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¿Democracia o dictadura? Según Olavo de Carvalho la diferencia hoy es un mero formalismo

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Escrito por Redacción R+F

Con ocasión de los recientes excesos en el ejercicio de sus competencia por parte de la Corte Constitucional, en relación con el uso del glifosato en la lucha contra las drogas, su injerencia en los acuerdos de La Habana con las FARC o la promoción del aborto como derecho fundamental, recordamos un artículo del pensador brasilero, que señala cómo las democracias modernas están cada vez más lejos del control popular.

Esta nota fue publicada originalmente en portugués en el Diario del Comercio, Brasil, en marzo de 2012.

Al oír decir que vive en una «democracia», el ciudadano común se imagina que, a pesar de algunas sórdidas tramas de los políticos detrás de las cortinas, el esquema de poder que domina la sociedad coincide con la estructura visible de las instituciones y, en última instancia, puede ser controlado mediante la presión del clamor público o el ejercicio del voto. Algún residuo oculto, aquí y allá, será revelado tarde o temprano por los valientes periodistas que destapan las letrinas y registran las alcantarillas, exponiendo a los ladrones y conspiradores a la luz del día para que sufran las penas de la ley. No obstante los fracasos ocasionales, el sistema en su conjunto, aireado por los buenos vientos de la libertad de prensa encarna los ideales iluministas de transparencia y racionalidad.

Olavo de Carvalho

Lamento informar que por lo menos hace veinte años ese sistema dejó de existir. El poder de los gobiernos sobre las poblaciones civiles ya es prácticamente incontrolable, reduciendo cada vez más a un mero formalismo jurídico la diferencia entre democracia y dictadura. No, no se trata de ninguna “teoría de la conspiración”. Conspiraciones existen, pero no son ellas las que producen este estado de cosas. Al contrario, es el que hace viable, hoy en día, la creación de un gobierno global omnipotente, inmunizado contra cualquier intento de control popular. El fenómeno resulta de la convergencia de tres factores.

1) La creciente complejidad de la administración pública, continuamente fortalecida por las contribuciones de la tecnología y de las ciencias sociales, proporciona a los gobiernos toda suerte de instrumentos para implantar las medidas que deseen sin tener que pasar por el control legislativo ni mucho menos por el debate público. De las decisiones fundamentales que han alterado la estructura del poder en el mundo en las últimas dos décadas, diluyendo soberanías y transfiriendo la autoridad de los Estados para organismos internacionales, solamente una ínfima parte llegó a ser materia de discusión parlamentaria, y la mayoría ni siquiera recibió de los medios de comunicación una cobertura proporcional a la vastedad de las consecuencias políticas que produjo.

George Soros

2) La progresiva concentración de los medios de comunicación en manos de un reducido número de grandes grupos económicos íntimos del poder estatal, asociada a la tomada de redacciones por una nueva generación de periodistas ideológicamente comprometidos, transformó periódicos, revistas y canales de televisión, de vehículos de información y debate, en agencias de ingeniería comportamental y control político. La censura de noticias inconvenientes, la exclusión de las opiniones divergentes, la promoción descarada de los ídolos de la izquierda, la militancia sistemática en favor de los objetivos propugnados por la revolución globalista se convirtieron casi que en normas de redacción, cínicamente impuestas por todas partes como la expresión pura del periodismo más neutro y objetivo. De la noche a la mañana, valores y criterios explosivamente revolucionarios, hostiles a los sentimientos de casi toda la población, pasaron a ser presentados como si fueran la opinión mayoritaria y obligatoria, el patrón supremo de la normalidad. En todo Occidente no hay, por ejemplo, un solo gran periódico o canal de televisión que no trate toda oposición a las propuestas gayzistas y abortistas como conducta aberrante y criminal, dando la impresión de que los nuevos códigos de comportamiento que se desea implementar son consensos universales milenares, sólo rechazados por fanáticos y enfermos mentales. Es evidente que esto no es periodismo en absoluto; es un teatro psicológico planeado para producir cambios comportamentales. Es la ingeniería de la complacencia de la que ya hablé.

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3) la caída de la URSS dejó desorientadas y huérfanas a las masas militantes por toda parte, liberando un enorme potencial humano que, no sabiendo vivir sin una «causa social» que justifique su existencia, fue fácilmente reasignado para servir, ahora ampliamente subsidiado por la élite financiera, bajo las nuevas banderas de la revolución global. Fue la victoria completa del fabianismo y del gramscismo sobre las versiones más arcaicas del movimiento comunista. Con una velocidad impresionante, las militancias locales fueron unificadas, creando, por primera vez en la historia humana, la posibilidad de movilizaciones de masa cuasi-instantáneas en escala mundial — la máquina más formidable de presión política e intimidación psicológica que el mundo haya conocido.

Bajo el influjo de estos tres factores, la vieja democracia representativa se convirtió apenas en el camuflaje jurídico y publicitario de los nuevos esquemas de poder que la mayoría de los ciudadanos no comprende y en general no conoce.

Gracias a esto, el avance de la tiranía global es hoy tan rápido, tan intenso, tan avasallador, que para registrar, simplemente registrar la sucesión diaria de los hechos que lo ejemplifican, sería necesario un periódico entero, no este pobre comentario semanal. No se pasa un día sin que se creen nuevas estructuras de poder, nuevos medios de control social, nuevos instrumentos de manipulación psicológica destinados a tener un impacto brutal, casi siempre destructivo, no sólo en política y en la economía, sino en la vida privada y en la mente de todos los seres humanos colocados bajo su órbita.

Y estos hechos se desarrollan, casi todos, al margen de la atención pública, ya sea porque son producidos por medios burocráticos discretos, eludiendo el debate, ya sea porque no llegan a ser noticiados, ya sea porque son de manera intencionalmente deficiente, sumaria y eufemística, de modo que solamente una mínima e inofensiva fracción de la población se dé cuenta de su verdadero alcance y significado.

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