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San Francisco era un “heraldo de Cristo”, no un ecologista

San Francisco de Asis
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Escrito por Redacción R+F

San Francisco siempre habló de la Santísima Trinidad porque conocía bien el peligro de hablar de un dios genérico: no es posible confundir las Tres Personas divinas con Alá u otras divinidades falsas.

Las ideas propuestas en los documentos pretendidamente “franciscanos” del magisterio actual, en cambio, chirrían como notas disonantes en una partitura para un concierto sin público católico.

Corrispondenza Romana ha publicado en Italiano un interesante artículo –el cual traducimos y recogemos aquí–, a propósito de la reciente y polémica publicación de la última encíclica pontificia, “Fratelli Tutti”. Pero también a raíz de los encuentros de paz y de la plataforma ecologista en la que se ha convertido a la ciudad de Asís y a la figura de San Francisco.

Escrito y publicado por Cristina Siccardi, ésta denuncia cómo se falsea la imagen y aclara con propiedad la verdadera misión de San Francisco de Asís, así como su vocación y apostolado. Se ha querido desviar la atención de su gigantesca labor espiritual e histórica, procurando ofrecer una visión reductiva, casi caricaturesca, que resulta no sólo chocante sino contraria a la fe y al magisterio eclesial.

Recordemos lo que realmente le dijo el Señor a San Francisco, y la Misión a la que lo llamó:

«Francisco, reconstruye Mi Iglesia, que hace ruina».

Jamás le instó ni le llamó a “reformarla”, sino a reconstruirla. Es decir, a restaurarla desde sus cimientos y Principios, y no a introducir en Ella novedades.

A continuación, ofrecemos el artículo traducido.


San Francisco era un “heraldo de Cristo”, no un ecologista

San Francisco de Asís escribe en las Amonestaciones:

«Miremos con atención, hermanos todos, al buen pastor, que para salvar a sus ovejas sostuvo y padeció la pasión de la cruz.

Las ovejas del Señor lo siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación y otras cosas similares, y por esto recibieron la vida eterna del Señor.

Por tanto, es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hayan hecho sus obras, y queramos recibir gloria y honra al contarlos y predicarlos».

(VI, 1-3, FF 155).

Esta es la cita de donde se tomó la expresión “Hermanos Todos”, el título de la última encíclica del Papa Francisco, quien continúa usando a San Francisco de Asís para difundir estereotipos gnósticos y globalistas. Nada de San Francisco está presente en esta encíclica; se trata de una falsa identidad propuesta y repropuesta sin respeto a quienes no quisieron que su Testamento, como la Regla de la orden de los Hermanos Menores, fuera interpretado para no caer en ideas y consideraciones erróneas.

No había hermandad para San Francisco excepto en Cristo el Señor. San Francisco hablaba, escribía, predicaba, y andaba en una misión de conversión: su único propósito era vivir en Cristo para llevar a Cristo al pueblo e hizo copiosa cosecha de almas. Quien hoy habla en nombre de San Francisco no quiere convertir, sino hacer hermanos a través de un espíritu esencialmente humano, sin proponer ya a las almas el camino indicado por el Hijo de Dios para la vida eterna. El Papa escribe en su última encíclica sobre la fraternidad y la amistad social: «San Francisco, que se sentía hermano del sol, el mar y el viento, sabía que estaba aún más unido a los de su propia carne. En todas partes sembró la paz y caminó junto a los pobres, los abandonados, los enfermos, los descartados, los últimos».

La caridad, sobre todo espiritual, que San Francisco otorgó a su alrededor fue fruto de su amor por la Santísima Trinidad y la Iglesia Católica, y en la creación vio la manifestación de la bondad y la belleza de la Santísima Trinidad. Solía ​​definirse como un “católico” para distinguirse de los herejes de su tiempo, en particular los valdenses y cátaros, y los “temas relacionados con la fraternidad y la amistad social” del Papa Bergoglio que “siempre han estado entre mis preocupaciones”, no eran en absoluto suyos. La única preocupación de San Francisco era llevar las almas al Redentor y ciertamente no la de suscitar «el sueño de una sociedad fraterna, porque “sólo el hombre que acepta acercarse a otras personas en su propio movimiento, no a mantenerlas en él precisamente, pero para ayudarlos a ser más ellos mismos, realmente se convierte en padre”».

No, San Francisco no dejaba a las personas como estaban, las quería salvas, quería a Cristo, él, que era Alter Christus incluso en su carne, como lo demuestran los estigmas que recibió el 14 de septiembre de 1224 en el Monte della Verna, una promesa de amor de Aquel que lo había elegido para restaurar la Iglesia en la tierra.

San Francisco, aunque el Pontífice sigue retratándolo por lo que no era (es decir, un pacifista, un ecologista, un interreligioso, un teólogo de la liberación, un relativista…), se convirtió en el heraldo de Cristo, como a él mismo le gustaba definirse, es decir, el soldado de Cristo. El “pequeño”, como solía firmar, era el soldado de la Cruz, medio de salvación y que anunciaba desde los tejados porque había captado todas las riquezas y por esa perla había abandonado el mundo y sus falacias. Solo a través de la Cruz, a la que ascendió voluntariamente, recapituló todo en Cristo, y la Iglesia resucitó; así, vinieron a Europa multitudes temerosas del Dios Uno y Trino, que vieron en San Francisco el Crucifijo regresado para recordar Su amor y Sus reglas para vivir bien, morir bien y entrar en Su bienaventuranza. Leamos las Fuentes Franciscanas, y todo quedará claro.

Es impactante ver cómo la historia de un hombre de Dios, como San Francisco, puede ser manipulada, retorcida y deformada a voluntad. Y al hombre moderno le desagrada, puesto que «el verdadero santo siempre actúa como contraste, todavía actúa como contraste. Porque sigue siendo cierto que “si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn 2, 15). Francisco es un soldado (también va a las Cruzadas, piensa un poco), un estigmatizado, un hombre nuevo, que al pasar renueva, que hace nuevas las cosas que toca y ve. Conocerlo (al verdadero) es renovar el lugar donde vivimos. Y esto, el maligno no puede soportarlo» (del prefacio del padre Serafino Tognetti al ensayo San Francisco, una de las figuras más distorsionadas de la historia, Sugarco Edizioni, p. 18).

Bastaría releer el breve Testamento de san Francisco para no cometer sacrilegios en la interpretación de sus palabras, que siempre pretenden (y auténticamente lo son) estar relacionadas única y exclusivamente con el Evangelio. Él mismo fue una representación viva del Evangelio. Amor por la iglesia, amor por los sacerdotes que realizan el Santo Sacrificio del altar, amor por los santísimos misterios que declara en el Testamento, misterios que quiere “sobre todas las cosas sean honrados, venerados y colocados en lugares preciosos”.

También exigió que se respetara la Regla “más católicamente” y no se permitió “ser estimulado de una manera especial”, como afirma el Pontífice en su última encíclica, por cualquier Gran Imán, refiriéndose al encuentro con Ahmad Al-Tayyeb, con quien se reunió en Abu Dhabi para firmar el documento sobre la hermandad humana para la paz mundial y la convivencia común (4 de febrero de 2019). No es posible utilizar la doctrina católica de San Francisco de Asís para dar peso y valor a las opiniones que se refieren a doctrinas gnósticas y secularizadoras, donde la Santísima Trinidad resulta “divisiva” para los propósitos de la hermandad universal. San Francisco siempre habló de la Santísima Trinidad porque conocía bien el peligro de hablar de un dios genérico: no es posible confundir las Tres Personas divinas con Alá u otras divinidades falsas.

El imponderable y místico San Francisco se dirigió a todos con la autoridad de la Iglesia docente en virtud del mandato que Cristo le había dado, por lo que su llamamiento llegó a pontífices, clérigos, religiosos y religiosas, laicos e incluso gobernantes. Quedan sus cartas que valen oro para dar testimonio de su Credo y de su apostolado misionero, incluida una epístola “a los gobernantes de los pueblos”. Sus palabras son fuertes y atronadores, claras y precisas, viriles y directas:

«A todos los potestatarios y cónsules, a los jueces y gobernantes de todas las partes del mundo, y a todos los demás a quienes llegará esta carta, el hermano Francisco, vuestro Siervo en el Señor Dios, pequeño y despreciable, desea salud y paz. Considerad y ved que se acerca el día de la muerte. […] Y cuando llegue el día de la muerte, se os quitarán todas las cosas que pensabais que teníais. […]

Por eso os aconsejo firmemente, señores míos, que, dejando a un lado todo cuidado y preocupación, hagáis verdadera penitencia y recibáis con buen corazón el Cuerpo santísimo y la Sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo”.

Pero no es suficiente, San Francisco pide a los gobernantes que ofrezcan a la Santísima Trinidad “todo el honor en medio del pueblo que se os ha confiado […] Y si no lo hacéis, sabed que tendréis que rendir cuentas ante el Señor y vuestro Dios Jesucristo en el día de juicio».

La carta, escrita hace ochocientos años (1220) por un fraile seráfico católico, que resumió todo en Cristo, sigue perfumando armoniosamente las cosas eternas del Evangelio, donde Jesús condena los pecados e indica cómo salvar a los pecadores, a través de Él, el Redentor muerto en la Cruz, y a través de la Iglesia, que administra los santos sacramentos, fuente de las gracias divinas. Las ideas propuestas en los documentos pretendidamente “franciscanos” del magisterio actual, en cambio, chirrían como notas disonantes en una partitura para un concierto sin público católico.


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