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Navidad, un punto de inflexión para la historia humana

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Escrito por sinmedida

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» [1]

*Escrito por Luis Mora (20 años), estudiante de la Universidad de los Andes y miembro del círculo de participación católico Sin Medida.

Cerca del siglo VI un monje, muy posiblemente oriundo del hoy territorio rumano, llamado Dionisio el Exiguo definió la fecha del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo por encargo del papa San Hormisdas, con el objetivo de inventar un nuevo sistema de numeración de los años en reemplazo del antiguo sistema diocleciano. Años después en el siglo VIII otro monje, esta vez inglés, llamado San Beda el Venerable empezó a utilizar en sus obras el sistema ideado por Dionisio, para fechar los sucesos de sus obras dividiendo la era cristiana en antes y después de Cristo; a partir de ese momento y tras el ascenso del cristianismo, este sistema se volvió predominante en toda la Europa occidental. Siglos después sería adoptado por el mundo ortodoxo y así por casi la totalidad del globo terráqueo hasta el día de hoy.

Ahora bien, este suceso nos muestra de cierta manera la gran importancia del acontecimiento de la Navidad, que provocó incluso el establecimiento de un sistema cronológico universal, vigente hasta nuestros días. En este sentido parece pertinente preguntarnos: ¿qué representa realmente la Navidad y por qué ha sido y es tan importante para la humanidad y el cristianismo? El presente artículo pretende dar respuesta a esa pregunta reflexionando sobre la importancia y el significado hoy de una festividad cada vez más banalizada y mundanizada: La Navidad.

En el evangelio de San Lucas se nos narra todo el suceso de la Navidad: la virgen María ya casada con San José, su esposo, fue visitada por el ángel Gabriel, quien le anuncia la concepción milagrosa del Hijo de Dios, que tendría lugar en su vientre. Nueve meses después ocurre el nacimiento del niño Dios en el pueblo de Belén en un humilde pesebre. En una primera instancia podríamos decir que la Navidad no es más que esto, una celebración que conmemora el nacimiento de un niñito, sin embargo, como veremos más adelante ese niñito será nada más y nada menos que el Logos y su nacimiento será en realidad la Encarnación del Verbo. Esto tendrá profundas implicaciones en la historia humana.

Por qué Dios se encarnó y esto qué implica

Continuando con lo anterior me gustaría contextualizar y ahondar un poco más en el misterio de la Encarnación; para esto hay que entender primero por qué Dios se encarnó. Ese motivo reside en el deseo de redimir a una criatura indudablemente condenada por su pecado como el ser humano. Desde la creación y por la desobediencia de los primeros padres, perdimos la amistad con la Providencia, y apartados entonces de la gracia por voluntad propia a causa del pecado y la concupiscencia, la historia del género humano estará manchada para siempre con la sombra de la muerte y la iniquidad.

Cerrado así el camino hacia la visión beatífica, Dios decide enviarnos a su hijo para salvarnos, pues se hacía necesaria por su misma justicia, una mediación y una propiciación adecuada que nos librara de la merecida muerte eterna: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» [2].

Es así como Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad y el Logos (verbo, palabra) por el cual Dios Padre revela su amor, irrumpe por voluntad propia en la historia, marcando la plenitud de los tiempos, tomando forma humana a través de la virgen y uniendo misteriosamente en su persona la naturaleza humana y la divina de manera inseparable e inconfundible para la salvación del género humano [3].

Ahora bien, comprendidos los motivos de la venida de Jesucristo al mundo y “comprendido” el mismo misterio de la Encarnación (y lo pongo entre comillas porque realmente la inteligencia humana nunca será totalmente capaz de comprender el misterio), se hace necesario decir que la irrupción del Verbo en la historia supuso una auténtica revolución con muchas más implicaciones y consecuencias de las que creemos para la vida de cada ser humano.

La Iglesia ha entendido a partir de la revelación que estas implicaciones y consecuencias de la encarnación se pueden analizar partiendo de cuatro objetivos concretos de Cristo en la Tierra, que reflejan la importancia del evento de la Navidad, siempre fresco, siempre nuevo para todos los tiempos y todos los pueblos: Cristo se encarna por nuestra salvación reconciliándonos con Dios [4]; se encarna para que conociésemos el amor de Dios [5]; se encarna para ser nuestro modelo de santidad [6] y, por último, para hacernos partícipes de su naturaleza divina y hacernos familia [7] compartiendo con nosotros su humanidad y su divinidad. Ahora pasaré a explicar las implicaciones de la encarnación para la humanidad y para cada ser humano, partiendo de los objetivos de la venida de Cristo y empleando alguna problemática concreta de nuestra actualidad.

Lo primero que nos dice el catecismo es que Cristo baja a la tierra por los hombres y por nuestra salvación reconciliándonos con Dios [4]: “En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su hijo, como propiciación por nuestros pecados” [8]. Como ya habíamos dicho antes, el hombre se había enemistado con Dios a causa de la desobediencia y el pecado original, apartándose voluntariamente de su gracia y de su amor. Ahora bien, Dios como persona misericordiosa, pero justa, no podía renunciar ni negar el orden por Él establecido que exigía el castigo y la separación del hombre, pero en su infinito amor decidió sacrificar la única víctima inmaculada que podía cargar el oprobio del hombre y salvarlos de la muerte eterna. Así, por su venida y su muerte Él cargaría con nuestras culpas y pecados.

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Actualmente, el desarrollo de muchas ideologías diabólicas empujan al hombre de una forma feroz a un relativismo integral y una negación de Dios, el alma y los valores cristianos, haciendo imposible la observación y el reconocimiento del pecado como algo objetivamente malo y, por ende, haciendo imposible también la respuesta que esperaría Dios de cada hombre a este primer objetivo de su encarnación. Esta respuesta no es más sino la aceptación humilde de nuestro pecado y la apertura de nuestro corazón para recibir el perdón y la gracia de Cristo. Teniendo en cuenta esta respuesta y la coyuntura del problema mencionado, es imprescindible la lucha y la militancia sin descanso de los verdaderos cristianos, que como se describen en las “Cartas a Diogneto” deben ser antorchas que iluminen el mundo para restablecer la primacía de la verdad y el consecuente sistema de valores, guiados a la dignificación humana en la sociedad.

Cristo se encarnó para que conociésemos el amor de Dios [5]: “Porque tanto amó Dios al mundo que envió a su hijo unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” [9]. Dios es en sí mismo la caridad y toda su creación nace de un deseo de compartir ese amor, por lo tanto, toda ella viene del amor y está llamada a volver al amor. En este sentido Dios quiso que conociésemos su amor palpable en la encarnación de Jesús tras estar apartados de la caridad por nuestro propio pecado, y así poder conocerle e imitarle en nuestras propias realidades con nuestros hermanos.

Hoy el amor se ha tergiversado y violado de dos maneras importantes: la primera relacionada con un egoísmo desmedido centrado en la satisfacción de las necesidades y de los placeres propios, ignorando nuestro amor con el hermano (como suele suceder en las épocas navideñas); y la segunda relacionada con una cosificación y simplificación del amor hacia la dimensión sexual y la lujuria. La respuesta a la caridad de Dios debe ser sobre todo un amor recíproco hacia la Providencia, como lo demanda el primer mandamiento, que se fructifica y se refleja verdadero en la caridad hacia los hermanos.

Así pues, se hace necesario para hacer frente a la problemática actual, primero, morir -como Cristo lo hizo- a nuestros gustos y deseos por el bienestar de los que más lo necesitan, para ser testimonios vivos del Verbo; y segundo, cultivar de forma heróica la pureza para reivindicar el sentido dignificante y santificante del verdadero amor sexual en el ser humano, haciendo especial hincapié en la condena tajante de las conductas que la sociedad quiere mostrar como fruto del amor, pero que en realidad nacen del error y de heridas abiertas (que no se curan, sino más bien se profundizan silenciosamente con el beneplácito de una cultura que nada le importa la felicidad humana) que están llevando a las personas a un peligroso vacío de Dios.

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En tercer lugar, Cristo se encarna para ser nuestro modelo de santidad [6]: “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí (…)” [10]. En efecto, cuando Cristo se encarna en María, no pretende solamente salvarnos, sino mostrarnos un camino a seguir para construir el Reino de Dios en la tierra, pues una vez que le conocemos a Él y a su amor, no podemos seguir viviendo en tinieblas, más bien debemos actuar según el amor para permanecer en Dios como Él quiere permanecer en nosotros.

Esto lo hizo perfectamente María, quien en efecto no solo se alegra en la promesa y en el acto de salvación  de Jesús, sino que responde humildemente con actos de amor, movida por el modelo de su hijo Jesús en el vientre para la construcción del Reino, demostrando la verdadera presencia y acción de Dios en ella.

Ahora bien, el problema de nuestra cultura es que los modelos virtuosos de antaño, que emulaban a Cristo, se han opacado en el momento en que las personas encontraron en artistas o deportistas, por ejemplo, un modelo a seguir, pero no por sus virtudes, sino por su amor a los placeres del mundo, como la lujuria, la gula o el dinero. Nuestra respuesta como seguidores del Mesías debe ser la misma de María y los apóstoles, mirar en Jesús niño, en Jesús crucificado, un modelo a seguir y hacer de nuestras vidas una oblación a su persona, convirtiéndonos así en nuevos Cristos, en nuevos faros de luz para este mundo sumido en oscuridad.

Por otro lado, como jóvenes inmersos en el mundo, debemos ser astutos y convertirnos en luces virtuosas, pero atractivas al común, y con esto no me refiero a una santidad mojigata o hipócrita, sino a una santidad cercana a las personas en el trabajo, en la casa, en la escuela y en sus vidas cotidianas que los muevan a sentir el amor de Dios como algo posible en sus vidas y los encienda en deseos de seguirle y amarle.

En cuarto lugar, Cristo también se encarnó para hacernos partícipes de su naturaleza divina y hacernos familia [7]: “Y nos hizo merced de preciosos y sumos bienes prometidos para que por ellos os hagáis partícipes de la divina naturaleza” [11]. Dios es familia en el misterio de la Santísima Trinidad,  y esto no solo se refleja en la creación del hombre, que obedece a un desbordamiento del amor de Dios, fruto de un deseo de compartir su existencia y su infinito amor con el género humano, sino que roto el vínculo filial por el pecado original, Dios vuelve a planear hacernos familia y hacernos parte de su divina esencia a través de la encarnación de su hijo Jesucristo, quien al nacer de María tomando forma humana, une misteriosamente en su persona la naturaleza humana y la divina de manera inseparable e inconfundible para hacernos partícipes, como hombre, de su naturaleza divina y reconstituirnos como hijos de Dios.

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Actualmente, corrientes como el racionalismo ciego aunado a diversas corrientes cientificistas, tratan a como dé lugar de negar la singularidad del ser humano, su dimensión espiritual y su filiación divina, definiéndolo como un mero producto aleatorio de la evolución o de la historia, sin ninguna importancia individual o dignidad significativa. Esto se ha volcado en una cultura que va en detrimento de la dignidad humana y que concibe al hombre de una manera práctica y utilitarista, fragmentando además las relaciones sociales entre la familia humana.

Nuestra respuesta a la filiación de Dios con nosotros debe hacer gala de la dignidad de la cual somos receptores, pues somos “dioses”, somos reyes y debemos actuar como tales, obrando según el espíritu y el modelo de Cristo para el fortalecimiento en el amor de la familia humana, que será reunida finalmente en la visión beatífica de la Trinidad. Debemos crear lazos fuertes entre los cristianos para propiciar el reinado de Cristo en la tierra a través del impacto en las estructuras que sostienen la sociedad como la familia, las universidades, los colegios y el gobierno, para levantar el papel y la dignidad del ser humano en todos los ámbitos de la sociedad con un lucha sin igual en el campo académico, legal, familiar y moral que contrarreste o, más aún, anule los efectos de quienes desean bestializar la máxima creación de Dios.

En conclusión, la Navidad supone un evento sin igual en la historia humana a través de la cual: el Verbo de Dios entra en el mundo por María para adquirir forma humana y salvar a la humanidad; hacernos conocer el amor de Dios; ser nuestro modelo y camino a seguir para construir el reino; y por último para hacernos familia a través de la filiación divina. Su nacimiento produce para nosotros, como seres humanos, una serie de implicaciones que, brotando del amor y la confianza en Jesucristo, como modelo de vida, y de nuestra dignidad de hijos de Dios, se encaminan en la dignificación del ser humano y la búsqueda de justicia social y de bien común en las realidades propias de nuestra sociedad.

Que la Navidad sea en verdad una época para reflexionar sobre la misión de Jesús en nosotros y en el mundo, y comprometernos de manera humilde a trabajar por el reinado del Niño Rey en nuestros corazones, procurando que nuestras vidas sean navidades diarias llenas de fe, amor y esperanza.

¡Viva el Niño Dios, viva Cristo Rey!

Sin Medida

Sin Medida es un grupo inter-universitario católico que nació en la Universidad de Los Andes y se ha expandido a otras universidades como el Rosario y la Nacional. Es un grupo de jóvenes llamados a vivir la fe dentro de la realidad universitaria para formar identidad católica a través del servicio y el amor, además de brindar espacios de formación en la fe para los jóvenes universitarios.

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Bibliografía

  • wikipedia.org (2018). Anno Domini [online] Available at: //es.wikipedia.org/wiki/Anno_Domini
  • wikipedia.org (2018). Dionisio el Exiguo [online] Available at: //es.wikipedia.org/wiki/Dionisio_el_Exiguo
  • wikipedia.org (2018). La Encarnación [online] Available at: //es.wikipedia.org/wiki/Encarnaci%C3%B3n
  • catholic.net (2018). La encarnación del verbo [online] Available at: //es.catholic.net/op/articulos/40429/cat/876/la-encarnacion-del-verbo.html#modal
  • org (2018). Por qué Dios se hizo hombre [online] Available at: //opusdei.org/es-co/article/por-que-se-hizo-hombre-el-hijo-de-dios-encarnacion/
  • vatican.va (2018). Catecismo de la Iglesia Católica [online] Available at: //www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2a3p1_sp.html
  • infocatolica.com (2018). La encarnación del verbo [online] Available at: //www.infocatolica.com/blog/notelacuenten.php/1703250334-la-encarnacion-del-verbo
[1] Flp 2, 5-8; cf. Liturgia de las Horas, Cántico de las Primeras Vísperas de Domingos.

[2] 1 Jn 4, 10

[3] Catecismo de la Iglesia pt. 483.

[4] Catecismo de la Iglesia pt. 456 y 457.

[5] Catecismo de la Iglesia pt. 458.

[6] Catecismo de la Iglesia pt. 459.

[7] Catecismo de la Iglesia pt. 460.

[8] 1 Juan 4, 10-14

[9] Juan 3,16

[10] Mateo 11,29

[11] 2 Pedro 1,4

**Imagen principal: tomada de //catholic-link.com/10-pinturas-bellas-navidad/ en su artículo: “Las 10 pinturas más bellas sobre la Navidad”


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