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¿Las armas solo han dado dolor? Respuesta a una generalización absurda.

“La paz ha sido frágil e imperfecta, pero
nos tomó un esfuerzo descomunal. La
respuesta no puede ser regresemos a la guerra.
Las armas solo han dado dolor”

Padre Francisco de Roux SJ.
Presidente de la Comisión de la Verdad.

“Non veni pacem mittere sed gladium”

(No he venido a traer paz, sino espada)

Mt. 10, 34

“Prendiéronles ellos, y Elías

los llevó al torrente Cisón,

donde les quitó la vida”

I Reyes 18, 40

En los periódicos de todo el mundo aparecían, durante las primeras horas del pasado viernes 30 de agosto, las opiniones de empresarios, políticos, académicos y diversos personajes connotados de la vida colombiana, acerca del comunicado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, en el que anunciaban que su lucha armada continuaba, hecho que ha sido el principal de los últimos días.

Entre esas opiniones, resulta muy importante la de la Iglesia Católica, que se ha expresado por boca de sus jerarcas y de líderes muy comprometidos con la implementación de los Acuerdos de La Habana, como, por ejemplo, el Padre Francisco de Roux SJ ―presidente de la Comisión de la Verdad―, quien, haciendo gala del pacifismo que siempre lo ha caracterizado, afirmó, acudiendo a una típica falacia de generalización, que “las armas solo han dado dolor” (citado en Macías & Rendón 2).

Para un lector desprevenido, las palabras del P. de Roux pueden no significar más que un mensaje positivo, amable, cálido, e informal, que resulta muy adecuado a un sacerdote.

Otro tipo de lector, un poco más agudo, verá en él una crítica al rearme de las FARC, pero, el lector objetivo, informado, perspicaz y conocedor de las corrientes ideológicas que han inspirado a este sacerdote jesuita y de su inclinación política ―porque la tiene, claro está. Es imposible no tenerla― descubrirán que sus palabras se nutren del viejo error doctrinal condenado por la Iglesia y que hoy es conocido como “pacifismo”, es decir, la postura que propende por la abolición de la guerra como solución a los conflictos y promueve su condena como mala en sí misma.

Un término sinónimo es “irenismo” (del griego eiréne, paz) que se entiende como la doctrina que preconiza la paz a ultranza, o sea, a todo trance, resueltamente.

Monseñor Elkin Álvarez afirmó que la paz es posible, pero es ardua.

En esta tendencia pacifista, el P. de Roux no está solo, también el Secretario General de la Conferencia Episcopal de Colombia, Mons. Elkin Fernando Álvarez Botero, se ha pronunciado en ese tenor:

“La preocupación es un reavivarse del ideal armado que no lo encontramos justo en este tiempo, cuando no hay razones para continuar una lucha armada en el país. El camino de la violencia lo tenemos de sobra probado, no nos lleva a ninguna parte, solo a la violencia, a la muerte, a la guerra en nuestro país. La preocupación grande es justamente que se reavive la violencia armada entre nosotros”

Martínez/Vatican News

Como casi siempre, en estos días críticos para la Iglesia Católica, hay que corregir y precisar muchas de las perspectivas que los miembros de la jerarquía emiten de modo irresponsable y sin ninguna referencia a la Palabra de Dios ni al Magisterio Tradicional de la Santa Iglesia, que son, valga recordarlo, las fuentes de la Revelación y, por consiguiente, deben ser las referencias obligadas a la hora de juzgar rectamente acerca de cualquier asunto.

Esta verdad elemental de la doctrina cristiana exige ser recordada en un periodo histórico en el que las referencias de tantos prelados son más las obras de pseudointelectuales revolucionarios que la Sagrada Escritura, el Catecismo, los textos de los Santos Padres y Doctores y los concilios.

En primer lugar, eso de que “las armas solo han dado dolor” incurre en falacia de generalización, como ya se dijo, porque, después del pecado original, las armas son útiles para muchas cosas: cazar, intimidar a un atacante o, simplemente, reducirlo cuando no quiere rendirse por su propia voluntad.

Las armas no son ni buenas ni malas, porque son objetos inanimados, así pues, pueden recibir un buen o un mal uso. Sería inoficioso enumerar las múltiples veces que, en el Antiguo Testamento, por ejemplo, Dios mismo ordena el uso de las armas para que los israelitas enfrente a pueblos enemigos.

No hay que olvidar que una espada fue lo que le dio muerte al gigante Goliat, filisteo que tenía asolado (1Re. 17, 51) al pueblo de Israel ¿causó un daño o hizo un bien la espada?

Lo mismo habría qué decir, para el caso colombiano, de los múltiples rescates que se han podido realizar con las armas, así como de la reducción de peligrosos criminales que, más que simples e inofensivas “ovejitas descarriadas”, han llegado a ser verdaderos sociópatas y el caso de criminales como Iván Márquez, Santrich, El Paisa y compañía no es diferente, pues en su prontuario tienen crímenes de lesa humanidad por los que ni siquiera han pedido perdón y que, evidentemente, están dispuestos a seguir cometiendo ¿serán reducidos con bellas palabras o cediendo, totalmente, a sus requerimientos, lo cual, aunque se intentó, no dio resultado?

En las imágenes del comunicado, todos los terroristas aparecían armados, teniendo de fondo a uno de los más terribles genocidas de la historia de Colombia: Manuel Marulanda Vélez, alias «Tirofijo».

En segundo lugar, Mons. Elkin Álvarez, el P. de Roux y tantos otros sacerdotes, religiosos y miembros de la jerarquía olvidan ―o callan― las indicaciones de San Agustín de Hipona en su réplica a Fausto, obispo maniqueo ―pues del maniqueísmo vienen los errores del pacifismo y el irenismo―, cuando, en el capítulo acerca de la licitud del servicio militar, defiende la existencia de la guerra justa con las siguientes palabras:

“Con frecuencia, por mandato ya de Dios, ya de otro legítimo poder, los buenos emprenden guerras contra la violencia de los que resisten, para castigar conforme a derecho tales vicios. Esto acontece cuando se hallan en un ordenamiento tal de las realidades humanas, que el mismo ordenamiento los fuerza a mandar algo así o a obedecer al respecto. De lo contrario, cuando los soldados venían a Juan para que les bautizase preguntándole: Nosotros ¿qué debemos hacer?, les hubiese respondido: ‘Deponed las armas, desertad del servicio militar, no golpeéis, no hiráis, no abatáis a nadie’. Mas como sabía que al hacer todo eso en el servicio a las armas no eran homicidas sino servidores de la ley ni vengadores de las injurias sufridas por ellos sino defensores de la salud pública, les respondió: No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, contentaos con vuestra soldada. Como los maniqueos suelen acusar abiertamente a Juan, escuchen al mismo señor Jesucristo que manda que se pague al César lo que Juan dice que debe bastar al soldado. Dice: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y si se pagan los tributos es para que se pague la soldada a los soldados a los que las guerras hacen necesarios. Con razón alabó la fe de aquel centurión que decía: También yo que soy un subalterno; tengo soldados a mis órdenes, y digo a uno: Vete y va; y a otro: Ven y viene; y a mi siervo: Haz esto y lo hace, en vez de mandarle que desertara de la milicia (Contra fausto XXII, 74).

Sería injusto no citar las magistrales palabras del Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, quien, en su Suma de Teología, explica por qué es lícito matar a los pecadores y sobra decir que los miembros de las FARC no solo son pecadores impenitentes, sino que se han convertido en promotores de la nefasta ideología comunista, condenada por el Magisterio de la Iglesia y causante de tantos y tan graves desórdenes morales y sociales, empezando porque la corrupción de los jóvenes a la que hoy asiste la cultura occidental, fue un plan macabro de los líderes de esta herejía política.

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Reducirlos por las armas no es solo un derecho del Estado colombiano, sino una gravísima obligación moral en la que todo ciudadano debe contribuir como le corresponda hacerlo. Faltar a ello sería un pecado de omisión y una contribución directa con el mal.

En relación con la defensa del bien común, cuando uno o varios delincuentes amenazan gravemente al resto de la sociedad, Santo Tomás responde a la pregunta “¿Es lícito matar a los pecadores?”, :

“Cada persona singular se compara a todo; y, por tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma 1 Cor 5,6 un poco de levadura corrompe a toda la masa.

(…) El Señor enseña que vale más dejar vivir a los malos y reservar la venganza hasta el juicio final, que hacer perecer al mismo tiempo a los buenos. Pero cuando la muerte de los malos no entraña un peligro para los buenos, sino más bien seguridad y protección, se puede lícitamente quitar la vida a aquéllos.

(…) El hombre, al pecar, se separa del orden de la razón, y por ello decae en su dignidad, es decir, en cuanto que el hombre es naturalmente libre y existente por sí mismo; y húndese, en cierto modo, en la esclavitud de las bestias, de modo que puede disponerse de él en cuanto es útil a los demás, según aquello del Sal 42,21: El hombre, cuando se alzaba en su esplendor, no lo entendió; se ha hecho comparable a las bestias insensatas y es semejante a ellas; y en Prov 11,29 se dice: El que es necio servirá al sabio. Por consiguiente, aunque matar al hombre que conserva su dignidad sea en sí malo, sin embargo, matar al hombre pecador puede ser bueno, como matar una bestia, pues peor es el hombre malo que una bestia y causa más daño, según afirma el Filósofo en I Polit. y en VIII Ethic” (Suma de Teología II-II c. 64 a.2 sol. y resp.).

En cualquier asunto que considere, un buen católico debe siempre consultar las enseñanzas de San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino, Doctores de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Con base en la doctrina clásica del ius ad bellum o guerra justa, expuesta en numerosos pasajes de obras clásicas del pensamiento filosófico y jurídico ―entre las cuales, las de San Agustín y Santo Tomás son las más logradas y las que más importancia tienen para un católico―, el Catecismo del Santo Concilio de Trento ofrece una tercera refutación a los juicios de ciertos sacerdotes y prelados colombianos cuando desarrolla todos los pormenores acerca del Quinto Mandamiento de la Ley de Dios, el cual puede convertirse en falso fundamento para los que, siendo pacifistas, intentan también ser católicos:

Decía David: En la mañana quitaba yo la vida a todos los pecadores de la tierra, por acabar en la Ciudad de Dios con todos los obradores de maldad.

Por la misma razón tampoco pecan los que movidos no de codicia o crueldad, sino de amor del bien público, quitan en guerra justa la vida a los enemigos. De esta condición son también las muertes que se hacen de orden expreso de Dios. Y así no pecaron los hijos de Leví, matando en un día tantos millares de hombres: pues hechas esas muertes les dijo Moisés: Consagrasteis hoy vuestras manos al Señor” (Parte III. Capítulo VI, 4-5).

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 Y aun, frente a los modernistas que quieran sofismar pensando que esta es doctrina preconciliar y que las cosas cambiaron muchísimo con el Concilio Vaticano II en materia de legitimidad de la guerra, hay que aclarar que no es cierto, pues, aparte de que este concilio fue pastoral y no dogmático, en este punto particular reafirma lo dicho por Trento, como queda claro en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes cuando señala:

“Por eso mientras persista el peligro de guerra y falte una autoridad internacional competente, dotada de fuerza suficiente, no será posible negar a los gobiernos que, agotadas todas las posibles formas de tratos pacíficos, recurran al derecho a la legítima defensa” (No. 79).

Por otro lado, el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, permite la legítima defensa mediante la fuerza militar (No. 2309) y, lejos de caer en el simplismo de que “las armas solo han dado dolor”, indica:

La producción y el comercio de armas atañen hondamente al bien común de las naciones y de la comunidad internacional. Por tanto, las autoridades tienen el derecho y el deber de regularlas” (No. 2316).

En cuarto y último lugar, después de haber mencionado la Palabra de Dios, a los dos más grandes Doctores de la Iglesia y al Magisterio, vale la pena terminar recordando que, en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Puebla (México), en 1979, los obispos instaron a los militares a ser “los defensores de la fuerza del Derecho” (No. 1247), por lo cual este es uno de los momentos más importantes en la gloriosa historia del Ejército Nacional de Colombia y de él depende, en muy buena medida, el futuro de esta maravillosa nación.

Los comunicados de Márquez y Santrich han sido una amenaza directa a todos los colombianos, aun cuando hayan querido matizarla, queriendo congraciarse con ciertos grupos e instituciones.

No es legítimo moralmente mantenerse pasivo y, mucho menos, difundir el pacifismo entre los colombianos, como están haciendo algunos pastores. Es hora de hablar claro contra el mal.

Así pues, a todo católico a quien el demonio quiera tentar con el pacifismo y el irenismo, hay que recordarle, otra vez con el Doctor Común de la Iglesia y concluyendo, que:

“No es, pues, necesario para la salvación que el hombre renuncie al acto de defensa moderada para evitar ser asesinado, puesto que el hombre está más obligado a mirar por su propia vida que por la vida ajena” (II-II c. 64 a. 7 sol.).

Bibliografía

Catecismo del Santo Concilio de Trento para los párrocos, ordenado por disposición de San Pío V. Trad. P. Fr. Agustín Zorita. Madrid: Imprenta Real, 1785.

Catecismo de la Iglesia Católica. Santiago de Chile: San Pablo, 2004.

Concilio Vaticano II. Documentos completos. Trad. P. Gustavo Vallejo. Bogotá: Paulinas, 1987.

Consejo Episcopal Latinoamericano ―CELAM―. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Puebla. Bogotá: L. Canal y Asociados, 1979.

De Aquino, Santo Tomás. Suma de Teología III. Parte II-II (a). Trad. Emilio García Estébanez y otros. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1990.

De Hipona, San Agustín. Obras completas de San Agustín XXXI. Escritos antimaniqueos (2ᵒ). Contra Fausto. Trad. Pío de Luis. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.

Holy Bible. Latin Vulgate Translation. Grand Rapids: Christian Ethereal Library, 2009

La Santa Biblia. Versión de Mons. Juan Straubinger. La Plata: Desclée de Brouwer, 1948.

Macías, Javier Alexánder & Rendón, Olga Patricia. “Van al monte y dicen no a la paz que sí quiere el país” en El Colombiano. 30/08/2019. pp. 2-3

Martínez, Renato. Colombia. Monseñor Álvarez: “La paz es posible, una tarea ardua” en Vatican News. 30/08/2019.  Recuperado de //www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2019-08/colombia-paz-obispos-conferencia-alvarez-botero.html

Sobre el Autor

Carlos Andrés Gómez Rodas

Carlos Andrés Gómez Rodas

Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia). Ha sido docente de la misma institución, de la Universidad Católica Luis Amigó y de la Escuela de Administración, Finanzas e Instituto Tecnológico (EAFIT).
Ha sido colaborador en publicaciones colectivas como "Filosofía y personalismo en un mundo en crisis Tomo II" (Universidad Católica de Colombia, 2017) y autor de varios artículos en revistas académicas nacionales e internacionales.
Es miembro pleno de la Red Latinoamericana de Filosofía Medieval y miembro activo de la Alianza de Fátima y de la Asociación Española de Personalismo (AEP). Colabora, periódicamente, en Razón+Fe y en el área Internacional de El ojo digital, portal argentino de análisis político.

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