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Estalinismo climático

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Escrito por Redacción R+F

Los debates sobre cuestiones climáticas cada vez se parecen menos a las disertaciones científicas, y más a discusiones en las que prevalece el fervor religioso.

El experto en urbanismo Joel Kotkin,  escribió recientemente para el City Journal  un análisis explicando como la agenda verde pretende someter a la población a una visión ecológica radical de la élite gobernante.

Denuncia como el énfasis de la izquierda en presentar  modelos computacionales para darle certeza a la alarma climática, está envuelto  en un aire cientificista que les concede el papel de salvadores planetarios, cada vez más intolerantes con quienes tienen otros puntos de vista o cuestionan su agenda verde.

La democracia es el mayor enemigo del planeta, sugirió recientemente un experto en la revista política Foreign Policy

Figuras como el Gobernador de California Jerry Brown,  han expresado su admiración por el modelo Chino, el cual recurre incluso a técnicas de control mental de la población, con el fin de lograr el apoyo necesario para implantar las medidas climáticas más radicales.

El razonable escepticismo climático

La clase trabajadora y la clase media, por lo general, son escépticos a unas políticas climáticas que ponen en riesgo su modo de vida a cambio de objetivos difusos.

A pesar de que les preocupa el cambio climático, encuestas recientes muestran que este asunto está muy abajo en sus prioridades, después de otras cuestiones como la economía, la migración, los derechos humanos, el comercio, la situación laboral, etcétera.

El movimiento climático muestra cada vez menos paciencia con los infieles a su credo, así como a los límites legales o a los procedimientos democráticos.

Es por eso que los políticos que promueven la agenda climática han sido rechazados en las circunscripciones en las que predomina la clase trabajadora, en elecciones recientes realizadas en países como Estados Unidos Canadá,  Australia y Francia,  dando lugar a que los expertos y las celebridades los califiquen de torpes.

Esta frustración ha llevado a «Extinction rebellion«,  una organización que ha sido descrita como de «culto a la muerte para la clase media alta» (Spiked), termine utilizado medidas violentas en su campaña para «salvar el planeta», a pesar de lo cual terminan siendo descritos como «héroes independientes y cívicos», cuando en realidad pertenecen a la élite académica, corporativa, mediática y de las organizaciones no gubernamentales.

Libros influyentes como «Los límites del crecimiento» (1972),  el cual fue promovido con entusiasmo por el Club de Roma tenía el respaldo de grandes empresas como Fiat, y buscaba imponer la visión de que un «equilibrio cuidadosamente controlado» exigía restringir el crecimiento económico, especialmente en países desarrollados.

De modo que mientras el socialismo del siglo XX se enfocó en promover el crecimiento económico en beneficio de las clases media y baja,  el socialismo verde del siglo XXI  busca deliberadamente reducir las expectativas económicas de las familias promedio, con el fin de reducir la emisión de gases efecto invernadero.

Incluso fanáticos como George Monbiot (The Guardian)  abogan abiertamente por una recesión económica como una forma efectiva de reducir las emisiones de carbono incluso si genera desempleo y una crisis de vivienda.

La verdad es que las medidas extremas de austeridad climática no afectan el trabajo de los más ricos, quienes ya están incursionando en el «complejo industrial climático», y por eso marxistas como James Heartfield ven el surgimiento del «capitalismo verde» como un nuevo engaño de las clases altas para oprimir a las bajas, a través de una escasez artificial de energía, comida y vivienda.

James Heartfield

El alto costo de las políticas verdes está llevando a sus promotores a  abandonar el camino democrático, y a buscar medidas administrativas que les permitan implementarlas a través de paneles de expertos que operan desde Bruselas, Washington o desde las oficinas centrales de Naciones Unidas.

Por eso los debates sobre cuestiones climáticas cada vez se parecen menos a las disertaciones científicas, y más a discusiones en las que prevalece el fervor religioso.

En lugar de debate se busca la conformidad ideológica

Una señal de que el extremismo en esta materia es cada vez más aceptable, se verifica cuando escépticos climáticos, que comparten la preocupación por la situación ambiental del mundo, son rutinariamente excluidos de los medios de comunicación, mientras que quienes trabajan en empresas del sector energético tradicional, llegan a ser presentados como «criminales ambientales«.

Y a pesar del fracaso de las predicciones ambientalistas planteadas desde la publicación de «La bomba Poblacional» (Paul Ehrlich) en 1968, en los principales círculos mediáticos, académicos y políticos se siguen aceptando sin mayor escepticismo predicciones sobre el fin del crecimiento económico o el advenimiento de una hambruna generalizada, como argumentos para imponer la necesidad de «descarbonizar» el planeta.

La realidad sin embargo es que el mundo ha experimentado el mayor crecimiento de riqueza de la historia, permitiendo que la energía y los alimentos sean más abundantes que nunca.

Por esto personajes de izquierda como el socialdemócrata Wolfgang Thierse, ex presidente del Bundestag alemán, dijo recientemente al periódico alemán Die Welt , que los militantes verdes muestran un «gusto antidemocrático», mientras que un reportero de la televisión alemana que cubría a los manifestantes climáticos, calificó el movimiento de forma displicente como un desafío a «nuestra comprensión de la libertad y la responsabilidad» que «bordea con una psicosis colectiva, junto a un miedo y a unas exigencias salvajes. Cada vez más estridentes, cada vez más fuertes, cada vez más rápidas».

El problema de las políticas verdes

A pesar de las buenas intenciones, en buena medida el agravamiento de los incendios en California radica en sus políticas verdes, que vienen impidiendo un adelgazamiento de los bosques en ese estado,  al tiempo que  la larga sequía que sufrió se debió a normas ambientales que hicieron imposible la construcción de nueva infraestructura para los acueductos.

Lo que es peor, a pesar de su radicalismo ambiental, la reducción en la emisión de gases invernadero en California la ha ubicado en el puesto 40 (per cápita) entre 50 estados, al igual que ha sucedido con regiones alemanas en las que las políticas de energía verde han disparado los costos, mientras que los beneficios ambientales han sido casi infinitesimales.

Por eso, un ecologista de trayectoria como Ted Nordhaus, sugiere que para lograr avances el movimiento verde debe renunciar a sus «fantasías utópicas» y «hacer las paces con la modernidad y la tecnología». 

En lugar de presumir de superioridad moral, el movimiento verde  debería plantear un programa pragmático que convenza al público, admitiendo el enfoque que propone mejorar la capacidad de adaptación al cambio climático, la expansión en la producción de gas natural, energía hidroeléctrica  y nuclear, cada vez más abundantes, en lugar limitarse a las energías verdes, que son ruinosamente costosas. 

El actual fundamentalismo verde representa un callejón sin salida político, que exige medios autoritarios para salvar el planeta, al tiempo que sacrifica la prosperidad de la gran mayoría de los hogares.

Por eso es urgente que se plantee un debate climático sensato y equilibrado, que se enfoque en metas alcanzables al tiempo que rechaza los cantos de sirena del fanatismo ecológico.

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