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La Iglesia es el «chivo expiatorio» por quitarle los niños al liberalismo sexual, dice Olavo.

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Escrito por Redacción R+F

Pero la propia iglesia, si en vez de denunciar a sus agresores prefiere inclinarse ante ellos en un acto grotesco de contrición, sacrificando pro forma unos cuantos padres pedófilos para no tener que enfrentar a las fuerzas que se le inyectaron a ella como un virus, habrá hecho su elección más desastrosa de los últimos dos milenios.

Esta nota fue publicada originalmente en portugués como «Cem anos de pedofilia» en el O Globo, Brasil, en abril de 2002. La imagen principal corresponde a la guardería «antiautoritaria» Kinderladen en Bochum (Alemania) en 1971. Muchos de estos centros se proponían liberar a los niños de sus inhibiciones sexuales, lo que conllevó con frecuencia relaciones sexuales con adultos.

En Grecia y en el Imperio Romano, el uso de menores para satisfacción sexual de adultos era una costumbre tolerada e incluso apreciada. En China, castrar niños para venderlos a ricos pederastas fue un comercio legítimo durante milenios. En el mundo islámico, la moral rígida que ordena las relaciones entre hombres y mujeres fue poco o nada compensada por la tolerancia hacia la pedofilia homosexual. En algunos países eso duró hasta al menos el comienzo del siglo XX, haciendo de Argelia, por ejemplo, un jardín de delicias para viajeros depravados (leer las memorias de André Gide, «si le Grain ne meurt«).

La pederastia en Grecia iba de la mano de la educación.

En todas partes donde la práctica de la pedofilia decayó, fue debido a la influencia del cristianismo –y prácticamente solo a ella– que liberó a los niños de este temible yugo.

Pero eso tuvo un precio. Es como si una corriente subterránea de odio y resentimiento atravesara dos milenios de historia, aguardando el momento de la venganza. Ese momento ha llegado.

El movimiento de inducción a la pedofilia comienza cuando Sigmund Freud crea una versión caricaturalmente erótica de los primeros años de la vida humana, versión que con la mayor facilidad es absorbida por la cultura del siglo. Desde entonces la vida familiar surge cada vez más, en la imaginación occidental, como una olla a presión de deseos reprimidos. En el cine y la literatura, los niños parecen no tener nada más que hacer que espiar la vida sexual de sus padres a través de la cerradura o entregarse a los juegos eróticos más asombrosos.

Sigmund Freud.

El potencial políticamente explosivo de la idea es pronto aprovechado por Wilhelm Reich, un psiquiatra comunista que organiza en Alemania un movimiento por la «liberación sexual de la juventud», luego transferido a los Estados Unidos, donde se constituirá tal vez la principal idea-fuerza de las rebeliones de los estudiantes en la década del 60.

El político del partido verde alemán, Daniel Cohn-Bendit, escribió en su biografía, «El Gran Bazar», sus experiencias como profesor en un Kinderladen en Fráncfurt (Alemania), contando que cuando los niños acariciaban su pene él se sorprendía, y sus «reacciones variaban, dependiendo de las circunstancias».

Mientras tanto, el informe Kinsey, que hoy sabemos ha sido un fraude en todo sentido, acaba con la imagen de la respetabilidad de los padres, mostrándolos a las nuevas generaciones como hipócritas sexualmente enfermos o libertinos reprimidos.

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El advenimiento de la píldora y el condón, que los gobiernos empiezan a distribuir alegremente en las escuelas, suena como el toque de liberación general del erotismo infanto-juvenil. Desde entonces la erotización de la niñez y de la adolescencia se expande de los círculos académicos y literarios a la cultura de las clases medias y bajas, a través de una infinidad de películas, programas de televisión, «grupos de encuentro», cursos de consejería familiar, anuncios, el diablo. La educación sexual en las escuelas se convierte en una inducción directa de niños y jóvenes a la práctica de todo lo que veían en el cine y la televisión.

Pero hasta ahí la la legitimación de la pedofilia aparece apenas insinuada, de contrabando en medio de las reivindicaciones generales que la implican como consecuencia implícita.

Uno de los autores del informe Kinsey, Wardell Pomeroy, señaló que el incesto «a veces puede ser beneficioso».

En 1981, sin embargo, el «Time» reporta que los argumentos pro-pedofilia están ganando popularidad entre los consejeros sexuales. Larry Constantine, un terapeuta familiar, proclama que los niños «tienen derecho a expresarse sexualmente, lo que significa que pueden tener o no contactos sexuales con personas mayores». Uno de los autores del informe Kinsey, Wardell Pomeroy, señaló que el incesto «a veces puede ser beneficioso».

Con el pretexto de combatir la discriminación, representantes del movimiento gay son autorizados para enseñar en las escuelas infantiles los beneficios de la práctica homosexual. Quienquiera que se oponga a ellos es estigmatizado, perseguido, despedido. En un libro elogiado por J. Elders, el ex Ministro de salud de Estados Unidos (el cirujano general –el mismo que hace advertencias apocalípticas contra los cigarrillos), la periodista Judith Levine afirma que los pedófilos son inofensivos y que la relación sexual de un niño con un sacerdote puede ser incluso algo benéfico. Incluso peligrosos, dice Levine, son los padres, que proyectan «sus miedos y su propio deseo de carne infantil en el mítico abusador de niños».

Las organizaciones feministas ayudan a desarmar a los niños contra los pedófilos y a armarlos contra la familia, difundiendo la monstruosa teoría de un psiquiatra argentino según el cual al menos una de cada cuatro niñas es violada por su propio padre.

La consagración más alta de pedofilia viene en un número de 1998 del “Psychological Bulletin”, órgano del American Psychological Association. La revista afirma que los abusos sexuales en la niñez «no causan un daño intenso de manera penetrante», y todavía recomienda que el término pedofilia, «cargado con connotaciones negativas», sea intercambiado por «intimidad intergeneracional».

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Sería impensable que tan vasta revolución mental, difundiéndose por toda la sociedad, milagrosamente evitara a una parte especial del público: los sacerdotes y los seminaristas. En el caso de estos se sumó a la presión de fuera un estímulo especial, bien calculado para actuar desde dentro. En un libro reciente, “Goodbye, good men”, el reportero estadounidense Michael S. Rose muestra que desde hace tres décadas organizaciones gays de los EUA han estado poniendo a su gente en los departamentos de psicología de los seminarios para dificultar la entrada de postulantes vocacionalmente dotados y forzar el ingreso masivo de homosexuales en el clero. En los principales seminarios la propaganda del homosexualismo se hizo ostensiva y los estudiantes heterosexuales fueron forzados por sus superiores a someterse a conductas homosexuales.

Acusados y saboteados, confundidos e inducidos, fatalmente tarde o temprano, muchos sacerdotes y seminaristas terminan cediendo a la fiesta general infanto-juvenil. Y cuando esto sucede, todos los portavoces de la cultura moderna «liberada», todo el establishment «progresista», todos los medios de comunicación «avanzados», todas las fuerzas, en fin, que a lo largo de cien años fueron despojando a los niños del aura protectora del cristianismo para entregarlos a la codicia de los adultos perversos, repentinamente se regocijan, porque encontraron un inocente sobre el cual lanzar sus culpas. Cien años de cultura pedófila, de repente, están absueltos, limpios, rescatados ante el Altísimo: el único culpable de todo es… ¡el celibato clerical! La cristiandad ahora pagará por todo el mal que ella les impidió hacer.

No tengan ninguna duda: la Iglesia es acusada y humillada porque ella es inocente. Sus detractores la acusan porque son los propios culpables. Nunca la teoría de René Girard, de persecución del chivo expiatorio como oportuno para la restauración de la unidad ilusoria de una colectividad en crisis, encontró confirmación tan patente, tan obvia, tan universal y simultánea.

Quienquiera que no perciba eso, en este momento, está divorciado de su propia conciencia. Tienen ojos pero no ven, tienen oídos pero no escuchan.

Pero la propia iglesia, si en vez de denunciar a sus agresores prefiere inclinarse ante ellos en un acto grotesco de contrición, sacrificando pro forma unos cuantos padres pedófilos para no tener que enfrentar a las fuerzas que se le inyectaron a ella como un virus, habrá hecho su elección más desastrosa de los últimos dos milenios.


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