. Con la actitud adecuada, podemos experimentar alegría en nuestros eventuales triunfos e incluso en nuestras derrotas. Entonces, realmente podemos decir con Eneas: “Forsan et haec olim meminisse iuvabit.”

No ver ningún valor en el sufrimiento

Esta gran lección sobre el sufrimiento falta en nuestras vidas posmodernas. La mayoría de las personas no ven ningún valor en el sufrimiento y lo evitan a toda costa. Por lo tanto, no tenemos buenos recuerdos de las dificultades de la vida. La gratificación sin sentido y monótona en nuestras vidas nos atormenta más que cualquier desgracia. El vacío y la tragedia de tantas vidas rotas provienen de sus muchos sufrimientos evitados.

Desafortunadamente, no nos beneficiamos de nuestras pruebas. En cambio, las maldecimos y deseamos que se vayan. Nuestra cultura de Hollywood nos ha generado una sed insaciable de un final feliz a cada uno de los giros de la vida. Además, se nos dice que ocultemos cualquier sufrimiento interno poniendo apariencias externas de felicidad. Admitir la infelicidad se considera equivalente a confesar que somos fracasados.

Este mundo siempre nos frustrará, ya que corresponde a la realidad de nuestra naturaleza caída. Mientras que la Fe nos recuerda que enfrentamos los problemas de la vida con fortaleza, estamos constantemente tentados a escapar a mundos de fantasía y vicios mortales.

La manía por la seguridad

Hay tres consecuencias desastrosas de nuestro mundo posmoderno sin sufrimiento. Las vemos reflejadas diariamente en nuestras vidas mientras luchamos por llegar a un acuerdo con las inevitables desgracias de la vida misma.

La primera es una existencia sosa que nos lleva a no correr riesgos. Muchos adoptan una manía por la seguridad que llega al punto del absurdo. No hay límite a las medidas que la gente toma para garantizar su seguridad. Todos deben ser planificados, asegurados y regulados para excluir, incluso, la posibilidad más remota de daño.

Por lo tanto, se descartan riesgos razonables y se instala un régimen de paranoia. Los bloqueos del COVID, por ejemplo, devastaron nuestra sociedad y nuestra economía sin medida, simplemente para evitar el riesgo de que alguien se infectara. Organizamos la sociedad para evitar toda aventura y drama. Así, producimos hombres sin pecho, personas sin personalidades e hijos de timidez.

A ninguno se le permite ser audaz en nuestro páramo posmoderno. Todo se reduce a la seguridad de pantallas y aparatos que nos mantienen entretenidos y desconectados de la realidad. Donde no se permite ningún peligro, nunca puede haber“Forsan et haec olim meminisse iuvabit.”

Obtenerlo todo sin esfuerzo

La segunda característica de nuestra era es que nuestros deseos de seguridad deben ser ejecutados sin esfuerzo. Exigimos ganancias sin dolores, derechos sin deberes, éxito sin fracasos y recompensas sin luchas. Cualquier sugerencia de que se debe aplicar un esfuerzo duro para alcanzar nuestros objetivos, a menudo se rechaza directamente.

Por lo tanto, nuestro mundo políticamente correcto proporciona un léxico de términos para explicar nuestros defectos como “desafíos”, condiciones que merecen adaptaciones y privilegios especiales. Cualquier desgracia o desigualdad, por pequeña que sea, es motivo de un nuevo derecho. Esta mentalidad anula cualquier esfuerzo enérgico para evitar desastres, y funciona como si las malas decisiones nunca tuvieran consecuencias desagradables.

El resultado es un paisaje social plagado de individuos rotos, familias destrozadas y adicciones afligidas de aquellos que evitan lidiar con la realidad. Hacen esfuerzos supremos para evitar cualquier esfuerzo. Languidecen en sus propias costas de Cartago, negándose a levantarse y seguir adelante. Sus vidas frustradas se ven privadas de esos momentos críticos en los que podrían brillar por su determinación de superar obstáculos.

De hecho, miran hacia atrás en los desastres de sus vidas sin esfuerzo, no con alegría, sino con remordimientos agrios.

Un régimen de resentimiento e injusticia percibida

La última característica es la caída hacia la victimización. Las víctimas tratan de evitar el sufrimiento asignando toda la culpa a los demás, no a ellos mismos. La responsabilidad individual se niega y se sustituye por la opresión “sistémica”. Cualquier contratiempo se convierte en una excusa para protestar contra el orden establecido, para hundirnos con la “injusticia” de la adversidad.

Las víctimas convierten el sufrimiento en injusticias percibidas y una justificación para el resentimiento. Cualquier comentario, incidente o insulto se convierte en grandes catástrofes que deben ser denunciadas con fuertes protestas. Aquellos que les piden un poco de sufrimiento o esfuerzo son etiquetados como racistas u opresores. Estas víctimas son los individuos mimados, copos de nieve desencadenados que acechan nuestra posmodernidad con su lánguida mediocridad.

Las vicisitudes de la vida son magnificadas así como las mayores injusticias. Una tormenta de hielo en Texas se convierte en una historia de sufrimiento insoportable por la que los inversores codiciosos deben rendir cuentas. Un insulto se convierte en un crimen de odio para el que ninguna disculpa puede ser suficiente. Una palabra o ‘tweet’ es suficiente para cancelar la carrera de una persona. Al evadir la propia responsabilidad por la causa percibida de sus sufrimientos, las víctimas tratan de cambiar la realidad, un ejercicio vacuo e inútil.

En un régimen de este tipo, todo se vuelve frágil y roto. La vida se vuelve imposible. Estamos desgastados por el constante lloriqueo de almas pusilánimes que se convierten en víctimas de su sufrimiento y esperan nuestra complicidad.

De hecho, no existen mayores sufridores –enfermos– que aquellos viciados en evitar el sufrimiento. Encuentran pocas ocasiones de gozo, porque toda su vida la pasan esquivando las pruebas inevitables forjadas por nuestra naturaleza caída. Solo aquellos que abrazan el sufrimiento pueden decir,“forsan et haec olim meminisse iuvabit.”

Abrazar el sufrimiento

Por supuesto, odiamos la cruz del sufrimiento que siempre será puesta sobre nuestros hombros. Tenemos una aversión al sufrimiento. Sin embargo, el sufrimiento tiene sus beneficios. A través de éste, llegamos a ver que todo lo que vale la pena, todo lo que requiere tiempo y esfuerzo. Podemos aprender grandes lecciones de nuestras desgracias. La satisfacción de un deber bien hecho es una de las mayores fuentes de felicidad. Además, Dios bendice nuestra vida con momentos de gran gozo entre los sufrimientos que nos visitan.

Nuestra sociedad posmoderna necesita aprender esta lección, si queremos superar la crisis actual. No hay manera fácil de salir de estas crisis que nos sobrevienen por nuestras iniquidades. Cuanto más posterguemos la aceptación del sufrimiento, más difícil será soportarlo. O aceptamos el sufrimiento venidero con resignación, o perecemos.

El sufrimiento redentor nos lleva más allá de nuestras pruebas

La cruel realidad de nuestra situación está permitiendo que el mal llegue a su clímax. Si queremos sobrevivir, no podemos enfrentar este peligro solos.

Debemos recurrir a la Iglesia que nos enseña a vencer nuestros temores y abrazar el sufrimiento. Cuando estamos unidos con el sufrimiento infinitamente precioso de Nuestro Señor Jesucristo, podemos compartir Su sufrimiento redentor. Podemos ofrecer nuestros sufrimientos para la salvación de las almas. Nuestros sufrimientos entonces adquieren sentido y propósito. Afectan a la sociedad y a la historia.

Por lo tanto, la perspectiva cristiana sobre el sufrimiento va mucho más allá de nuestras pruebas. Los pone en el contexto de la eternidad, que debe llenarnos de alegría. Entonces realmente podemos decir,“forsan et haec olim meminisse iuvabit”. Sin embargo, el gozo no sólo será un gozo terrenal, sino celestial.

La imagen destacada es “Paisaje con un naufragio” (1603), o por su título alternativo “Paisaje con escenas de la Eneida de Virgilio”, de Frederik van Valckenborch (1566-1623), y es de dominio público, cortesía de Wikimedia Commons. Se ha iluminado para mayor claridad.


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