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Francisco dice que “Jesús justificó a TODOS los hombres”, pero…

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Escrito por Redacción R+F

EL CONCILIO DE TRENTO ENSEÑA QUE NO TODOS SON JUSTIFICADOS

De acuerdo con información publicada por el portal Infocatólica, en la que recoge un extracto y el video de la homilía pronunciada por el Papa Francisco en la Casa Santa Marta,

Francisco aseguró ayer en su homilía en Santa Marta que Jesucristo justificó a todos los hombres

Francisco dice que todos los hombres han sido justificados 1

“Durante la homilía que predicó ayer en la Misa diaria que oficia en Santa Marta, el papa Francisco aseguró que Jesucristo no solo murió por todos los hombres «incluso por la gente que no cree en él o es de otras religiones», sino que los justificó a todos” (InfoCatólica).

Eso fue lo que dijo ayer Francisco“:

El Señor, en el Evangelio, nos dice: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16).

El Señor dice: “Tengo ovejas en todas partes y yo soy pastor de todos”. Este todos en Jesús es muy importante.

Pensemos en la parábola de la fiesta de bodas (cfr. Mt 22, 1-10), cuando los invitados no querían ir: uno porque había comprado un campo, otro se había casado…, cada uno dio su motivo para no ir. Y el dueño se enfadó y dijo: «Marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis» (v. 9).

A todos. Grandes y pequeños, ricos y pobres, buenos y malos. Todos. Ese “todos” es la visión del Señor que vino por todos y murió por todos. “¿Y también murió por aquel desgraciado que me ha hecho la vida imposible?”. También murió por él. “¿Y por aquel bandido?”: murió por él. Por todos. E incluso por la gente que no cree en él o es de otras religiones: murió por todos. Eso no quiere decir que se deba hacer proselitismo: no. Pero Él murió por todos, justificó a todos.

Y esto es lo que siempre ha enseñado la Iglesia, tal y como aparece, entre otros muchos documentos magisteriales, en el Decreto sobre la Justificación del Concilio de Trento:

No obstante, aunque Jesucristo murió por todos, no todos participan del beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunican los méritos de su pasión. Porque así como no nacerían los hombres efectivamente injustos, si no naciesen propagados de Adán; pues siendo concebidos por él mismo, contraen por esta propagación su propia injusticia; del mismo modo, si no renaciesen en Jesucristo, jamás serían justificados; pues en esta regeneración se les confiere por el mérito de la pasión de Cristo, la gracia con que se hacen justos.
Decreto de Justificación del Concilio de trento, cap. III

Video de la homilía
Hasta aquí, la nota publicada por Infocatólica.

Algunas consideraciones oportunas:

1 – Es posible limitarse a dar cuenta de lo dicho sin añadir ningún comentario, bien sea por una cierta indiferencia ante el contenido, el cual se entrega debido a que tiene interés para ‘algún’ público o, simplemente, para “no complicarse la vida”, en vista de lo cual algunos ya han decidido y aprendido a hacerlo así.

2 – Tal vez la mayoría de los medios –incluso, o en particular los católicos– opten por hacerlo así, y la noticia no pasará de ser un registro que cite lo dicho, sin más consideraciones.

3 – El peligro de tal silencio conlleva dos consecuencias:

  • Que los medios seculares se hagan eco de las palabras citadas, anunciándolas como “una nueva y buena noticia” para los creyentes, como “un cambio” o “una apertura” doctrinal por parte del Papa.

    Ofrecida así, esta información da lugar a que la audiencia dé por sentado que lo dicho es ‘incontrovertible‘ porque “lo dijo el Papa”, sin necesidad de ningún referente teológico o magisterial, que es lo que en propiedad ofrece y le corresponde hacer a un medio católico.

    La consecuencia inmediata es la difusión del error; y las mediatas, son la confusión, la división y, finalmente, la propagación y aceptación de éste sin discernimiento alguno.
  • Que los medios y sectores protestantes –que son los que predican tal error doctrinal– lo consideren definitivamente zanjado con la Santa Sede y, por lo tanto, un tema controversialmente ‘superado’, avalado por ella y asumido en favor de su concepción.

4 – Decimos que en particular los medios católicos, algunos de cuyos directores, columnistas y medios –ya sea por temor, para evitar polémicas “innecesarias” o bajo el supuesto bien intencionado de “no propiciar un ‘clima’ de división”– se ven impelidos a asumir una actitud condescendiente con todo lo que provenga de la Santa Sede así como a una aceptación acrítica de todo lo que desde allí se diga, con lo cual incurren no pocas veces en la autocensura, pues si se atreven a recabar en lo dicho o a contrastarlo con alguna fuente autorizada del Magisterio de la Iglesia, en este caso, la afirmación –vinculante– del Concilio de Trento, que deja claramente expuesta la contradicción, como lo ha hecho en este caso Infocatólica, de inmediato son calificados y acusados por algunos como “enemigos del Papa”.

5 – Si tomamos las citas y los pasajes de la Sagrada Escritura –tanto el Evangelio del día, de San Juan, como el de San Mateo– invocados por el propio Francisco para sustentar esta nueva y polémica afirmación, podemos distinguir claramente que entre lo que dice el texto y lo que afirma Francisco, hay no sólo diferencia, sino incluso una evidente discrepancia: él hace una interpretación, y la presenta como algo ‘dicho’ por Jesús. Veamos:

Con respecto a Juan 10, 16:

«El Señor dice: “Tengo ovejas en todas partes y yo soy pastor de todos”. Este todos en Jesús es muy importante».

Pero lo que el texto del evangelio realmente dice, es:

“También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor”.

Juan 10, 16

Jamás habla de “todas partes” ni de “soy pastor de todos”.

Con respecto a Mateo 22, 1-10, Francisco dice:

«A todos. Grandes y pequeños, ricos y pobres, buenos y malos. Todos. Ese “todos” es la visión del Señor que vino por todos y murió por todos. “¿Y también murió por aquel desgraciado que me ha hecho la vida imposible?”. También murió por él. “¿Y por aquel bandido?”: murió por él. Por todos. E incluso por la gente que no cree en él o es de otras religiones: murió por todos».

Aquí también hay una interpretación personal que Francisco aplica al texto y extrapola a todo el cuerpo doctrinal.

Pero lo que el texto del evangelio realmente dice, es (v. 9-10):

9. “Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda”.

10. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales”.

Mateo 22, 9-10

De lo que habla el texto, es de invitar “a cuantos encontréis” y de reunir “a todos los que encontraron”.

De hecho, más atrás, y ante la respuesta no sólo negativa sino violenta de los primeros invitados que asesinaron a los enviados del Rey, el versículo 7 dice:

“Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad”.

Mateo 22, 7

Además, el pasaje referido está incompleto, pues dicha parábola con su respectiva conclusión llega hasta el versículo 14, y dice algo no sólo diferente, sino contrario a la interpretación de Francisco.

Veamos, a partir del versículo 11, lo que el relato dice que ocurre una vez reunidos los comensales:

11. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda,

12. le dice: “Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin traje de boda?“. El se quedó callado.

13. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

14. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.

Mateo 22, 11-14

6 – Precisamente, ante este y otros pasajes del Evangelio que establecen una clara distinción entre los “Todos” a los que el Señor llama y los “muchos” (es decir, no todos) que realmente aceptan su llamado y le siguen realmente o le sirven fielmente, fue por lo que Benedicto XVI recuperó (no cambió ni modificó) la interpretación original de la fórmula de Consagración, que con las traducciones efectuadas luego del Concilio Vaticano II y con motivo del “Novus Ordus Misæ” o “Misa de Pablo VI”, sufrieron menoscabo y fueron objeto de diversas interpretaciones ajenas a la Teología Eclesial que se prestaban a confusión (Ver anexo al final de la Carta de Benedicto XVI dirigida a los Obispos, aclarando esta importante cuestión teológica y litúrgica).

7 – Desde el pontificado de Juan Pablo II, y en razón del “Diálogo Ecuménico”, se avanzó en una Declaración Conjunta Católico-Luterana sobre la Doctrina de Justificación. Si bien en ella hay exoneraciones mutuas con respecto a las condenas recíprocas que con respecto a la misma se dieron entre la Iglesia Católica y los Luteranos, dicha declaración fue publicada en su integridad con un anexo crítico de cada una de las partes (ver aquí el Anexo de la parte Católica), y no constituye una modificación a dicha doctrina.

El Papa polaco, no obstante, la valoró como un “progreso en el diálogo” entre católicos y luteranos. Esta fue aprobada -con un anexo- por el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos y la Congregación para la Doctrina de la Fe, y la Federación Luterana mundial.

Al respecto, incluimos la nota-resumen de Miguel Llano, publicada en Aceprensa.

8 – Finalmente, debe quedar claro que Francisco habló de “Justificación” de una manera extensa, esto es, afirmando –como se ha mostrado en las citas– que ésta aplica a “todos los hombres”, sin importar su estado de conciencia, situación de pecado o religión.

No la refirió a los límites propios de la concepción eclesial, ni a los del luteranismo sobre la “Sola Fide” o “Sola Scriptura”.

Ha ofrecido, pues, su propia visión de la Justificación. Y ésta, fuera de dichos contextos, aún con la existencia de la Declaración mencionada, no sólo deja servida una nueva polémica, sino un margen demasiado amplio a la confusión, que parece ser una concesión absoluta y totalmente liberal.
Contrario a lo ocurrido en otras ocasiones, esta vez sus palabras no han sido ambiguas: tal vez queriendo ofrecer una apreciación abarcante y unívoca, la expresión resultó completamente –y esperamos que no dañinamente– equívoca.

Anexo: Lecturas Complementarias

1. Carta de Benedicto XVI a los Obispos alemanes, en relación con la correcta traducción de las palabras “pro multis”, en la oración del canon de la santa misa

Publicado en “Chiesa”, con esta introducción:

Diario Vaticano / ¿”Por muchos” o “por todos”? La respuesta justa es la primera
Lo escribe Benedicto XVI a los obispos alemanes. Y quiere que en toda la Iglesia se respeten las palabras de Jesús en la última cena, sin inventar otras, como en los misales postconciliares. El texto íntegro de la carta del papa

“SOMOS MUCHOS Y REPRESENTAMOS A TODOS…”

¡Excelencia!
¡Reverendo, querido arzobispo!

En ocasión de su visita, el 15 de marzo de 2012, Usted me informó del hecho de que entre los obispos de lengua alemana aún no hay consenso en lo que se refiere a la traducción de las palabras “pro multis”, en la oración del canon de la santa misa.

Parece ser que existe el peligro que en la nueva edición del “Gotteslob”, cuya publicación se espera en breve, algunas partes del área lingüística alemana desean mantener la traducción “por todos”, si bien la conferencia episcopal alemana está de acuerdo en escribir “por muchos”, tal como desea la Santa Sede.

Le he prometido pronunciarme por escrito en mérito a esta importante cuestión, para prevenir una división en el lugar más íntimo de nuestra oración. Esta carta, que por medio de Usted dirijo a todos los miembros de la conferencia episcopal alemana, también va dirigida a los otros obispos del área de lengua alemana.

Permítanme unas breves palabras sobre cómo surgió el problema.

En los años sesenta, cuando el misal romano, bajo la responsabilidad de los obispos, tenía que ser traducido en alemán, existía un consenso exegético sobre el hecho que el término “los muchos”, “muchos”, en Isaías 53, 11 s., era una forma expresiva hebrea para indicar el conjunto, “todos”.

La palabra “muchos” en los relatos de la institución de Mateo y de Marcos era, por lo tanto, considerada un semitismo y tenía que ser traducida con “todos”.

Ello se extendió también a la traducción del texto latino, donde “pro multis”, por medio de los relatos de los Evangelios, se refería a Isaías 53 y, por lo tanto, debía ser traducido con “por todos”.

Mientras tanto este consenso exegético se ha desmoronado, ya no existe. En el relato de la última cena de la traducción unificada alemana de la Sagrada Escritura se lee: “Esta es mi sangre, el sangre de la alianza, versado por muchos” (Mc 14, 24; cfr. Mt 26, 28). Esto evidencia una cosa muy importante: la traducción de “pro multis” con “por todos” no es una traducción pura, sino más bien una interpretación que estaba, y sigue estando, bien motivada, pero es una explicación y, por lo tanto, algo más que una traducción.

Esta fusión entre traducción e interpretación forma parte, en cierto modo, de los principios que inmediatamente después del Concilio guiaron la traducción de los textos litúrgicos a las lenguas modernas.

Se entendía hasta qué punto la Biblia y los textos litúrgicos estaban distanciados del mundo del lenguaje y del pensamiento actual de la gente, por lo que incluso traducidos continuarían siendo incomprensibles para cuantos participaban en las funciones. Un riesgo nuevo era el hecho que, a través de la traducción, los textos sagrados se abrirían allí, ante cuantos participaban a la misa y, sin embargo, seguirían estando muy distantes de su mundo, por lo que esta distancia sería aún más visible. Por lo que no sólo nos sentimos autorizados, sino también incluso obligados a incluir la interpretación en la traducción para así acortar el camino hacia las personas, cuyos corazones y mentes debían ser alcanzados por esas palabras.

En cierta medida, el principio de una traducción sustancial, y no necesariamente literal, de los textos fundamentales continua estando justificado. Al pronunciar a menudo las oraciones litúrgicas en varios idiomas, observo que a veces no hay casi similitudes entre las distintas traducciones, y que el texto común sobre el que se basan es, muchas veces, sólo lejanamente reconocible. Al mismo tiempo se han verificado banalizaciones que constituyen verdaderas pérdidas. Así, en el curso de los años, yo mismo he comprendido cada vez con mayor claridad que, como orientación para la traducción, el principio de correspondencia no literal, sino estructural, tiene sus límites.

Siguiendo estas intuiciones, la instrucción para los traductores “Liturgiam authenticam”, promulgada el 28 de marzo de 2001 por la congregación para el culto divino, ha puesto en primer plano el principio de la correspondencia literal, sin que prescriba, por supuesto, un verbalismo unilateral.

La importante intuición sobre la que se basa esta instrucción es la distinción, ya citada al inicio, entre traducción e interpretación. Esa es necesaria tanto para las palabras de la Escritura como para los textos litúrgicos. Por un lado, la Palabra sagrada debe emerger lo más posible por sí misma, también con su lejanía y con las preguntas que conlleva. Por otro, a la Iglesia se le confía la tarea de la interpretación para que – en los límites de nuestra respectiva comprensión – nos llegue el mensaje que el Señor nos ha destinado.

Incluso la traducción más cuidada no puede sustituir a la interpretación: forma parte de la estructura de la Revelación el hecho que la Palabra de Dios sea leída en la comunidad interpretativa de la Iglesia, que la fidelidad y la actualización se vinculen entre ellas. La Palabra debe estar presente por sí misma, en su propia forma, quizás ajena a nosotros; la interpretación debe medirse en base a su fidelidad a la Palabra, pero al mismo tiempo debe hacerla accesible a quien la escucha hoy en día.

En dicho contexto, la Santa Sede ha decidido que en la nueva traducción del misal la expresión “pro multis” debe ser traducida como tal, sin ser interpretada. La traducción interpretativa “por todos” debe ser sustituida por la simple traducción “por muchos”. Desearía recordar que tanto en Mateo como en Marcos no hay artículo, por lo tanto no “por los muchos”, sino “por muchos”.

Si desde el punto de vista de la correlación fundamental entre la traducción y la interpretación esta elección es, como espero, del todo comprensible, soy consciente que ella representa un desafío inmenso para todos aquellos a quien se ha confiado la tarea de explicar la Palabra de Dios en la Iglesia.

Para quien normalmente frecuenta la misa, esto parece casi inevitablemente como una fractura en el centro mismo del rito sagrado. Preguntará: pero Cristo, ¿no ha muerto por todos? La Iglesia, ¿ha modificado su doctrina? ¿Puede hacerlo, le está permitido? ¿Se esta llevando a cabo una reacción que quiere destruir la herencia del Concilio?

Gracias a la experiencia de los últimos cincuenta años, todos nosotros sabemos cuán profundamente la modificación de las formas y de los textos litúrgicos afecta el alma de las personas y, por lo tanto, cuándo un cambio en un punto tan central del texto puede inquietar a las personas. Justamente por esto, cuando ante la diferencia entre traducción e interpretación se eligió la traducción “muchos”, se estableció también que en las diversas áreas lingüísticas la traducción debía estar precedida por una catequesis esmerada, con la cual los obispos debían explicar de manera concreta a sus sacerdotes, y por medio de ellos a los fieles, de qué se trataba.

Esta catequesis previa es el presupuesto esencial para la entrada en vigor de la nueva traducción. En lo que a mí concierne, en el área de lengua alemana, esta catequesis no ha existido hasta ahora. Mi carta quiere ser una petición urgente para todos vosotros, queridos hermanos, para preparar ahora dicha catequesis, y después hablar de ella con vuestros sacerdotes y, al mismo tiempo, hacerla accesible a los fieles.

En esta catequesis hay que aclarar brevemente sobre todo por qué en la traducción del misal, después del concilio, la palabra “muchos” ha sido traducida por “todos”: para expresar de manera inequívoca, en el sentido deseado por Jesús, la universalidad de la salvación que llega de él.

Entonces surge enseguida la pregunta: si Jesús ha muerto por todos, ¿por qué en las palabras de la última cena Él ha dicho “por muchos”? Entonces, ¿por qué insistimos sobre estas palabas de Jesús de la institución?

Antes de nada, a este punto hay que precisar que, según Mateo y Marcos, Jesús ha dicho “por muchos”, mientras según Lucas y Pablo ha dicho “por vosotros”. Ello parece estrechar aún más el círculo. Pero justamente a partir de aquí nos podemos acercar a la solución. Los discípulos saben que la misión de Jesús les trasciende a ellos y al grupo; que él ha venido para reunir a los hijos de Dios de todo el mundo que estaban dispersos (Jn 11, 52). Las palabras “por vosotros” hacen que la misión de Jesús sea muy concreta para los presentes. Éstos no son un elemento anónimo cualquiera de un conjunto inmenso: cada uno de ellos sabe que el Señor ha muerto por él, por nosotros. “Por vosotros” se extiende en el pasado y en el futuro, se dirige a mí personalmente; nosotros, que estamos aquí reunidos, somos conocidos y amados como tales por Jesús. Por lo tanto, este “por vosotros” no es una reducción, sino más bien una concretización que vale para cada comunidad que celebra la eucaristía, que la une de manera concreta al amor de Jesús. El canon romano ha unido entre sí dos expresiones bíblicas en las palabras de consagración, y por lo tanto dice: “por vosotros y por muchos”. Esta fórmula, con la reforma litúrgica, ha sido adoptada después para todas las oraciones eucarísticas.

Pero, de nuevo: ¿por qué “por muchos”? ¿Acaso el Señor no ha muerto por todos? El hecho que Jesucristo, como Hijo de Dios hecho hombre, sea el hombre para todos los hombres, el nuevo Adán, es una de las certezas fundamentales de nuestra fe. Querría a este respecto recordar sólo tres versos de las Escrituras. Dios “entregó por todos nosotros” a su propio Hijo, dice Pablo en la carta a los Romanos (8, 32). “Uno solo murió por todos”, afirma en la segunda carta a los Corintios a propósito de la muerte de Jesús (5, 14). Jesús “se entregó a sí mismo para rescatar a todos”, se lee en la primera carta a Timoteo (2, 6).

Pero entonces se necesita preguntar otra vez: si esto es tan obvio, ¿por qué la oración eucarística dice “por muchos”? La Iglesia ha tomado esta formulación de los relatos de la institución del Nuevo Testamento. La usa por respeto de la palabra de Dios, para serle fiel hasta en la palabra. El temor reverencial ante la misma palabra de Jesús es la razón de la formulación de la oración eucarística. Entonces preguntamos: ¿por qué Jesús lo ha dicho así? La razón verdadera consiste en el hecho que Jesús, de esta manera, se ha hecho reconocer como el siervo de Dios de Isaías 53, que él se ha revelado como la figura anunciada de la profecía. El temor reverencial de la Iglesia ante la palabra de Dios, la fidelidad de Jesús a las palabras de la “Escritura”: esta doble fidelidad es el motivo concreto de la formulación “por muchos”. En esta cadena de reverente fidelidad nosotros nos introducimos con la traducción literal de las palabras de la Escritura.

Como hemos visto antes, el “por vosotros” de la tradición paolino-lucana no restringe sino que concretiza, por lo que ahora podemos reconocer que la dialéctica entre “muchos” y “tantos” tiene su importancia. “Todos” se mueve en el plano ontológico: el ser y el actuar de Jesús comprende a la humanidad entera, el pasado, el presente y el futuro. Pero de hecho, históricamente, en la comunidad concreta de los que celebran la eucaristía él llega sólo a “muchos”. Se puede, por lo tanto, reconocer un triple significado de la atribución de “muchos” y “todos”.

Primero de todo, para nosotros, que podemos sentarnos a su mesa, debe significar sorpresa, alegría y gratitud por haber sido llamados, por poder estar con él y poderlo conocer. “Demos gracias al Señor que, por su gracia, me ha llamado a su Iglesia…”.

Sin embargo, después, en segundo lugar, hay una responsabilidad. La forma en que el Señor alcanza a los otros –”todos”– a su modo, en el fondo sigue siendo su misterio. Sin embargo, es indudablemente una responsabilidad ser llamados directamente por él a su mesa para poder oír: por vosotros, por mí, él ha sufrido. Los muchos tienen la responsabilidad por todos. La comunidad de los muchos deben ser luz en el candelabro, ciudad sobre el monte, levadura para todos. Esta es una vocación que concierne a cada uno de manera completamente personal. Los muchos, que somos nosotros, deben tener la responsabilidad del conjunto, conscientes de su misión.

Por último puede añadirse un tercer aspecto. En la sociedad actual tenemos la sensación de no ser en absoluto “muchos”, sino muy pocos, una pequeña masa que sigue disminuyendo. En cambio, no: somos “muchos”: “Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9). Somos muchos y representamos a todos. Por lo tanto, las palabras “muchos” y “todos” van juntas y hacen referencia la una a la otra en la responsabilidad y en la promesa.

¡Excelencia, querido hermano en el obispado! Con todo esto he querido indicar las líneas fundamentales de la catequesis, con la cual sacerdotes y laicos deberán prepararse lo antes posible a la nueva traducción. Deseo que todo esto pueda servir también a una participación más intensa en la celebración de la sagrada eucaristía, incluyéndose de este modo en el gran compromiso al que tendremos que enfrentarnos en el “Año de la Fe”. Espero que esta catequesis esté pronto preparada, y que de este modo se convierta en parte de la renovación litúrgica para la cual el Concilio ha trabajado desde su primera sesión.

Con los saludos pascuales de bendición, suyo en el Señor.

Benedictus PP XVI

14 de abril de 2012

__________

El original alemán de la carta del papa a los obispos de Alemania, en la página web de su conferencia episcopal:

> “Bei ihrem Besuch…”

________
La instrucción de 2001 de la congregación para el culto divino:

> “Liturgiam authenticam”

__________
La carta de 2006 del cardenal Arinze, aún ausente de la página web del Vaticano, pero publicada en “Notitiæ”, el boletín de la congregación para el culto divino, n. 481-482, sept. oct. 2006, pp. 9-10:

> “Nel mese di luglio…” __________

Traducción en español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España.


2. Nota-resumen de la Declaración católico-luterana sobre la justificación

Roma. Como un “progreso en el diálogo” entre católicos y luteranos definió Juan Pablo II la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, que acaba de ser aprobada -con un anexo- por el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos y la Congregación para la Doctrina de la Fe, y la Federación Luterana mundial (1).

El texto ha sido preparado por un grupo de teólogos designados por el Consejo y la Federación, que en 1994 realizaron una primera versión, revisada dos veces antes de ser sometida de modo oficial a la aprobación de la Santa Sede y de la Federación. Está compuesto por un preámbulo y cinco capítulos: el mensaje bíblico de la justificación, la justificación como problema ecuménico, la común comprensión de la justificación, la explicación de esta comprensión, y la importancia y amplitud del consenso logrado. En cada capítulo hay enunciados conjuntos, y puntualizaciones católicas y luteranas. En total son 44 puntos.

Por parte de la Santa Sede, la Declaración ha sido aprobada junto con un texto titulado “una respuesta de la Iglesia católica”. Al presentarla, el cardenal Edward Cassidy, presidente del Consejo para la Unidad de los Cristianos, afirmó que la declaración conjunta “tiene sus limitaciones; constituye un progreso importante, pero no pretende resolver todas las cuestiones que luteranos y católicos deben afrontar juntos”.

También por parte luterana el documento fue aprobado con un anexo crítico. Según Le Monde (1-VII-98), el texto fue enviado a 124 Iglesias de la Federación Luterana, y aceptado por todas menos siete, entre ellas la Iglesia luterana de Dinamarca. También hay un voto negativo de 150 teólogos, que lo consideran una concesión excesiva a la postura católica. Se oponen sobre todo los profesores de la Facultad Teológica de Gotinga (Alemania), donde se encuentra la escuela clásica del pensamiento luterano.

La justificación es el núcleo central del debate entre Lutero y los católicos. El Concilio de Trento resumió en 33 anatemas las diferencias con los luteranos. El más famoso es: “Si alguno dijere que el impío se justifica por la sola fe (…), sea anatema”. La mayor dificultad sigue siendo que, según los luteranos, el hombre -a la vez pecador y justo- es visto sobre todo como pecador, mientras que para los católicos, es fundamentalmente hijo de Dios.

El tema de la fe y las obras, en cambio, sería menos problemático. Para superar la disputa -el hombre se salva por la sola fe, y las obras son inútiles, según los luteranos, mientras que la doctrina católica sostiene que el hombre puede cooperar con Dios para su salvación-, la Declaración afirma que la justificación viene únicamente por la gracia: de la gracia proceden tanto la fe como las obras. Los católicos añaden que el hombre coopera en su salvación por medio de “una acción de la gracia y no una acción realizada por el hombre con sus fuerzas”. En cambio, los luteranos afirman que el hombre es incapaz de cooperar a su salvación en el sentido de que pueda dar “una aportación propia”, pero no niegan la participación personal que Dios realiza en él.

Otra dificultad está en la “clara diferencia en la importancia que la doctrina de la justificación tiene para católicos y luteranos” (n. 18). Mientras para los luteranos es algo fundamental, para los católicos la doctrina de la justificación “se debe insertar en el criterio fundamental de la regula fidei, la confesión de Dios uno y trino, centrada cristológicamente y enraizada en la Iglesia viva y en su vida sacramental”. La “respuesta” católica puntualiza que “en la continuación del estudio se tendrá que tratar también del sacramento de la penitencia, al que se hace referencia en el n. 30 de la Declaración conjunta”. Los luteranos tienen también interés en abordar la cuestión de la penitencia, rito que han conservado y al que están volviendo.

Católicos y protestantes coinciden en afirmar que, “a la luz del actual consenso”, las mutuas excomuniones del siglo XVI “ya no se aplican a los interlocutores de nuestros días”. Como ha afirmado el cardenal Cassidy, la declaración es “un hito en el camino hacia el restablecimiento de la plena unidad visible”.

Miguel Llano.
El texto de la Declaración conjunta fue publicado en Herder Korrespondenz 51 (1997) 4, 191-220.


3. Parábola de los invitados al Banquete de Bodas

“1.Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo:

2.«El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo.

3.Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

4.Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.”

5.Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio;

6.y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron.

7.Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.

8.Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos.

9.Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.”

10.Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.

11.«Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda,

12.le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” El se quedó callado.

13.Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”

14.Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos»”.

Mateo 22, 1-14

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