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Lo que dijo Joseph Ratzinger sobre el celibato, antes de la actual polémica.

Edwin Botero Correa
Escrito por Edwin Botero Correa

La misma clase de fidelidad y de compromiso decisivo que se exigen para el matrimonio son las que demanda el celibato. Es un para siempre. Y el fundamento de ello es una auténtica fe.

En 1997, el periodista Peter Seewald, quien ha sido redactor de importantes medios como Der Spiegel, Stern y Süddeutscher Zeitung, en Alemania, escribió «LA SAL DE LA TIERRA», y lo hizo «desde la perspectiva pesimista de quien abandonó la Iglesia –y vive en el limitado, pero influyente, ambiente germano en el que grupos de católicos rechazan las enseñanzas del Magisterio–». En aquel entonces logró «unas declaraciones impresionantes» –por su extensión y profundidad– del Cardenal Joseph Ratzinger, quien por su parte respondió «sin dejarse impresionar» en absoluto por el ambiente del momento, con total libertad, desde la fe cristiana y desde su experiencia, a los retos y desafíos que se presentan al cristianismo.

Tales declaraciones fueron recogidas en el libro-entrevista «La Sal de la Tierra«, de Ediciones PALABRA, de Madrid, que en su cuarta edición subtituló: «Quién es y cómo piensa Benedicto XVI«, una vez electo Papa el 19 de abril de 2005. De este texto hemos extraído un significativo pasaje (páginas 209 a 216), en el que de manera insistente, e incluso punzante, Seewald pregunta –casi intentando arrinconar al Cardenal Ratzinger– sobre la disciplina del celibato en la Iglesia. Veamos sus respuestas.

Invitamos a leer el libro completo, cuyo enlace a la Editorial hemos puesto también al final de esta publicación (Los énfasis son nuestros).

«Pero Jesús respondió y les dijo: Estáis equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios. Porque en la resurrección, ni se casan ni son dados en matrimonio, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo. Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: “YO SOY EL DIOS DE ABRAHAM, Y EL DIOS DE ISAAC, Y EL DIOS DE JACOB”? Él no es Dios de muertos, sino de vivos».

Mateo 22, 29-32.

«Pero él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda»».

Mateo 19, 11-12

El Celibato

Extrañamente nada hay que enfade más a la gente, que la vieja cuestión sobre el celibato. Aunque sólo afecte a una mínima fracción de la Iglesia, ¿por qué existe el celibato?

Va muy unido a unas palabras de Cristo. Hay algunos –dice–, que renuncian al matrimonio por el Reino de los Cielos y ofrecen toda su existencia en testimonio del Reino de los Cielos. La Iglesia llegó muy pronto a la convicción de que ser sacerdote significaba dar este testimonio por el Reino de los Cielos. En el Antiguo Testamento, el sacerdote tenía una situación paralela, aunque de otra naturaleza, que sirve de cierta analogía. Israel se instala en la tierra prometida. Las once tribus recibieron su propia tierra, su territorio. Sólo la tribu de Leví, la tribu de los sacerdotes, no recibió ninguna tierra, no recibió ninguna herencia; su herencia era sólo Dios. Esto significaba, en la práctica, que sus miembros tenían que vivir de las ofrendas del culto, y no de la explotación de las tierras como las otras tribus.

Su característica fundamental es que no tenían ninguna propiedad.

En el Salmo 16 se dice:

«Tú eres mi copa y la porción de mi herencia. Tú eres quien garantiza mi suerte. Dios es mi tierra».

Salmo 16

Esta figura del Antiguo Testamento que deja a la tribu de los sacerdotes sin territorio y que, podría decirse, sólo vive de Dios, y, por tanto, da verdadero testimonio de Él, se tradujo más adelante como unas palabras de Jesús que venían a decir que, en la vida del sacerdote, su tierra es Dios.

Actualmente nos resulta difícil entender el carácter de esta renuncia, porque la relación con el matrimonio y los hijos ha sufrido un gran cambio.

Morir sin descendencia era considerado antiguamente como vivir inútilmente:

«he trazado las huellas de mi vida, pero no he dejado mi rastro; de haber tenido hijos, habría sobrevivido en ellos, hubiera quedado mi inmortalidad a través de mi descendencia».

Por eso, era una condición superior de vida tener herederos y, por ellos, permanecer en la tierra de los vivos.

La renuncia al matrimonio y a una familia habría que contemplarla bajo este punto de vista: «renuncio a algo que para los demás no sólo es lo más normal, sino lo más importante, renuncio a traer nuevas vidas al árbol de la vida, para vivir con la confianza de que sólo Dios es mi heredad, y contribuir así a que los demás crean en la existencia del Reino de los Cielos. Así, no sólo con palabras, sino con mi propia existencia, daré testimonio de Jesucristo y de su Evangelio, entregaré mi vida para que Dios disponga de ella».

El celibato, por tanto, tiene doble sentido, uno cristológico y otro apostólico. No se trata de ahorrar tiempo –como no soy padre de familia, dispongo de más tiempo–, aunque sea verdad, eso sería una visión demasiado banal y pragmática.

Se trata de una existencia que se lo juega todo a la carta de Dios, y renuncia a lo que normalmente convierte la existencia humana en una realidad madura y prometedora.

Por otra parte, no es un dogma. ¿El problema se debatirá algún día en el sentido de elegir una forma de vida de celibato o no-celibato?

En efecto, no es un dogma. Es una costumbre de vida que, desde muy temprano, se fue formando en el interior de la Iglesia por muy buenas razones bíblicas. Recientes investigaciones han demostrado que el celibato se remonta a tiempos muy remotos –como hemos sabido por las fuentes del derecho– hasta el siglo II.

En la Iglesia oriental, el celibato también estuvo muy extendido, más de lo que sabíamos hasta ahora. Sólo en siglo VII, los dos caminos se separan.

Los monjes de Oriente siempre han sido la base del sacerdocio y de la jerarquía, y, por esto, también allí el celibato ha tenido una gran importancia.

No es un dogma, es una costumbre de vida que creció en el seno de la Iglesia y que, naturalmente, lleva consigo el riesgo de que haya caídas. Si se apunta tan alto, puede haber caídas. Yo creo que lo que la gente de ahora tiene contra el celibato es que ven a muchos sacerdotes que, en efecto, en su interior no están muy de acuerdo, y entonces lo viven hipócritamente, mal, o no lo viven en absoluto, o lo viven angustiados, y dicen que…

…destruye a los hombres…

Cuanta menos fe haya más caídas habrá. Y con eso se consigue que, además, el celibato pierda prestigio y no se le reconozca todo lo que tiene de positivo. Es muy importante saber y tener clara la idea de que los tiempos de crisis del celibato coinciden siempre con tiempos de crisis del matrimonio. Actualmente, no sólo se ven grietas en el celibato; el matrimonio, como fundamento de nuestra sociedad, cada vez es más frágil.

En las legislaciones de los Estados occidentales, se ofrecen con cierta frecuencia otras alternativas que se ponen al mismo nivel, y así se disuelve también como forma jurídica. Y una cosa más, el esfuerzo por vivir realmente bien el matrimonio, tampoco es pequeño.

Es decir, que si se aboliera el celibato, pasaríamos, en la práctica, a la separación de matrimonios de sacerdotes, y tendríamos un nuevo problema añadido. La iglesia evangélica sabe mucho de eso. Nosotros lo que podemos comprobar con todo esto es que las altas formas de vida que se dan en la existencia humana conllevan también grandes riesgos.

La consecuencia que podemos sacar no es decir «ya no somos capaces». No. Lo que hemos de hacer es esforzarnos en aumentar nuestra fe. Y también tenemos que tener más cuidado a la hora de hacer la selección de los candidatos al sacerdocio.

Lo que importante es que uno elija libremente y no diga: «sí quiero ser sacerdote, por ello acepto también esto», o bien «en el fondo las chicas no me interesan mucho, por lo tanto no será un gran problema».

Este no es un punto de partida correcto. El candidato al sacerdocio tiene que contemplar la fe como la única fuerza en su vida; debe saber que sólo en la fe puede vivir el celibato. Sólo así, el celibato podrá ser el testimonio que edifique a los hombres y además anime a los casados a vivir bien su matrimonio. Ambas instituciones van estrechamente entrelazadas. Cuando una fidelidad no es posible, la otra tampoco lo es; una lealtad conlleva la otra.

¿No es una simple suposición eso que ha dicho de que la crisis del celibato coincide con la crisis del matrimonio?

A mí me parece que es algo evidente. En los dos casos, el hombre tiene que tomar una decisión vital y definitiva sobre alguna cuestión íntima, siempre se plantea las mismas preguntas: «¿es bueno decidir ahora a los, digamos, veinticinco años, algo para toda la vida?».

Y, sobre todo, «¿esto será conveniente para mí?», «¿podré hacer esto y realizarme, madurar, o será mejor esperar otras posibilidades?».

Y yendo más al fondo aún, la cuestión se presenta así: «¿es propio del hombre decidir algo definitivo en el ámbito más íntimo de su existencia?», «¿podrá el hombre mantener una decisión definitiva toda la vida?».

Yo daría estas dos respuestas: una, podrá si, de verdad, está fuertemente anclado en la fe; y dos, sólo en este caso alcanza la plenitud del amor y de la madurez humana. Y todo lo que el hombre realice fuera del matrimonio monógamo está por debajo de él.

Pero si las cifras de las rupturas del celibato son exactas, se puede decir que, de facto, el celibato hace tiempo que ha fracasado. Por eso le repito la pregunta: ¿Se abrirá un día el debate sobre la posibilidad de una libre elección?

En cualquier caso ha de ser de libre elección. Más aún, antes de la ordenación hay que afirmar bajo juramento que se hace libremente y porque se quiere. A mí siempre me molesta mucho que se diga que nuestro celibato es obligatorio y que se nos ha impuesto.

Se vive el celibato desde el principio, por una palabra dada. Pero habría que poner más atención durante la preparación al sacerdocio, para que esa palabra sea seriamente dada. Este es el primer punto. Y el segundo es que, donde hay fe, y en la medida en que una Iglesia vive de esa fe, es seguro que aparece la fuerza para sostener esas decisiones.

Yo creo que, en el fondo, suprimiendo esa condición no mejoraría nada, lo único que se conseguiría es disimular un poco una auténtica crisis de fe. Para la Iglesia, indudablemente, que haya algunos, pocos o muchos, que viven una doble vida es una tragedia. Desgraciadamente, no es la primera vez que ocurre.

En la baja Edad Media hubo una situación similar que fue una de las causas que llevaron a la Reforma. Fue un proceso muy doloroso que ahora nos debería hacer reflexionar, pensando también en el sufrimiento de muchos hombres por este motivo.  Pero yo creo que –y ese ha sido el resultado obtenido en el último Sínodo de obispos– la mayoría de los pastores de la Iglesia están plenamente convencidos de que el verdadero problema es una crisis de fe, y que no se sienten mejores ni más sacerdotes disociando el ministerio y el estado de vida, porque de este modo lo único que se hace es ignorar una crisis de fe, y engañarse con soluciones aparentes.

Pero, una vez más, con respecto a mi anterior pregunta, ¿cree que llegará el día en el que los sacerdotes puedan elegir libremente su vida de célibe o no célibe?

Ya le había entendido. Pero quería dejar claro que, según lo que cada sacerdote decide libremente antes de su ordenación, eso que algunos llaman celibato forzoso no existe.

Sólo se puede ser admitido al sacerdocio voluntariamente. Y aquí cabe preguntarse: «¿y qué relación tienen el sacerdocio y el celibato?», «decidirse por el celibato, ¿no es rebajar el sacerdocio?». Creo que sobre este punto no basta con apelar a la Iglesia ortodoxa y a la evangélica. La cristiandad evangélica tiene un concepto muy diferente del ministerio.

Para ellos, es una función, una misión de servicio, que procede de la propia comunidad, pero, sin el sentido de sacramento, no es sacerdocio en sentido estricto.

Y en la iglesia ortodoxa tienen, por un lado, la forma de plenitud sacerdotal: los monjes sacerdotes, que son los únicos que pueden ser obispos. Y por otro lado, los «Leutpriester» (sacerdotes o clérigos seculares), que, si quieren, pueden casarse pero antes de su ordenación; éstos se ocupan poco de la cura de almas, y son propiamente sólo servidores del culto.

Pero esta es prácticamente otra concepción del sacerdocio. En cambio nosotros pensamos que cualquiera que desee ser sacerdote tiene que serlo de la misma forma que lo es un obispo, sin que existan esas diferencias.

Son costumbres en la vida de la Iglesia que, aunque estén muy bien cimentadas y fundamentadas, no hay por qué contemplarlas como totalmente absolutas. La Iglesia se cuestionará con toda seguridad muchas cosas, una y otra vez, como acaba de suceder en los dos últimos sínodos. Pero, partiendo siempre de la historia de la cristiandad de Occidente, y por todo lo que subyace en el fondo de esta cuestión, creo que la Iglesia no debe pensar que, si se orientara hacia la disociación entre celibato y sacerdocio, saldría ganando; saldría perdiendo con toda seguridad.

Entonces, se podría decir que no cree que algún día en la Iglesia católica haya sacerdotes casados.

Al menos en un futuro previsible. Y, para ser enteramente sincero, le diré que, actualmente, ya hay sacerdotes casados que proceden de la Iglesia anglicana o de otras confesiones cristianas; son conversos que se han acercado a nosotros. Es decir, que en casos excepcionales es posible, pero, claro está, son eso, casos excepcionales. Y creo que lo seguirán siendo también en el futuro.

¿Y no sería mejor que la Iglesia suprimiera el celibato, para evitar que hubiera tan pocos sacerdotes?

No creo que ese argumento sea muy acertado. La cuestión del número de vocaciones al sacerdocio abarca muchos aspectos. Tiene bastante que ver, por ejemplo, con el número de hijos que hay actualmente. Si el promedio de natalidad ahora es de 1,5 hijos por matrimonio, lógicamente, la posibilidad de vocaciones sacerdotales que pueda haber es muy diferente a la que había en otros tiempos, cuando las familias acostumbraban a ser numerosas.

Y, por otra parte, en las familias, ahora predominan otras expectativas. Tenemos la experiencia, por ejemplo, de que una de las dificultades más frecuentes e importantes que hay en la vocación sacerdotal son los propios padres.

Ellos tienen otros planes distintos para sus hijos. Ese es el primer punto. Y un segundo punto es que el número de cristianos practicantes es mucho menor y, consecuentemente, el número de candidatos también se ha reducido notablemente.

No obstante, en proporción al número de hijos y de cristianos que participan en la Iglesia, el número de vocaciones no se ha reducido tanto. Para ser exactos hay que tener en cuenta esa proporción. Por eso lo primero de todo sería preguntarse «¿hay creyentes?». Y, a continuación, «¿surgen de ahí vocaciones de sacerdotes?».


LA SAL DE LA TIERRA

JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI

Resumen

El Papa, siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, afrontó en este libro-entrevista los principales problemas del cristianismo y de la Iglesia católica. A través de estas páginas el lector puede entrar a fondo en la vida, la actuación y el pensamiento de Joseph Ratzinger: su infancia, aficiones y familia; su vocación sacerdotal y actividad teológica; su intervención en el Concilio Vaticano II, su trabajo como arzobispo de Múnich y, luego, al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Joseph Ratzinger se nos muestra como un pensador de altura que ha profundizado en los grandes temas de nuestro tiempo y aborda las cuestiones más candentes sobre teología de la liberación, bioética, celibato sacerdotal, disidencia, la situación de la Iglesia en diversos países y sus relaciones con otras religiones. El Cardenal responde con franqueza y serenidad desde la fe cristiana y desde su experiencia, sin rehuir ninguna pregunta por dolorosa o incómoda que resulte. Este libro no sólo ofrece una información extraordinaria, sino que, sobre todo, invita a quien lo lee a plantearse cuestiones decisivas porque, verdaderamente, se trata de un libro provocador y apasionante. El periodista alemán Peter Seewald ha conseguido unas declaraciones impresionantes, por su extensión y profundidad, sobre multitud de cuestiones que importan a todo el mundo. Libro sorprendente, por su estilo y su contenido.

Sobre el Autor

Edwin Botero Correa

Edwin Botero Correa

Comunicador Social - Periodista.
Estudios, Formación y Experiencia en Comunicación, Filosofía y Humanismo, Desarrollo Humano, Gerencia, Doctrina Social de la Iglesia, Educación y Pedagogía.

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